Para evitar la deshonra, ella aceptó vivir con un hombre jorobado Pero cuando él le susurró su petición al oído, ella se quedó sin aliento
¿Javier, eres tú, hijo mío?
Sí, madre, ¡soy yo! Perdóname por llegar tan tarde
La voz de su madre, temblorosa por la preocupación y el cansancio, llegó desde el oscuro recibidor. Ella estaba allí, en su bata vieja, con una linterna en la mano, como si lo hubiera esperado toda la vida.
Javiercito, mi tesoro, ¿dónde has andado hasta altas horas de la noche? El cielo ya está negro, las estrellas brillan como los ojos de las bestias del bosque
Madre, estuve con Miguel estudiando. Los deberes, los repasos Perdí la noción del tiempo. Perdóname por no avisar. Tú duermes tan mal
¿O es que andabas con alguna muchacha? preguntó de pronto, entrecerrando los ojos con sospecha. ¿No te habrás enamorado, eh?
¡Madre, por favor, qué tonterías! rió Javier mientras se quitaba los zapatos. Yo no soy de esos que esperan las chicas bajo el portal. ¿Quién querría a alguien como yo, jorobado, con brazos de mono y una cabeza como un cardo?
Pero en sus ojos brilló el dolor. No dijo lo que veía: no a un monstruo, sino al hijo que había criado en la miseria, en el frío, en la soledad.
Javier no era un adonis. Medía apenas metro sesenta, encorvado, con brazos largos como los de un simio, que casi le rozaban las rodillas. La cabeza, grande, con rizos rebeldes como dientes de león. De niño lo llamaban “monito”, “duende del bosque”, “criatura de Dios”. Pero creció, y se convirtió en algo más que un simple hombre.
Él y su madre, Isabel Martínez, llegaron a aquella aldea cuando él tenía solo diez años. Huyeron de la ciudadde la pobreza, de la vergüenza: su padre en prisión, su madre desaparecida. Solo quedaron ellos dos. Dos contra el mundo.
Ese Javier no está destinado a vivirmurmuraba la vieja Carmen, observando al muchacho enclenque. Se lo tragará la tierra sin dejar rastro.
Pero Javier no desapareció. Se aferró a la vida como una raíz a la piedra. Creció, respiró, trabajó. E Isabel, mujer de corazón de acero y manos marcadas por el horno de pan, amasaba para todo el pueblo. Diez horas al día, año tras año, hasta que su cuerpo dijo basta.
Cuando cayó enferma, sin poder levantarse, Javier fue su hijo, su hija, su médico, su cuidador. Fregaba el suelo, hacía la sopa, le leía en voz alta revistas viejas. Y cuando ella murióen silencio, como el viento que abandona los campos, él se quedó junto al ataúd, con los puños apretados, sin lágrimas. Ya no le quedaban.
Pero la gente no olvidó. Los vecinos llevaron comida, le dieron ropa abrigada. Y luego, sin esperarlo, empezaron a visitarlo. Primero los chicos, fascinados por la radio. Javier trabajaba en la emisora localarreglaba receptores, ajustaba antenas, soldaba cables. Tenía manos de oro, aunque parecieran torpes.
Luego vinieron las muchachas. Al principio, solo a tomar té con mermelada. Después, a quedarse más tiempo. A reír. A hablar.
Y un día notó algo: una de ellas, Lucía, siempre era la última en irse.
¿No tienes prisa? preguntó él cuando todos se habían marchado.
No tengo adónde ir respondió ella en voz baja, mirando al suelo. Mi madrastra me odia. Tengo tres hermanos, brutos y malhumorados. Mi padre bebe, y para ellos soy un estorbo. Vivo con una amiga, pero tampoco es para siempre Aquí, en cambio, hay paz. Aquí no me siento sola.
Javier la miróy por primera vez en su vida entendió que podía ser necesario.
Quédate a vivir conmigo dijo simplemente. La habitación de mi madre está vacía. Serás la dueña. Y yo no te pediré nada. Ni una palabra, ni una mirada. Solo quédate.
La gente murmuró. Cuchichearon a sus espaldas:
¿Cómo es posible? ¿Un jorobado y una belleza? ¡Qué ridiculez!
Pero pasó el tiempo. Lucía limpiaba, cocinaba la sopa, sonreía. Y Javier trabajaba, callado, cuidando de todo.
Y cuando ella dio a luz un hijo, el mundo se detuvo.
¿A quién se parece? preguntaban en el pueblo. ¿A quién?
Y el niño, Daniel, miraba a Javier y decía: “¡Papá!”
Y Javier, que jamás imaginó ser padre, sintió algo cálido abrirse en su pechocomo un pequeño sol.
Enseñó a Daniel a arreglar enchufes, pescar, leer. Y Lucía, al verlos, decía:
Deberías buscar mujer, Javier. No estás solo.
Eres como una hermana para mí respondía él. Primero te casaremos. Con alguien bueno, honrado. Después ya veremos.
Y ese hombre apareció. Joven, de un pueblo cercano. Honrado. Trabajador.
Hubo boda. Lucía se fue.
Pero un día, Javier la encontró en el camino y le dijo:
Quiero pedirte algo Déjame a Daniel.
¿Qué? se sorprendió ella. ¿Por qué?
Lo sé, Lucía. Cuando tienes un hijo, todo cambia dentro de ti. Pero Daniel no es tuyo de sangre. Lo olvidarás. Y yo no podría.
¡No te lo daré!
No es quitártelo respondió Javier en voz baja. Ven cuando quieras, visítalo. Solo déjalo vivir conmigo.
Lucía dudó un instante. Luego llamó al niño:
¡Daniel! ¡Ven aquí! Dime, ¿con quién quieres vivir, conmigo o con tu padre?
El niño corrió, los ojos brillando:
¿No podemos estar todos juntos, como antes? ¿Tú, mamá, y papá?
No dijo Lucía con tristeza.
¡Entonces me quedo con papá! gritó Daniel. ¡Y tú, mamá, ven a visitarnos!
Y así fue.
Daniel se quedó. Y Javier, por primera vez, fue verdaderamente padre.
Pero un día, Lucía volvió:
Nos trasladan a la ciudad. Me llevo a Daniel.
El niño lloró como un animal herido, abrazando a Javier:
¡No me voy! ¡Me quedo con papá!
Javier susurró Lucía, mirando al suelo. Él no es tuyo.
Lo sé respondió él. Siempre lo supe.
¡Aunque me lleven, volveré con papá! gritaba Daniel, ahogándose en lágrimas.
Y lo hizo. Una y otra vez.
Se lo llevabany él regresaba.
Al final, Lucía cedió.
Que así sea dijo. Ha elegido.
Y entonces comenzó otra historia.
La vecina, Rosa, había perdido a su maridoun borracho, un tirano. Dios no les dio hijos, porque en aquella casa no hubo amor.
Javier empezó a pasar por leche. Luego, a arreglar la valla, a reparar el tejado. Después, solo a visitar. A tomar café. A hablar.
Se acercaron. Lento. Con cuidado. Como adultos.
Lucía escribía cartas. Contó que Daniel tenía una hermanitaSofía.
Tráela escribió Javier. La familia debe estar unida.
Un año después, llegaron.
Daniel no se separaba de su hermana. La cargaba, le cant






