Una Familia del Corazón

Una Familia de Corazón

El divorcio había aplastado a Lucía como una apisonadora. Había adorado a su marido y nunca esperó esa puñalada por la espalda. Pero él la traicionó, y con su mejor amiga. En un solo día, perdió a dos personas en quienes había confiado su corazón. Su fe en los hombres se derrumbó. Antes, cuando escuchaba eso de que “todos los hombres engañan”, se encogía de hombros: “Mi Álvaro no es así”. Ahora, la traición la consumía por dentro, y juró no volver a abrirle el alma a nadie.

Lucía criaba sola a su hija, Martina. Su exmarido pagaba puntualmente la pensión, veía a la niña de vez en cuando, pero sin ganas de ser padre. Lucía aceptó su destino: una soledad para siempre. Incluso encontraba cierto consuelo amargola vida sin hombres le parecía más sencilla. Pero al destino le encanta romper planes.

Durante el cumpleaños de una compañera de trabajo en un pequeño café de Madrid, Lucía conoció a Daniel, el hermano de la festejada. Él también había pasado por un divorcio y, para su sorpresa, su hijo, Pablo, vivía con él y no con su madre. Daniel le explicó: el chico había elegido a su padre, mientras que su exmujer, metida en una nueva relación, no había puesto pegas. Un adolescente le estorbaba.

Esa noche despertó en Lucía un calor olvidado. Como una chiquilla, sintió mariposas en el estómagouna emoción que no experimentaba desde hacía años. Daniel tampoco se quedó indiferente. Ambos, marcados por sus divorcios, temían nuevos sentimientos, pero una chispa había surgido entre ellos, imposible de ignorar.

Daniel consiguió el número de Lucía a través de su hermana y, armándose de valor, la llamó. Evitando la palabra “cita”demasiado ridícula a su edad, simplemente le propuso quedar para hablar. Eligieron un acogedor bar, donde charlaron hasta que el dueño los echó. Hubo otro encuentro, y otro más

Un día, Martina se quedó con su padre, y Lucía invitó a Daniel a su casa. Después de esa noche, supieron que no querían separarse. Su amor, tierno y maduro, parecía una redención frente al pasado. Pero había un obstáculo: sus hijos.

Ambos tenían adolescentes. Pablo, el hijo de Daniel, era un año mayor que Martina. Caracteres, pasiones, amigos distintos. Al principio, Lucía y Daniel se conformaban con verse, a veces con los niños, pero notaban con tristeza que Martina y Pablo no solo eran indiferentes el uno al otroapenas disimulaban su antipatía.

Tras un año y medio, Daniel no pudo más. Le pidió matrimonio a Lucía. La amaba tanto que se sentía otra vez un chaval, pero quería una familia de verdad, no como la de su primer matrimonio. Las citas a escondidas ya no le bastaban. Lucía, sorprendida, aceptó. Ella también soñaba con dormir junto al hombre que amaba, preparar el desayuno juntos, ver películas por la noche.

Hablaron de todo. Vivir en sus pequeños pisos de Barcelona era imposibledos adolescentes de distinto sexo necesitaban habitaciones separadas. Vendieron sus propiedades y, con los ahorros de Daniel, compraron una casa amplia en las afueras de Madrid. Lo más difícil quedaba por hacer: decírselo a los niños.

Decidieron hablarlo por separado. “¡No quiero vivir con Daniel y su hijo!”, protestó Martina. “¡Seguid viéndoos como antes! ¿Para qué este matrimonio y esta casa?”. Lucía entendía a su hija, su corazón se encogía de pena. Por su culpa, Martina tendría que acostumbrarse a desconocidos. Pero Lucía sabía que en unos años, su hija dejaría el nido, y entonces, ¿qué? ¿El vacío? A su alrededor, muchas madres se habían sacrificado por sus hijos para luego exigir lo mismo. Lucía rechazaba ese destino. Con voz firme pero dulce, respondió: “Está decidido. Pero siempre te escucharé, y serás mi prioridad”.

Martina refunfuñó, pero no discutió. Su padre, recién casado de nuevo, apenas la llamaba, y se sentía abandonada. Tras una larga conversación, aceptó a regañadientes, confiando en que su madre no la traicionaría.

Con Pablo, la charla fue igual de dura. “¿Por qué tengo que vivir con esa chica y su madre?”, gruñó. “Porque amo a Lucía”, respondió Daniel con calma. “¡Pues me voy con mamá!”, amenazó su hijo. “Como quierascontestó Daniel. Pero me dolería que huyeras cuando las cosas se complican. Además, allí vivirás apretado en su estudio, mientras que aquí tenemos una casa. Hasta pensaba poner una portería para jugar al fútbol contigo”. Pablo acabó cediendo. “Pero no esperes que la trate como a una hermana”. “Solo pido respeto”, concluyó Daniel.

Martina también anunció que no quería saber nada de Pablo y que no le dirigiría la palabra. La boda fue sencilla, en familia. En el restaurante, los niños pusieron cara de pocos amigos, dejando claro su desprecio por la idea.

Una semana después, se mudaron. Las habitaciones se decoraron según sus gustostan distintos como ellos. Martina, madrugadora, se levantaba al amanecer y vagaba por la casa mientras todos dormían. Pablo, noctámbulo, pasaba las noches frente al ordenador y dormía hasta el mediodía los fines de semana. Martina odiaba el pescado; Pablo lo comía tres veces al día. A ella le encantaba el pop coreano y los animes; él escuchaba punk y veía películas de acción. Nada en común. Sus conversaciones acababan en discusión.

Pero Martina se encariñó con Daniel sin esperarlo. Su padre casi había desaparecido, y echaba de menos la atención masculina. Daniel, aunque estricto, la trataba como a una hija, a veces incluso más mimada que Pablo. “Es una chica”, decía él. Pablo, por su parte, se acercó a Lucía. Su madre apenas se había ocupado de él, y desde que empezó una nueva relación, lo había olvidado. Lucía sabía escuchar sin juzgar, y Pablo empezó a confiarle sus secretos.

Lucía y Daniel esperaban que los chicos se llevaran mejor, pero seis meses después, nada había cambiado. Volvían a casa por separado, tenían grupos distintos en el instituto y pasaban las tardes encerrados en sus habitaciones. Los padres se resignaron: no hacía falta amistad, solo educación.

Todo cambió una tarde. Un chico de otra clase insistía en salir con Martina. A ella no le gustaba, y su comportamiento era extraño: mensajes constantes, cartas en su taquilla, invitaciones repetidas. Le pidió claramente que la dejara en paz, pero no hubo caso.

Un día, después de su clase de teatro, Martina se quedó rezagada en el instituto. Al salir, se topó con él. “Vamos a dar una vuelta”, dijo, bloqueándole el paso. “Podemos ir a una cafetería”. “¡Déjame en paz! ¡No saldré contigo nunca!”, estalló Martina. “¿No te gusto?”, preguntó él, ofendido. “¡No! ¡Y me estás hartando!”. La agarró del brazo: “Vienes conmigo, lo decido yo”. Ella intentó soltarse, pero él era más fuerte.

Pablo, que estaba con unos amigos cerca del instituto, vio la escena y corrió a defenderla, plantándole un puñetazo al chico antes de acompañar a Martina a casa bajo un silencio nuevo, cargado de complicidad.

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