La Madre Sacrificada
Durante treinta años, me levanté antes de que saliera el sol. Preparé miles de tostadas con aceite, lavé pilas de ropa que parecían no tener fin, puse tiritas en rodillas raspadas y sequé lágrimas con la punta del delantal. Mis hijos eran mi mundo, mi razón de ser. Trabajé en dos empleos para pagar sus carreras, vendí mis pendientes de oro para sus bodas y hasta hipotequé el piso para ayudarles con sus negocios.
“Mamá siempre está ahí”, decían los vecinos con admiración. Y yo, orgullosa, sonreía pensando que estaba construyendo algo bonito: una familia unida por amor incondicional.
Alejandro, el mayor, aparecía cada mes. Siempre con una petición: que cuidara a los niños, que le prestara doscientos euros, que le hiciera lentejas para toda la semana. “Nadie cocina como tú, mamá”, decía mientras me achuchaba. Y yo, como una tonta, me derretía.
Lucía, la del medio, me llamaba llorando cada vez que discutía con su marido. Lo dejaba todo para consolarla, para darle consejos que jamás seguía. “Tú eres la única que me entiende”, suspiraba. Y yo me sentía importante, imprescindible.
Javier, el pequeño, seguía viviendo conmigo a los 35. “Estoy ahorrando para mudarme”, repetía mientras yo le planchaba las camisas y le guisaba cocido. Sus ahorros, por supuesto, desaparecían en consolas y cervezas.
Todo cambió el día que me resbalé en el baño. Una fractura de cadera, dos meses sin poder valerme sola. Necesitaba ayuda para casi todo: ducharme, preparar la comida, ir a comprar el pan.
Alejandro estaba “hasta arriba de trabajo”. Lucía pasaba por “una crisis personal”. Javier se mudó con un colega “temporalmente” el mismo día que salí del hospital.
Los primeros días esperé. Seguro que vendrían, solo necesitaban tiempo. Pero las horas se hicieron días, los días semanas. Las llamadas se espaciaron. Las excusas florecieron como champiñones.
Una tarde, mientras forcejeaba con un bote de aceitunas, oí voces en el patio. Mis tres hijos estaban ahí, pero no habían llamado al timbre. Me acerqué a la ventana y los escuché discutir.
“Alguien tiene que hacerse cargo de mamá”, decía Alejandro.
“Yo no puedo, tengo mis propios líos”, contestaba Lucía.
“Pues vende el piso y la metes en una residencia”, soltó Javier. “Con lo que saquemos, nos repartimos algo.”
Se fueron sin entrar.
Esa noche no lloré. Por primera vez en años, pensé en mí. En la mujer que fui antes de ser solo “mamá”. En los viajes que no hice, en las risas que dejé pasar por estar siempre disponible para ellos.
A la mañana siguiente, marqué tres números.
Uno, a un abogado. Otro, a una agencia inmobiliaria. El último, a mi hermana de Málaga, que llevaba años diciéndome: “Ven a verme, mujer”.
Vendí el piso en quince días. El dinero lo puse en una cuenta solo a mi nombre. Compré un billete de avión.
Cuando se enteraron, vinieron corriendo. Por primera vez en meses, los tres juntos en mi puerta.
“¿Cómo puedes hacernos esto?”, gritó Alejandro. “¡Somos tu familia!”
“Después de todo lo que hicimos por ti”, lloriqueó Lucía.
“¿Y nosotros qué?”, preguntó Javier. “¿Dónde vamos a comer el cocido en Nochebuena?”
Los miré en silencio. Esas tres personas que habían sido mi vida entera, que ahora me veían como un estorbo o un talonario con patas.
“Ustedes ya no me necesitan”, dije con una tranquilidad que ni yo me esperaba. “Y yo he descubierto que tampoco los necesito.”
Cerré la puerta.
Al día siguiente, en el asiento 23A del avión, mirando cómo se alejaba Madrid entre las nubes, sentí algo que no recordaba: libertad.
Dicen que las madres aman sin condiciones. Pero nadie cuenta que ese amor, cuando no es correspondido, puede ser una cadena. Y que a veces, lo más valiente no es aguantar, sino soltar.
Ahora vivo en un apartamento pequeño frente al mar. Tengo nuevas amigas, nuevos hábitos, nuevos planes. Mis hijos llaman de vez en cuando, siempre con la misma pregunta: “¿Cuándo vuelves?”
No voy a volver.
Porque aprendí que cuidar de los demás no me hacía mejor madre si me olvidaba de cuidarme a mí misma. Y que el amor de verdad no puede ser solo obligación y comodidad.
Por primera vez en mi vida, soy feliz siendo simplemente Carmen.







