«Mi hijo es un desastre; mi nuera es igual. Estoy exhausta de vivir en su caos diario»

«Mi hijo es un desastre; mi nuera es igual. Estoy agotada de vivir en su caos.»
Nunca creí que lo diría en voz alta, pero ya no puedo más. Estoy harta de los platos amontonados, del suelo que no ve una escoba desde hace semanas, de ese olor a comida rancia y de sentir que comparto piso con dos desconocidos en lugar de en mi propia casa. Y todo por culpa de mi hijo y de su novia, que llevan dos meses viviendo aquí como si estuvieran de vacaciones.
Carlos tiene veintidós años. Estudia un grado online, terminó la mili y encontró trabajo rápido. Un adulto, en teoría independiente, que ayuda con los gastos y no se queda cruzado de brazos. Estaba orgulloso de él. Hasta aquella maldita charla.
«Papáme dijo un día, a Marina le va mal en casa. Sus padres se pelean, rompen cosas, no puede ni estudiar en paz. ¿Puede quedarse aquí un tiempo, hasta que se calmen las cosas? No te daremos problemas.»
Me dio lástima. La había visto antes, callada, educada, con la mirada baja y voz suave. ¿Cómo decir que no? Además, Carlos tiene su habitación, hay espacio. Pero no me esperaba el lío que esto iba a ser.
Las primeras semanas, hicieron algún esfuerzo: platos lavados, suelo barrido, nada de ruido. Incluso acordamos un plan de limpieza: sábados, ellos; miércoles, yo. Pensé que quizá habían madurado. Pero a las tres semanas, todo se fue al traste.
Platos sucios con restos secos se apilaban en la cocina días enteros, pelos y envoltorios llenaban el suelo. ¿El baño? Manchas de jabón, pelos en el sumidero, toallas tiradas. Su cuarto parecía una leonera: ropa por el suelo, migas en la mesa, cama sin hacer. Marina va con una mascarilla y el móvil en la mano, como si estuviera en un spa, no en mi casa.
Intenté hablar, pedirles, recordarles. Siempre lo mismo: «No hemos tenido tiempo, lo haremos luego.» Pero ese luego nunca llegaba. Empecé a ponerles la fregona y los productos en las manos, sin decir nada. Ni así. Una vez, derramaron salsa en el mantel y no lo limpiaron. Se fueron y, como siempre, lo recogí yo.
Cuando entré en su cuarto y vi aquel desorden, no pude callarme:
«¿No os molesta vivir así?»
Carlos, sin inmutarse, me soltó:
«Los genios viven en el caos.»
Pero yo no veo genios. Solo dos adultos que prefieren vivir como gorrinos y que su padre les limpie.
Carlos prometió ayudarcompras, gastos. En realidad, solo paga las facturas. Las compras, una vez a la semana, pero los pedidos de comida a domicilio son casi diarios. Me invitan, pero no me consuelala nevera sigue vacía. Con ese dinero, comeríamos mejor.
Marina no trabaja, está estudiando. Tiene una beca, pero no ha puesto ni un euro en la comida o la limpieza. Todo se lo gasta en chorradas. Cuando sugerí que ajustaran gastos, aunque fuera un poco, se encogió de hombros, ofendida.
Crié a Carlos solo. Su madre se fue antes de que naciera. Mis padres me echaron una mano, trabajé el doble, ahorré, hice todo por él. Nunca le reproché nada. Y no quiero empezar ahora. Pero ver mi casa convertida en una pocilga ya no puedo.
Intenté hablar con calma. Una, dos, tres veces Ahora está claro: no van a cambiar. Creen que soy un viejo cascarrabias, que debería estar contento de que me toleren bajo su mismo techo.
Dos meses he aguantado. Pero ya basta. Les diré claro: o se ponen las pilas, o se buscan un piso de estudiantes. Allí, quizá aprendan lo que es respetar el trabajo ajeno y el espacio de los demás.
Porque estoy harto de ser su criado. Quiero vivir tranquilo, sin estrés, sin montañas de platos sucios y sin calcetines tirados en la cocina.
¿Y vosotros? ¿Qué haríais? ¿Debería arriesgarme a discutir con mi hijo? ¿O seguir cerrando los ojos ante este desastre, en una casa que levanté con mis propias manos?

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«Mi hijo es un desastre; mi nuera es igual. Estoy exhausta de vivir en su caos diario»