El hombre llegó a casa y, sin quitarse ni los zapatos ni el abrigo, soltó de golpe:
“Marina, tenemos que hablar en serio.”
Y ahí mismo, sin respirar, abrió todavía más sus ojos ya de por sí grandes, sin dudarlo ni un segundo:
“¡Me he enamorado!”
“Ya está pensó Marina, la crisis de los cuarenta ha llegado a esta casa. Bienvenida” Solo le dedicó una mirada de preocupación, algo que no hacía desde hacía años (¿cinco, seis? ¿o quizá ocho?).
Dicen que antes de morir se te pasa la vida entera por delante, pero a Marina le pasó toda su vida con él. Se conocieron de la forma más normal: por internet. Ella restó tres años en su perfil, él sumó tres centímetros de estatura, y así, sin complicaciones pero con esfuerzo, lograron cumplir con los criterios de búsqueda del otro y se encontraron.
Marina ya no recordaba quién escribió primero, pero sí sabía que su mensaje fue educado, con un toque de ironía ligera, algo que le encantó. A sus treinta y tres años, consciente de sus opciones en el “mercado masculino”, asumió su posición sin engañarse: no era la última, pero casi. Así que para la primera cita optó por no pasarse, vistiéndose con elegancia, sus gafas rosas y lencería de moda, metiendo en el bolso unas galletas caseras y un libro de Pérez Galdós.
La primera cita fue sorprendentemente fácil (¡ahí estaba el poder de vestirse bien!), y su romance avanzó con entusiasmo y rapidez. Se divertían juntos, así que, tras seis meses de citas y la presión constante de sus padres (que ya habían perdido la esperanza de conocer nietos), él se armó de valor y le propuso matrimonio. Presentaron a sus familias, decidieron una boda íntima idea que los padres aceptaron sin rechistar y, por miedo a que alguien se echara atrás, escogieron la primera fecha disponible.
Vivían bien, o al menos a Marina así le parecía. En su hogar reinaba un clima tropical, sin grandes explosiones de pasión pero con respeto y armonía. ¿No era eso la felicidad? Él, siendo el típico representante del género masculino, sencillo y constante, se quitó el disfraz de “hombre sensible-romántico-manitas-doradas” a las pocas semanas de casados y se mostró tal cual era: un tipo práctico, trabajador y cariñoso, siempre en chándal.
Marina, como buena representante del género femenino, fue soltando poco a poco su papel de “ama de casa-intelectual-sexy-discreta”, aunque un embarazo aceleró el proceso. Al año, dejó atrás esa imagen con alivio, envolviéndose en una bata cómoda.
Que ninguno echara de menos sus antiguos roles ni se reprochara nada solo confirmó para Marina que habían tomado la decisión correcta. La rutina y la crianza de sus dos hijos zarandearon a veces su barco familiar, pero nunca lo hundieron, y tras cada tormenta, seguían navegando en calma.
Los abuelos felices ayudaban en lo que podían, ambos avanzaban lentamente en sus trabajos, viajaban, disfrutaban de sus hobbies y, por supuesto, el uno del otro, sin salirse de la media estadística.
Doce años de matrimonio después, él nunca había sido pillado en una infidelidad ni siquiera en un coqueteo, aunque Marina no era celosa, así que podría haberse permitido algún desliz sin drama. Se lo imaginaba ligando y soltó una risa, porque la imagen era ridícula: su marido, tras varios intentos fallidos de halagar de forma convencional, había admitido al principio que no era lo suyo y optó por otra estrategia: elogios silenciosos (¿o en ultrasonidos?), expresados simplemente abriendo los ojos como un búho.
Con los años, Marina aprendió a leer todas sus emociones en esos ojos: admiración, aprobación, sorpresa, confusión, incomprensión o indignación total. Y ahora se lo imaginaba soltando piropos a una rata, con los ojos cada vez más abiertos
La garganta de Marina se secó. Con una sonrisa nerviosa, preguntó:
“Bueno ¿y cómo se llama tu rata?”
Los ojos de él parecían a punto de salírsele de las órbitas. Nervioso, mirándose los pies, balbuceó:
“¿Cómo? ¿Cómo? ¡¿Cómo has sabido que era una rata?! No, es que ¡Mira, no pude resistirme cuando la vi! Es increíble, tan suave, tan bonita ¡se parece a ti!”
De su bolsillo sacó una ratita grisácea, con orejitas rosadas, nariz sonrosada y ojos como botones negros.
Marina no escuchó más. Miró a su marido, a su nueva amiga, a cómo se abrazaban, y sintió una felicidad inmensa: se había enamorado de una rata que se parecía a ella.







