**La Loca**
—Javier, ábreme. ¡Ábreme! Soy tu madre. Necesito dinero o no me dejarán volver —gritaba una voz monótona desde el otro lado de la puerta—. ¡Es tu obligación!
Javier se apoyó contra la puerta y cerró los ojos. No, no la abriría. Ya había soportado suficiente con llevar desde niño la etiqueta de “el raro”.
Entró en su habitación, se tendió en la cama, se puso los auriculares y subió el volumen de la música.
De su infancia temprana apenas recordaba nada. Quizá, en su quinto cumpleaños, le regalaron un coche teledirigido, hubo una tarta y amigos del colegio. Su padre aún estaba entonces con ellos.
Pero luego llegaron los miembros de aquella extraña secta. Y con ellos se acabaron las celebraciones.
Su madre cayó pronto bajo su influencia. Su padre, incapaz de soportar aquella locura, se fue, pidió el divorcio y aceptó pagar una pensión para su hijo.
Pero ese dinero nunca se usó para vestir o alimentar al niño. Desde pequeño, la secta le pareció un pulpo al acecho, esperando su presa.
Parecía pacífica y peculiar por fuera. Pero de repente, zas, y ya no podías escapar de sus tentáculos.
Su sexto cumpleaños pasó sin celebración. Igual que los siguientes diez, porque en la secta no se festejaban esos días.
En cambio, tenían sus “festividades sagradas”, donde podían comer algo especial. El resto del tiempo, Javier y su madre iban de casa en casa predicando su doctrina, junto a otros adeptos.
Pronto vendieron el piso, con la ayuda de los abogados de la secta. Javier terminó viviendo en un barrio marginal, con domicilio en una chabola a las afueras.
El dinero, claro, fue a parar a la comunidad.
Durante sus años de colegio, vivieron en una habitación compartida con otras mujeres y niños. Vestían ropa de “ayuda humanitaria” y pasaban el día predicando.
En el colegio se reían de él, se peleaba, y por ello recibía castigos dobles: primero en la calle, luego en la secta, por la ropa rota o por no predicar con suficiente fervor.
Al final, lo consideraron un caso perdido, un lastre. Y eso fue su salvación. A los dieciséis, Javier huyó a Madrid, a mil kilómetros de su ciudad natal.
Entró en un instituto, empezó a trabajar joven, luego la universidad. Ahora era un programador exitoso, con un piso recién comprado.
Pero el miedo que lo persiguió durante años se materializó. Su madre y aquellos fanáticos lo habían encontrado. Lo veían como un cordero al que esquilmar.
***
Todo empezó una semana atrás, cuando su madre, a quien apenas reconoció, lo esperó a la salida del trabajo:
—Hola, cariño, llevo tres horas aquí.
—¿Y qué quieres?
—¡Pero si soy tu madre! Vine a visitarte. ¿No te alegras de verme?
—No te llamé ni te esperé. No entrarás en mi casa. Si tienes hambre, te invito a comer.
—Gracias, hijo —dijo ella, visiblemente satisfecha—. Comamos juntos.
Javier le compró comida y se sentaron en un banco del parque.
—¿Y tu secta? —preguntó él—. ¿Has salido?
—No del todo. Pero ya no les sirvo. Y no tengo adónde ir.
—¿De dónde sacaste mi dirección?
—Me la dieron. Dijeron que viniera a buscarte. Y aquí estoy.
Javier suspiró:
—¿Dónde te quedas?
—En ninguna parte. Pero no importa, puedo dormir en el portal.
—No —volvió a suspirar—. Ven, te prepararé un sitio en mi casa.
Los días siguientes, Javier aún creyó que su madre podía cambiar. No salía a predicar, le hacía sopas y trataba de complacerlo.
Le preguntaba por su vida, sus estudios, su trabajo. Javier, cuya vida social se reducía a colegas y clientes, se abrió. Hablaba con ella de sus penas y alegrías.
Hasta que, una semana después, aparecieron ellos. Y el dinero desapareció…
Al llegar a casa, Javier no encontró a su madre. Pero el cajón donde guardaba sus ahorros y el bono de un proyecto importante estaba abierto.
Iba a ingresarlo, pero no había tenido tiempo. Lo abrió. El dinero se había esfumado, como su madre.
Poco después, ella regresó, acompañada de miembros de la secta. Abrió la puerta con su llave y dijo, sonriente:
—Hijo, debes estar orgulloso. Tu dinero sucio servirá para una buena causa. ¡Ahora puedes unirte a nosotros y salvarte!
—¿Cómo? Eran mis ahorros, madre. Devuélvelos o denunciaré el robo.
—¿Una madre robando a su hijo? —rió ella—. ¿Quién te creerá? ¿Quieres que te ridiculicen?
Su sonrisa se convirtió en una mueca fría.
Javier saltó y gritó:
—¡Fuera de aquí! Y que no vuelva a verlos.
—Créeme, hijo, no tendrás paz. Ni en el trabajo, ni en ningún lado.
—¡No sois nadie para mí! —gritó ella, con odio en la mirada—. ¡Deberías pagarnos y suplicar perdón el resto de tu vida!
Javier los echó y cerró con llave, escuchando sus gritos desde el rellano.
***
A la mañana siguiente, Javier salió a correr. Su madre y dos hombres desconocidos lo esperaban en un banco.
—¡Ahí está! —gritó—. ¡Mi sangre, que ahora niega a su madre! ¿Dormiste bien, hijo, mientras yo pasaba frío?
Javier intentó ignorarlos, pero ella lo siguió.
—¿Qué queréis?
—Cariño, sabes que hacemos donativos. Y tú creciste con nosotros. Paga voluntariamente —su voz se volvió estridente— o arruinaremos tu vida.
—¿Por qué debería pagaros? Gracias a vosotros crecí sin hogar ni comida.
—Es que nunca creíste de verdad —afirmó ella—. Arrepiéntete antes de que sea tarde.
—Largaos, o llamo a la policía —dijo Javier—. Vuestra secta es ilegal.
Se marcharon, pero Javier estaba empapado de sudor. Aunque habían pasado ocho años, seguía aterrorizado al verlos.
Al día siguiente, su jefe lo llamó:
—Mira, no es mi problema, pero nos están llamando por ti. ¿Es verdad que echaste a tu madre a la calle?
—Es verdad que crecí en una secta por su culpa, y que vendió nuestro piso para dárselo a su líder.
—Javier, un cliente importante no quiere que trabajes en sus proyectos. Mejor tómate un descanso o busca otro empleo.
Ese mismo día, Javier renunció. No tenía sentido explicar que no era un monstruo.
La secta era poderosa. Sabían dónde había estudiado, dónde vivía. Esperaron a que tuviera algo que perder.
De vuelta a casa, reflexionando, sonó su teléfono:
—¿Qué tal la demostración? Esto es solo el principio. Podemos destruirte.
—¡Idos al infierno! —gritó Javier—. Ya no os temo.
—Mañana será peor —rió la voz—. Sin trabajo, sin reputación…
Colgó y decidió actuar. No quería huir otra vez, pero tampoco ceder.
A la mañana siguiente, encontró panfletos por el barrio, acusándolo de crueldad con animales. Una vecina murmuró al pasar:
—Parecía un chico decente.
Era el siguiente paso. ¿Y luego? ¿Hasta dejarlo en la ruina? Si le pasaba algo, su madre heredaría el piso.
El teléfono sonó de nuevo:
—¿Te gusta





