Todo el deterioro de un hombre se manifiesta justo cuando la mujer empieza a depender de él. Juan ya no tiene sentido en fingir; se vuelve su «única salida» y sabe que ella no irá a ningún lado. ¿Para qué ser atento si ella se quedará de todos modos? ¿Para qué respetarla si ya está atrapada? Entonces muestra su verdadero rostro: comienza a ignorarla, a ser frío, a desvalorizarla diciendo «Eso solo lo imaginas». El poder que ejerce sobre la mujer dependiente corrompe incluso al chico más dulce.
Por eso es vital que siempre tengas tu propio dinero, tu propio «a dónde ir» y tu propio «para vivir». Tu apoyo no debe ser él, sino tú misma. Puedes amar, puedes construir una pareja, puedes estar al lado de alguien, pero solo si eres capaz de vivir sin él. De lo contrario no es amor, es miedo, y el miedo nunca será un cimiento sólido.
Una unión auténtica solo es posible entre dos personas autosuficientes y completas. No entre un hombre y una mujer que no tiene su propio espacio, su propia carta y su propio dinero. Porque si no tienes salida, no eliges, sobrevives. Y una mujer que sobrevive al lado de un hombre ya no habla de amor, sino de necesidad.
**Ejemplo**
Mi vecina, la señora Olatz, ha vivido toda su vida «por su marido». Es bonita, amable y recatada; dejó su trabajo cuando nacieron los hijos porque «él dijo que era lo correcto». Todas las finanzas estaban en sus manos. Ella parecía vivir en abundancia: un piso en Madrid, vacaciones una vez al año, pero pedía dinero para un vestido nuevo como una niña pidiendo un helado.
Cuando los hijos crecen y se independizan, el marido cambia: la mirada se vuelve fría, siempre gruñe, se distancia. Un día simplemente recoge sus cosas y se marcha con una mujer más joven. Olatz se queda sola, sin empleo, sin ahorros y sin seguridad.
Los primeros meses son los más temerosos: ¿cómo pagar la luz, el agua, con qué vivir, qué hacer después? Entonces, por primera vez, toma la situación en sus propias manos. Consigue trabajo primero en una tienda, después en un despacho de contabilidad. Reaprende, cuenta centavos por la noche y durante el día se esfuerza por no mostrar a los hijos lo difícil que es.
Pasados varios años, hoy la señora Olatz dirige su pequeño negocio: hornea tartas por encargo. Y dice: «Si él no se hubiera ido, nunca habría descubierto lo fuerte que soy».
Esta historia me ha enseñado una sola cosa: la dependencia siempre se vuelve una trampa, y la libertad, aunque sea sufrida, siempre se transforma en fuerza. Solo cuando la mujer puede estar de pie con sus propias piernas puede elegir el amor y no la mera supervivencia.







