**Casarse por Colín**
La infancia feliz de Colín terminó a los cinco años. Un día, sus padres no fueron a recogerlo al jardín de infancia. Todos los niños se habían ido ya, y él seguía sentado a la mesa, dibujando a su madre, a su padre y a sí mismo. La maestra lo miraba de vez en cuando, secándose las lágrimas sin darse cuenta. Finalmente, se acercó, lo levantó en brazos y lo apretó con fuerza.
Pase lo que pase, no debes tener miedo, Colín. Ahora tienes que ser fuerte. ¿Me entiendes, pequeño?
Quiero ir con mamá respondió él con voz temblorosa.
Vendrán una tía y un tío a buscarte. Irás con ellos, cariño. Habrá otros niños, no llores.
Y lo abrazó con el rostro mojado.
Lo llevaron de la mano a un coche. Cuando preguntó cuándo vería a su madre, le dijeron que sus padres estaban muy lejos y que no podrían ir por él. Lo dejaron en una habitación con otros niños como él. Pero sus padres no aparecieron ni al día siguiente, ni después. El niño se angustió tanto que lloraba por las noches, hasta que la fiebre lo venció.
Una enfermera le habló con seriedad cuando se recuperó:
Tus padres están ahora en el cielo, muy lejos. No pueden bajar, pero te cuidan desde allí. Por eso debes portarte bien y no enfermarte, para que no se pongan tristes.
Pero Colín no lo creyó. Miraba al cielo y solo veía pájaros y nubes. Decidió encontrarlos cueste lo que cueste.
Exploró el patio durante los recreos hasta descubrir un hueco tras unos arbustos. Los barrotes de la valla estaban doblados, pero solo cabía medio cuerpo. Empezó a cavar en secreto. La tierra era blanda, con arena, y pronto abrió un paso bajo los barrotes.
Escapó y corrió lejos de aquel orfanato que tanto odiaba. No conocía la ciudad y pronto se perdió. Todas las casas le parecían iguales.
De pronto, vio a una mujer en un paso de cebra. Llevaba un vestido de lunares y el pelo recogido en un moño, igual que su madre.
¡Mamá! gritó, corriendo hacia ella.
La mujer no se volvió.
¡Mamá! la agarró del brazo, sin soltarse.
Ella se arrodilló y lo miró con atención. No era su madre.
**\*\*\***
Nina se enamoró a los veinte años, para siempre. Con Víctor formaban una pareja perfecta. Se conocieron por casualidad en una verbena de verano. Él se acercó, tímido, y la invitó a bailar un vals. Hablaron sin parar, y desde entonces no se separó de ella.
Se casaron tres meses después. Vivieron felices, pero al tercer año, Nina descubrió que no podía tener hijos. Víctor no lo aceptó, y ella siguió sometiéndose a tratamientos en balnearios. Al final, asumieron que nunca tendrían un hijo propio.
Un día, Víctor sugirió adoptar. Pero Nina, que lo amaba demasiado, le propuso divorciarse. Tenían casi treinta años, aún eran jóvenes. Él podía casarse con otra y ser feliz. Ella se las arreglaría sola.
Víctor se negó. Juró que nunca la dejaría. Entonces ella urdió un plan: confesó que ya no lo amaba, que tenía un amante. Él no lo creyó.
Al día siguiente, Nina no volvió a casa hasta el amanecer. Olía a vino y a colonia masculina. Ante las preguntas de Víctor, insistió en que tenía un amante. Y él aceptó el divorcio.
**\*\*\***
Cuando Colín la llamó “mamá”, Nina llevaba dos meses divorciada. Echaba de menos a Víctor y se preguntaba cómo estaría. El corazón le dio un vuelo al oír aquella palabra.
¿Qué pasa, cariño? ¿Estás perdido?
Busco a mis padres. Me dijeron que están en el cielo, pero no es verdad lloró el niño.
Vamos, vivo cerca. ¿Quieres unos pasteles?
En casa, Colín devoró los pasteles que Nina había comprado, acompañándolos con té de hierbas. Le contó todo: cómo los niños mayores le quitaban los dulces, cómo le pegaban.
A Nina se le encogió el corazón.
¿Quieres que te lleve conmigo, Colín? Viviremos juntos. Cuando crezcas, lo entenderás todo. Y algún día verás a tus padres, pero aún no.
El niño aceptó.
Nina llamó al orfanato y llevó a Colín de vuelta, pidiendo que vigilaran mejor a los niños. Lo visitaba cada día, pero no podía adoptarlo: era soltera, sin esposo, y las leyes no lo permitían. Por primera vez, se arrepintió del divorcio.
Decidió entonces pedirle a un compañero de trabajo, Esteban, un matrimonio de conveniencia. Él, recién divorciado y mujeriego, aceptó, pero con condiciones: cena a la luz de las velas y lo que siguiera. Nina, que aún amaba a Víctor, se sintió humillada.
Pero esa noche, al visitar a Colín, vio un morro







