Dijo que no servía para ser padre, pero yo crié a estos niños desde el primer día

Me dijo que no valía para ser padre, pero yo crié a esos niños desde el principio.
Cuando mi hermana Lucía empezó con los dolores de parto, yo estaba en otra parte de la región, en un festival de motos. Ella me había suplicado que no cancelara el viaje, que todo iría bien, que aún tenía tiempo.
Pero el tiempo se le acabó.
Nacieron tres hermosos bebésy ella no sobrevivió.
Recuerdo cómo los sostuve en aquella sala de neonatos, esos pequeños seres que se movían sin parar. Aún olía a gasolina y a chaqueta de cuero. No tenía ningún plan, ni la más remota idea de qué hacer. Pero los miréa Ana, a Clara y a Javiery supe que no me iría de su lado.
Cambié las noches de ruta por noches de biberones. Los compañeros del taller me cubrían las horas para que pudiera recogerlos de la guardería. Aprendí a hacerle coletas a Clara, a calmar los berrinches de Ana, a convencer a Javier de que comiera algo que no fueran macarrones con mantequilla. Dejé los viajes largos en moto. Vendí dos de ellas. Construí literas con mis propias manos.
Cinco años. Cinco cumpleaños. Cinco inviernos con gripes y virus estomacales. No era perfecto, pero estaba ahí. Cada maldito día.
Y entonces apareció él.
El padre biológico. No figuraba en los certificados de nacimiento. No había visitado a Lucía ni una sola vez durante el embarazo. Según ella, dijo que unos trillizos no encajaban en su estilo de vida.
Pero ahora… quería llevárselos.
Y no vino solo. Trajo a una trabajadora social llamada Marta. Solo tuvo que mirar mis monos manchados de grasa para afirmar que yo no era un entorno adecuado para el desarrollo a largo plazo de esos niños.
No podía creer lo que oía.
Marta recorrió nuestra casa, pequeña pero limpia. Vio los dibujos de los niños pegados en la nevera. Las bicis en el patio. Los botines al lado de la puerta. Sonreía educadamente, tomando notas. Noté cómo su mirada se detuvo un poco más en el tatuaje que tengo en el cuello.
Lo peor fue que los niños no entendían nada. Ana se escondió detrás de mí. Javier se echó a llorar. Clara preguntó: ¿Ese señor será nuestro nuevo papá?.
Yo les dije: Nadie os va a separar de mí. Tendría que ser por orden de un juez.
Y ahora la audiencia es dentro de una semana. Tengo un abogado. Bueno. Carísimo, pero lo vale. El taller apenas da para pagar las facturas, pero vendería hasta el último tornillo con tal de quedarme con ellos.
No sabía qué decidiría el juez.
La noche antes de la vista, no pude dormir. Me quedé en la cocina, con un dibujo de Ana en las manos: yo, agarrando sus manos, frente a nuestra casa, con un sol y nubes en la esquina. Un garabato infantil, pero, la verdad, en ese dibujo me veía más feliz que nunca en mi vida.
Por la mañana me puse una camisa de botones que no usaba desde el funeral de Lucía. Clara salió de su cuarto y dijo: Tío Luis, pareces un señor de iglesia.
Esperemos que al juez le gusten los señores de iglesia, intenté bromear.
El tribunal parecía otro mundo. Todo beige y pulido. Álvaro, con un traje caro, fingía ser un padre preocupado. Hasta llevó una foto de los trillizos en un marco comprado, como si eso demostrara algo.
Marta leyó su informe. No mentía, pero tampoco suavizaba las cosas. Habló de recursos educativos limitados, dudas sobre el desarrollo emocional y, por supuesto, de la falta de una estructura familiar tradicional.
Apreté los puños bajo la mesa.
Luego fue mi turno.
Le conté al juez todo. Desde el momento en que me avisaron de lo de Lucía, hasta el día que Clara me vomitó en la espalda durante un viaje, y ni siquiera me inmuté. Hablé del retraso en el habla de Ana, de cómo me busqué un segundo trabajo para pagar el logopeda. De cómo Javier al fin aprendió a nadar porque le prometí una hamburguesa cada viernes si no se rendía.
El juez me miró y preguntó: ¿De verdad cree que puede seguir criando a tres niños solo?.
Tragué saliva. Pensé en mentir. Pero no lo hice.
No. No siempre, dije. Pero lo hago. Todos los días, desde hace cinco años. No lo hago por obligación. Lo hago porque son mi familia.
Álvaro se inclinó como si quisiera decir algo. Pero no lo hizo.
Entonces todo cambió.
Clara levantó la mano.
El juez, sorprendido, dijo: ¿Sí, jovencita?.
Ella se subió al banco y dijo: El tío Luis nos da un abrazo cada mañana. Y cuando tenemos pesadillas, se acuesta en el suelo al lado de nuestra cama. Y una vez vendió su moto para arreglar la calefacción. No sé qué es un padre, pero ya tenemos uno.
Silencio. Un silencio total.
No sé si eso lo decidió todo. Quizá el juez ya lo tenía claro. Pero cuando al fin dijo: La custodia permanecerá con el señor Luis Moreno, respiré por primera vez en años.
Álvaro ni siquiera me miró al salir. Marta me hizo un gesto casi imperceptible.
Esa noche hice tostadas con queso y sopa de tomatesu plato favorito. Clara bailaba encima de la mesa. Javier hacía espadas con el cuchillo de untar. Ana se acurrucó contra mí y susurró: Sabía que ganarías.
Y en ese momento, entre la cocina grasienta y el cansancio, me sentí el hombre más rico del mundo.
La familia no es la sangre. Son los que se quedan. Una y otra vez. Incluso cuando es difícil.

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Dijo que no servía para ser padre, pero yo crié a estos niños desde el primer día