La Vergüenza en el Autobús
Elena Martínez apretaba contra su pecho un pequeño bolso mientras caminaba deprisa hacia la parada. La lluvia acababa de cesar, y el asfalto brillaba bajo el gris cielo de octubre. En el bolso llevaba doscientos euros, todo lo que había podido reunir para las medicinas de su marido. José Luis se quejaba otra vez del dolor de espalda, y el médico le había recetado unas pastillas tan caras que ni siquiera con su pensión llegaba a cubrir la mitad del paquete.
El autobús llegó a la parada con un chirrido de frenos. Elena subió los escalones y le tendió al conductor un billete de cinco euros.
Son siete masculló él sin siquiera mirarla.
¿Cómo que siete? Ayer eran cinco repuso la mujer, desconcertada.
Hoy subió el precio. La gasolina no está barata el conductor golpeó el volante con impaciencia.
Elena vaciló. Siete euros significaban que le quedaría aún menos para las medicinas. ¿Tal vez ir caminando? Pero la farmacia estaba a tres kilómetros, y en casa la esperaba José Luis, sufriendo…
Señora, ¿va a pasar? se oyó una voz desde el interior del autobús. Hay gente esperando.
Las mejillas de Elena se encendieron. Rebuscó en su bolso y sacó otros dos euros.
Gracias murmuró el conductor, sin fijarse en el dinero.
Elena avanzó por el pasillo. No había asientos libres. Un joven con auriculares estaba absorto en su móvil. A su lado, una chica tecleaba sin levantar la vista. En el centro, una mujer mecía a un bebé que lloriqueaba mientras tarareaba una nana.
Siéntese dijo de pronto la madre, señalando su asiento. Total, no puedo sentarme con él en brazos.
No, qué va, gracias negó Elena con la cabeza.
Venga, siéntese insistió la mujer. Se le ve cansada.
Elena aceptó agradecida. El niño la miró con ojos curiosos y de pronto le sonrió.
Qué hermoso dijo ella, conmovida. ¿Cuántos meses tiene?
Ocho. Le están saliendo los dientes, por eso está así respondió la madre, exhausta. Vamos al médico, a ver si le receta algo.
Yo también voy a la farmacia, por unas pastillas para mi marido. Le duele mucho la espalda.
Ya veo. Mi suegra sufre de artritis, es un calvario.
El autobús frenó en otra parada. Subió una anciana con bastón, lenta y cuidadosa. El conductor miró impaciente por el retrovisor.
Deprisa, abuela, que el tiempo es oro.
La anciana buscó un asiento con mirada perdida. Todos estaban ocupados. El joven de los auriculares ni siquiera levantó la vista.
Joven le dijo Elena, ¿le cedería el asiento a esta señora?
El muchacho se quitó un auricular a regañadientes.
¿Qué?
Que si le cede el sitio a la señora repitió Elena, señalando a la anciana.
Ah, sí… se levantó sin apartar los ojos de la pantalla.
La anciana le dio las gracias a Elena con un gesto.
Dios se lo pague, hija. Aún quedan buenas personas.
Elena se ruborizó. A ella también le había costado darse cuenta de que alguien necesitaba ayuda, distraída como estaba con la joven madre.
El autobús frenó bruscamente en un semáforo. Los pasajeros se balancearon hacia adelante. El bebé rompió a llorar.
¡Con cuidado! protestó su madre. ¡Hay niños aquí!
Las calles están como están replicó el conductor. Si no le gusta, que coja un taxi.
No todos podemos permitírnoslo musitó la anciana. Yo voy a la clínica, y ya no puedo caminar.
Todos andamos justos apoyó Elena. Los precios suben, pero las pensiones no.
Así es asintió la joven madre. Estoy de baja con el niño, y mi marido trabaja solo. Cada céntimo cuenta.
En el autobús se creó un ambiente de complicidad. Los pasajeros se miraron, entendiéndose sin palabras. Todos compartían la misma lucha.
Antes había cobradores suspiró la anciana. Todo era más educado, te daban el billete, la vuelta justa…
Otros tiempos asintió Elena. Y los precios no cambiaban cada día.
No solo eso intervino una mujer de unos cuarenta años. Había más respeto.
El joven levantó la cabeza, intrigado por la conversación.
Tal vez nosotros mismos nos hemos vuelto indiferentes dijo de pronto. Cada uno en su móvil, sin ver al de al lado.
Elena lo miró sorprendida. No esperaba esa reflexión.
Tiene razón aprobó la anciana. Mi nieto igual, siempre con la tablet. Nunca tiene tiempo para mí.
Cuéntenos algo de antes propuso el joven, guardando el teléfono. De cuando era joven.
La anciana se animó.
Bueno, ¿les cuento cómo conocí a mi marido? También fue en el autobús…
Sí, cuente pidieron varios a la vez.
Fue en el 57. Él iba de uniforme, muy guapo. De pronto, el autobús frenó, yo tropecé, y él me sostuvo. Así empezó todo.
Qué bonito sonrió la joven madre.
Sí asintió la anciana. Estuvimos juntos sesenta años, hasta que se fue.
Un silencio respetuoso llenó el autobús.
Yo conocí al mío haciendo cola para el pan compartió Elena. Se volvió, me sonrió, y luego me acompañó a casa.
Qué suerte tener a alguien con quien compartir la vida dijo la mujer de la ventana, con nostalgia. Yo me quedé sola, mis hijos viven lejos.
No se aflija consoló la joven madre. Los míos volverán. Ahora les llevo a su nieto.
Los nietos son una bendición sonrió Elena. Mi hija vive fuera, pero la niña viene en verano. Es muy lista, siempre me pregunta cómo era todo antes.
El autobús se acercaba al centro. Elena se levantó y se dirigió a la joven madre.
Gracias por el asiento. Tome le tendió unos euros. Para un helado cuando le salgan los dientes.
No, por favor protestó la mujer.
Quédese







