**Diario de Laura Navarro**
Hoy casi muero. Y quien debía proteger mi vida era quien quería quitármela.
¡No arranques! ¡Tu marido ha cortado los frenos! gritó Carmen, la empleada del hogar, corriendo hacia mí con los ojos desorbitados.
Nunca olvidaré ese instante. Había salido de nuestra casa en La Moraleja, Madrid, después de una discusión con Álvaro. Mi esposo, un empresario frío y ambicioso, llevaba semanas distante. Pero aquella mañana, algo en su tono me heló la sangre. Cansada de sus despreciosno solo hacia mí, sino también hacia el personal, decidí marcharme sin avisar.
Carmen, que lleva veinte años con nosotros, escuchó lo impensable mientras limpiaba el despacho. Álvaro hablaba por teléfono con alguien. Las palabras *accidente* y *frenos* la paralizaron. Al oír *”Hoy será su último viaje”*, supo que no era un malentendido.
Dudó. Denunciar a Álvaro sin pruebas era peligroso. Él tiene influencias, amigos en lugares oscuros. Pero al verme coger las llaves del cocheun Audi negro que siempre odié, corrió tras mí. El motor ahogó sus gritos. Frené bruscamente al ver su expresión.
¿Qué te pasa? ¿Has perdido la cabeza? dije, irritada.
No aceleres jadeó. Álvaro los frenos te quiere muerta.
Miré hacia la casa. En el balcón, él observaba con una sonrisa siniestra.
Esto no es ninguna broma susurró Carmen. Hay gente esperándote en la carretera. Gente que asegurará que no llegues.
Un ruido detrás de mí. Un hombre con chaqueta negra bajó de un BMW aparcado.
¿Problemas, señora? preguntó, fingiendo cortesía.
Carmen se interpuso, pero él la apartó con una mirada. Álvaro bajó las escaleras, impecable en su traje de Armani.
Cariño, ¿vas a creer los delirios de una empleada? dijo, dulce como el veneno.
El desconocido revisó el coche y murmuró: *”Está hecho como pidió”*.
¡No tiene frenos! gritó Carmen, temblando.
Álvaro se le acercó, amenazante: Una palabra más y no trabajarás ni barriendo plazas.
En ese momento, un coche patrulla apareció. Un agente del Cuerpo Nacional de Policía salió, firme.
Recibimos una denuncia anónima anunció.
El mecánico confirmó lo obvio: los frenos, cortados. Álvaro palideció.
Es un montaje farfulló.
El policía esbozó una sonrisa fría. Curioso. Mi compañero oyó a su amigo decir *”Está hecho como usted pidió”*.
Lo esposaron. Yo, entre lágrimas, abracé a Carmen.
Me has salvado la vida.
Usted me trató como persona respondió. Hoy solo devolví el favor.
Ahora, desde mi nuevo piso en Chamberí, escribo esto. Álvaro está en prisión preventiva. La casa de La Moraleja, vacía. Y yo aprendí que el dinero no compra lealtad, pero el respeto sí.
Las máscaras caen. Siempre.







