¡Voy a denunciarte! ¡Tu perro ha atacado a mi hija! gritó la mujer, irrumpiendo en el patio con el rostro desencajado por la furia. En sus brazos llevaba a una niña que sollozaba, agarrada del vientre, donde una rozadura era evidente.
Me quedé helado, paralizado por la sorpresa. Mi perro, Canelo, estaba tumbado tranquilamente junto al jardín, moviendo la cola con suavidad. Llevaba con nosotros casi cinco añosinteligente, dócil, jamás había mostrado agresividad. Y ahora esta mujer lo acusaba de algo impensable. Su voz temblaba de terror, como si en nuestro hogar escondiéramos una bestia salvaje. Ya había llamado a la policía y exigía que sacrificaran al “peligroso” animal de inmediato.
Temblaba, una mezcla de miedo y confusión, pero intenté mantener la calma.
Mi perro no haría daño a nadie dije, procurando que mi voz no se quebrara. Es cariñoso, adora a los niños. Quizá su hija hizo algo. Si no me cree, tenemos una cámara de seguridad. ¿Quiere ver lo que pasó?
Los agentes asintieron, y entramos. La cámara sobre la puerta abarcaba todo el patio, incluido el lugar del incidente.
Reprodujimos el vídeo.
Ahí estaba Canelo, tumbado junto al banco, observando a los gu






