Esfuérzate, pequeña

**Diario de una mujer que ya no pide permiso**

Hija mía, tendrás que esforzarte mucho para encajar en nuestra familia declaró doña Carmen con aire de jueza implacable.

Lucía contuvo una risa. Era previsible. La suegra-directora ya blandía la regla antes de empezar la lección.

Javier, a su lado, desvió la mirada. Se le notaba el “aquí vamos otra vez”. Pero no intervino. Y hacía bien. Aquella no era su batalla.

¿Esforzarme? repitió Lucía con una sonrisa condescendiente. ¿En qué sentido? ¿Cursos de costura? ¿O tal vez clases de sevillanas?

La conversación transcurría en la cocina de doña Carmen. Todo era lujo: cortinas con flecos, bombones en vasos de cristal, una mesa maciza y sillas del color del cava. Bonito, pero Lucía no podría vivir allí. Demasiado perfecto, como un plató de televisión.

Lucita, somos una familia de bien aclaró Carmen, fingiendo no notar la ironía. Gente educada. Aquí no cualquiera tiene cabida.

Lucía asintió mecánicamente, pero ya no escuchaba. Ese papel le resultaba dolorosamente familiar. Ya había nadado en él, aunque entonces carecía de experiencia y autoestima.

…Quince años atrás, Lucía era otra: joven, obediente, con ojos crédulos y la fe de que “había que ser una buena esposa”. A su marido, Pablo, lo amaba con locura.

Pero Pablo solo amaba a su madre.

Su primera suegra, Isabel Martínez, se creía la reina del pueblo. Opinaba sobre todo, con voz estentórea y convicción. En la segunda cena, soltó:

El pollo está más seco que un esparto. Bueno, ya te enseñaré a asarlo, ya que tu madre no lo hizo.

Lucía sonrió. Creía que aguantar y ser educada le granjearía afecto. La llamaba “mamá”, preparaba la ensaladilla con carne (como ella pedía) y soportaba críticas: desde el tono de su pintalabios hasta la limpieza del suelo.

Con el nacimiento de Martina, todo empeoró. Isabel daba lecciones sobre “cómo criar a una mujer decente”. Todo con sonrisas y indirectas: qué mala maestra era Lucía. Zapatero a tus zapatos.

¡Los pañales son una tortura para los niños! anunció Isabel un día, entregándole sábanas de tela. Los usan los vagos. Tú serás una buena madre, ¿verdad?

Pablo nunca intervenía. Ni cuando Martina, que aún no pronunciaba la “r”, preguntó:

Mamá, ¿por qué eres tonta?

Lucía se quedó helada.

¿Qué? ¿Quién te dijo eso?
La abuela Isa.

Cuando pidió a Pablo que hablara con su madre, él se encogió de hombros.

Bah, son cosas que dice. Ya conoces su carácter.

Y lo conocía. Antes, Lucía se esforzaba. Escuchaba en Nochebuena que “había estropeado el plato por escatimar en queso”. Compraba regalos caros, buscando elogios. Fingía perfección hasta que entendió que, para Isabel, la perfección siempre tendría otro nombre.

Tras eso, Lucía pidió el divorcio. ¿”Mal carácter”? Para ella, solo era excusa para no cambiar.

¡Te morirás sola, con tus gatos! vaticinó Isabel.

Pero los gatos nunca llegaron. Sí su piso, su trabajo y su dignidad.

Y luego, Javier. Se conocieron por amigos. No hubo pasión desbordada ni promesas imposibles, pero él respetaba sus sentimientos. Sabía de su pasado y aceptaba a Martina.

Quería casarse. Lucía no se negó, pero observó. Amaba a Javier, pero temía repetir la historia. Sin embargo, él era distinto. No ponía a su madre en un altar. Y ella arriesgó.

Ahora, en casa de doña Carmen, escuchaba el mismo monólogo de años atrás. Pero ya no sentía vergüenza ni miedo. Solo hastío.

No aceptamos a cualquiera continuó Carmen. Javier es blando, quizá no ve todo. Pero yo sí. Así que… esfuerzate, niña.
Gracias por los consejos respondió Lucía, fría. Pero seré simplemente la mujer de su hijo. Ya tengo familia: mi hija, mi marido. Me basta.

Se levantó sin esperar el final. Javier la siguió y, al salir, le tomó la mano.

¿Estás bien? preguntó él.
Perfecta. Esto ya me suena a clásico.

Esta vez, Lucía sabía quién era. Que no la quisieran no le importaba. Tampoco le debía nada.

…Pasaron dos años desde aquel “aviso”. Y, para decepción de Carmen, Lucía no hizo el menor esfuerzo. Nada de visitas, reverencias o teatros. Vivían tranquilos en su piso. Javier incluso se llevaba bien con Martina.

El contacto con Carmen era formal. Felicitaciones por teléfono. Regalos solo de él. Sin peleas, pero sin acercamientos.

Lucía no le prohibía ver a su madre. Pero no la dejaba entrar en su vida. Javier lo respetaba: había presenciado aquella charla.

El contraste con Pablo era evidente.

Mamá dice que gastas mucho. ¿Quieres que te ayude con la lista de la compra? soltó él una vez.

Y Lucía aceptó. Tonta de remate. Quería que Isabel la aceptara. Pero nunca lo hizo.

Javier era distinto. Con firmeza y libertad. No obligaba a besuquearse ni confundía los roles.

Mamá, ella es así decía a Carmen cuando se quejaba. Si no te gusta, no hables con ella. Pero yo estaré a su lado.

Lucía lo valoraba más que cenas románticas o flores. Él le daba un espacio donde ser ella misma. Con su pasado, su carácter y Martina. Sin tener que demostrar nada.

Tras un largo invierno de indiferencia, llegó un deshielo inesperado.

Una tarde, sonó el teléfono. Carmen. Lucía dudó, pero contestó.

Lucía, hija. ¿Qué tal? la voz de Carmen era dulce como la miel.
Bien. ¿Necesita algo?
Pensé… ¿Te apetece un café? He hecho torrijas, están para chuparse los dedos.

Lucía se paralizó. ¿Era la misma mujer que años antes la examinaba como candidata?

Lo siento, estoy ocupada.

Carmen no insistió. Solo suspiró.

Bueno, cuando quieras, cariño.

El “cariño” la dejó atónita. ¿Estaba soñando?

Días después, Carmen le envió una foto de una vajilla antigua con dorados.

¿Te gusta? Tengo dos. Si quieres, llévatela.
Gracias, pero prefiero tazas que no den pena si se rompen.

El repentino cariño la inquietó. ¿Por qué el cambio?

La verdad surgió casualmente. Javier mencionó que su hermano se mudó a Bilbao. Trabajo nuevo, hipoteca. Solo hablaban por WhatsApp.

Todo cobró sentido. Carmen no tenía nietos. Su otra nuera no quería hijos. Lucía era la única mujer cerca. Y Carmen, al verse sin fotos para el Día de la Madre, cambió el guion.

Una semana después, se cruzaron en la farmacia. Carmen, seria al principio, se iluminó al verla.

¡Lucía! ¡Qué casualidad! Ven a casa, he hecho brazo de gitana…

Lucía no sonrió. El frío le helaba la piel y el corazón.

Doña Carmen… ¿Recuerda cuando dijo que debía esforzarme para entrar en su familia?
Bueno… Era solo para conocerte.
No lo entiendo. Pero sí esto: usted no me quiso entonces, aunque yo no lo ped

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