**Diario de Ana**
Hoy recordé mi infancia feliz. Aunque ahora tengo veinticinco años, he conocido ya suficientes alegrías, penas y engaños en la vida.
Cuando el joven y gallardo teniente Javier, recién graduado de la academia militar, le propuso matrimonio a su novia Laura, ella no podía creerlo. Llevaban más de dos años saliendo, mientras él estudiaba, y sus citas eran escasas. A los cadetes no los dejaban salir con frecuencia.
“Laurita, vamos a firmar los papeles. Nos casaremos, luego me iré a mi nuevo destino y tú me seguirás después. Te estaré esperando”, decía Javier, feliz por haber terminado sus estudios, obtenido su graduación y, de paso, por convertirse en un hombre serio y casado.
“Sí, acepto”, respondió Laura, emocionada. Hacía tiempo que quería irse de casa, lejos de su padre borracho y siempre gritando. Tampoco sentía mucho por su madre.
Cuando su padre estaba sobrio, su madre lo defendía, le servía la comida con cuidado, pero luego todo volvía a empezar. A Laura casi no le prestaban atención, mientras tuviera qué comer y ponerse. Su madre peleaba por el sueldo de su padre antes de que se lo gastara todo en alcohol.
En fin, no había visto nada bueno en la vida.
“Cuando tenga una hija”, soñaba Laura, “la amaré y la criaré de otra manera. No habrá gritos en mi casa, porque nunca me casaré con alguien como mi padre. Encontraré a un buen hombre”.
Laura se reunió con Javier en un pequeño pueblo de Castilla, donde él estaba destinado. Aunque el lugar era modesto, tenían un piso de una habitación. Él había conseguido muebles, algunos nuevos, otros proporcionados por el ejército.
“Javi, ¡estoy tan feliz! Ahora estamos juntos y no necesitamos a nadie más. Aquí soy la dueña de mi hogar”, decía Laura, mientras él la abrazaba, satisfecho.
Un año y medio después, nació su hija, Ana. Desde entonces, Laura tuvo que ocuparse de casi todo sola. Javier siempre estaba en maniobras o de servicio. Rara vez podían bañar a la niña juntos. Él llegaba cuando Ana ya dormía y se iba antes de que despertara. Claro que la echaba de menos.
Pasó el tiempo. Ana creció, y Javier fue trasladado a otra ciudad, pequeña pero mejor que el pueblo. Luego, otra vez, y otra. Ana cambió de colegio varias veces. Viajaron por toda España hasta que, un día, su padre llegó y anunció:
“Nos vamos a Madrid. Seguramente nos quedaremos allí para siempre”.
“Por fin”, dijo Laura. “Estoy harta de mudarnos de un sitio a otro. Otros viven en el mismo lugar toda la vida”.
“Laura, soy militar, ¿qué esperabas? Podrías haberte casado con un civil. No entiendo de qué te quejas. Tenemos piso, coche, dinero…”.
Pero Laura, al parecer, había heredado el carácter de su madre. Con el tiempo, dejó de prestar atención a Ana, quien, cuanto más crecía, más se acercaba a su padre. Entre ellos había complicidad. A Laura le daba igual.
Les dieron un piso de tres habitaciones en el centro. Antes vivían en lugares más pequeños, pero al entrar en este, todos se quedaron sin palabras. A Ana le encantó el balcón, desde donde se veía toda la ciudad.
Ana iba a un buen colegio. Su padre seguía en el ejército, su madre trabajaba. Pero Ana escuchaba a menudo las discusiones. Javier callaba, mientras Laura le reprochaba cosas sin motivo. A Ana le daba pena su padre, que se refugiaba en el balcón con el periódico, esperando que su mujer se calmara. Ella no se atrevía a seguirle allí; no quería que los vecinos hablaran mal.
Dos años después, se divorciaron. Ana se quedó con su madre; Javier se mudó a otro barrio, pero dejó el piso a ellas.
“Ana, ven a verme los fines de semana o en vacaciones. Aquí tienes mi dirección”, dijo él al despedirse. Ella guardó el papel como un tesoro, lejos de su madre.
Ana visitaba a su padre en vacaciones. Paseaban por el parque, iban al cine, comían helados. Su madre, resentida con Javier, desquitaba su rabia con ella. Cuando Ana llegó a la adolescencia, aprendió a defenderse. Vivían bajo el mismo techo, pero como extrañas.
Al elegir universidad, Ana no dudó: quería irse lejos. Entró en la facultad, vivió en una residencia y fue feliz. Feliz porque no veía a su madre.
“En vacaciones iré a visitar a mi padre y pasaré algún día con ella”, pensaba.
Pero al llegar a casa, la decepción fue grande. Su madre ya no vivía sola, sino con Adrián, solo siete años mayor que Ana. Por primera vez, vio a un hombre borracho en casa. Su padre apenas bebía, solo en celebraciones. Adrián siempre llegaba ebrio. Ana no sabía si trabajaba, pero a veces salía y volvía igual.
“Mamá, ¿de verdad te gusta que Adrián esté siempre bebido? Y encima grita”, preguntó un día, sin poder contenerse.
“No es asunto tuyo. Si no te gusta, vete con tu padre. Nadie te retiene aquí”.
Ana se fue. La noche anterior, en ausencia de su madre, Adrián había entrado en su habitación. Por suerte, Laura llegó a tiempo. Ana empacó y se marchó con su padre. Dos días después, volvió a clases. No entendía por qué su madre justificaba a Adrián, aguantaba sus gritos y hasta sus manos.
“Si Adrián sigue en casa, no vuelvo”, decidió.
Y así fue. En cuarto de carrera, tras los exámenes, fue a visitar a su padre, que ahora vivía con otra mujer, Lucía. Ella era amable y trataba bien a Ana. Pero justo frente a su casa, un coche la atropelló. Terminó en el hospital con una pierna rota.
Su padre la visitaba; a veces iba Lucía sola si él estaba de viaje. Ana decidió avisar a su madre.
“Mamá, estoy en el hospital”.
Laura prometió ir. Cuando llegó, se lamentó un rato. Dos días después, volvió con una mujer desconocida.
“Hija, esta es la notaria. Debes firmar unos papeles. Tu padre no se preocupó, pero yo no dejaré a mi hija sin techo. Cuando yo falte, esta casa será tuya. Te lo prometo”.
Ana firmó sin entender bien. Después se graduó y se quedó en Madrid. Consiguió trabajo, soñaba con comprar un piso, pero no tenía dinero. Aun así, no se rendía.
Un día, llamó a su madre.
“¿Cómo estás? ¿Qué tal la vida, la salud?”.
“Bien, viviendo poco a poco. Rompí con Adrián, ya estaba hart





