La joven elige el amor, nosotros pagamos las consecuencias

Verónica deambulaba nerviosa por su pequeño piso en Lyon, con el móvil apretado en la mano, mientras aparecía una nueva notificación de retraso en el pago. Un nudo de angustia se apretó en su pecho: ¿cómo iba a alimentar a su familia ahora que su hija y su yerno pesaban tanto sobre sus hombros? Todo comenzó cuando su primogénita, Élodie, de diecinueve años, anunció que estaba embarazada y quería casarse.
Antes de eso, Verónica trabajaba con una compañera, Margaux, una mujer prudente y atenta. Margaux criaba sola a sus dos hijas: Élodie, de diecinueve años, y la pequeña Amélie, de diez. Hasta entonces, Margaux no se quejaba. Élodie estudiaba con ahínco en la universidad y Amélie sobresalía en la escuela. Ambas eran obedientes y ejemplares, y Margaux se sentía orgullosa a pesar de las dificultades de ser madre soltera.
En el segundo año, Élodie conoció a su primer amor, Théo. El joven venía de otra región, pero Margaux, tras conocerlo, aprobó la elección de su hija. Théo le pareció amable, sincero, no del tipo que se aprovecha de los demás. Pronto, la pareja decidió convivir. Para evitar alquilar un piso, se mudaron a casa de Margaux. A ella le disgustó esa precipitación: su hija apenas tenía diecinueve años, debía terminar sus estudios y ser independiente. Sin embargo, no había alternativa.
Margaux vivía en un apartamento de tres habitaciones, pero los cuartos eran diminutos y el espacio ya escaseaba. La llegada de Théo, su futuro yerno, sólo lo empeoró. Margaux aceptó la situación hasta que descubrió la razón del apuro: Élodie le confesó que estaba embarazada y que deseaban casarse. Margaux sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Su hija, recién entrando en la adultez, ya iba a ser madre.
Théo no trabajaba. Al igual que Élodie, era estudiante a tiempo completo, y ninguno de los dos quería recurrir a la enseñanza a distancia. No obstante, organizaron una boda fastuosa, como sacada de una película de Hollywood. Eligieron uno de los restaurantes más caros de Lyon, invitaron a una multitud de comensales y Élodie se encargó de encargar un vestido de alta costura, como si desfilaría en una pasarela. Margaux trató de protestar, argumentando que no disponía de esos recursos, pero Élodie, con la mano sobre el vientre, comenzó a llorar:
¡Mamá, vas a privar a tu nieto!
Margaux, con los dientes apretados, pagó todo. Sacó dinero de sus ahorros, remató su ropa de abrigo y hasta contrajo un nuevo préstamo. Esperaba que, tras la boda, los jóvenes asumieran sus responsabilidades, buscaran empleo y se volvieran autónomos. Pero sus esperanzas se derrumbaron como un castillo de naipes. Élodie y Théo siguieron viviendo bajo su techo, sin buscar trabajo alguno.
Los padres de Théo les habían regalado un coche de segunda mano. La pareja paseaba por la ciudad como de vacaciones, mientras los progenitores del novio pagaban la gasolina, sabiendo que su hijo no tenía ni un centavo. El resto comida, facturas, ropa recaía sobre Margaux. Los jóvenes ni siquiera conocían el precio de una barra de pan. Cuando Margaux mencionaba los gastos, Élodie lanzaba la mirada al cielo:
Mamá, estamos estudiando, ¿qué esperas que hagamos?
Élodie no quería ahorrar nada. Le mostró a su madre un catálogo de cochecitos y cunas, los modelos más modernos y costosos. Margaux, con su salario medio, se quedó sin aliento.
Élodie, ¡no tengo esos medios! Tengo tu préstamo estudiantil, tengo que criar a Amélie
¿Estás bromeando? replicó la joven. ¿Vas a ser abuela y haces dramas?
Una ira sorda empezó a crecer en Margaux. Habían decidido tener un hijo, ¿pero que fuera ella quien lo financiara? Sostenía a toda la familia, trabajaba hasta el agotamiento y el dinero siempre escaseaba. El préstamo para los estudios de Élodie pesaba como una espada de Damocles, Amélie necesitaba atención y los jóvenes vivían como en un cuento de hadas.
Un día, Margaux se quebró. Llegó a casa tras el trabajo, exhausta, después de haber sido reprendido por su retraso había tenido que hacer las compras para todos. Al abrir la puerta, la escena que la recibió la heló: Élodie y Théo, riendo, hojeaban una revista de puericultura, eligiendo una cuna cuyo precio equivalía a la mitad de su sueldo. Amélie, en un rincón, dibujaba en silencio, mientras una montaña de platos sucios se amontonaba en el fregadero.
¿Tengo que lavar los platos por ustedes también? exclamó Margaux, arrojando sus bolsas al suelo.
¡Mamá, pero por favor! gritó Élodie. ¡Nos ocuparemos del bebé!
¿Ustedes van a tener un bebé y yo soy quien paga? rugió Margaux, temblando de ira. ¡Basta! O encuentran trabajo o se van.
Élodie se echó a llorar, Théo se puso pálido, pero Margaux no cedió. Les dio un mes para conseguir al menos un pequeño empleo.
Si no, irán a casa de los padres de Théo. Que los mantengan.
Élodie y Théo intentaron con lágrimas persuadirla, pero Margaux ya no se movía. Amaba a su hija, pero comprendía que sin límites la arruinarían. Amélie, al ver el sufrimiento de su madre, la abrazó y susurró:
Mamá, nunca haré eso.
Margaux sonrió entre lágrimas. Por su menor, estaba dispuesta a luchar. En cuanto a Élodie y Théo, la realidad los aguardaba y Margaux ya no sería su tabla de salvación.

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La joven elige el amor, nosotros pagamos las consecuencias