**La Loca**
– Hugo, ábreme. ¡Ábreme! Soy tu madre. Necesito dinero, si no, no me dejarán volver – golpeaba la puerta con monotonía, su voz no cesaba – ¡Es tu obligación!
Hugo se apoyó contra la puerta, cerró los ojos. No, no la abriría. Ya había soportado suficiente con la etiqueta de “el raro” durante toda su infancia.
Entró en su habitación, se tendió en la cama, se colocó los auriculares y subió el volumen al máximo.
Sus primeros años los recordaba a trozos. Quizás en su quinto cumpleaños le regalaron un coche de radiocontrol, hubo una tarta y amigos del parvulario. Su padre aún estaba allí.
Luego llegó aquella gente de la extraña organización. Y con ellos, se acabaron las celebraciones.
Su madre cayó rápido bajo su influencia. Su padre, ante esa locura, se marchó, firmó el divorcio y aceptó pasar una pensión para su hijo.
Pero ese dinero no iba para ropa o zapatos. Desde pequeño, la hermandad le parecía un pulpo al acecho.
Pacífica y peculiar por fuera. Pero al primer descuido, sus tentáculos te atrapaban sin escapatoria.
Su sexto cumpleaños ya no se celebró. Ni los siguientes diez. En la organización, los cumpleaños no existían.
Eso sí, tenían sus “días especiales”, donde podían comer algo distinto. El resto del tiempo, Hugo y su madre iban de casa en casa predicando, junto a otros conversos.
Pronto vendió el piso, ayudada por los abogados de la secta. Hugo se quedó sin hogar, empadronado en una chabola en algún pueblo perdido.
El dinero, claro, fue a la comunidad.
Sus años de colegio transcurrieron en una habitación compartida con otras mujeres y niños. Vestían ropa de “ayuda humanitaria” y pasaban el tiempo predicando.
En el colegio se reían de él, se peleaba, y luego recibía doble castigo: en la calle y en la comunidad, por la ropa rota y por no predicar con suficiente fervor.
Al final, lo consideraron un caso perdido, un lastre. Y así se liberó. A los dieciséis, Hugo huyó a Madrid, a mil kilómetros de su ciudad natal.
Estudió en un instituto técnico, empezó a trabajar pronto, luego la universidad. Ahora era un programador exitoso, con un piso recién comprado.
Pero el miedo que lo persiguió tantos años se cumplió. Su madre y sus fanáticos lo habían encontrado. La víctima perfecta para exprimir.
***
Todo empezó una semana atrás, cuando su madre, a quien apenas reconoció, lo esperó a la salida del trabajo:
–Hola, hijito, llevo tres horas aquí.
–¿Y para qué?
–¿Cómo que para qué? ¡Soy tu madre! Vine a verte. ¿No te alegras?
–No te llamé ni te esperé. No entrarás en mi casa. Te invito a comer si tienes hambre.
–Gracias, hijito, comamos juntos – su madre sonrió, satisfecha.
Hugo le compró comida y se sentaron en un banco del parque.
–¿Y tu organización? – preguntó Hugo – ¿Has salido de ella?
–No del todo, hijito. Pero ya no les sirvo. Y no tengo adónde ir.
–¿De dónde sacaste mi dirección?
–Me la dieron. Dijeron que viniera a verte.
Hugo suspiró:
–¿Dónde te quedas? ¿Dónde vivirás?
–En ningún lado. Pero no importa, puedo dormir en el portal.
Hugo volvió a suspirar:
–No, ven, te prepararé un sitio en mi casa.
Los días siguientes, Hugo aún creyó que su madre podía cambiar. No predicaba, le hacía sopa y trataba de agradarle.
Le preguntaba por su vida, sus estudios, su trabajo. Hugo, cuya vida social se reducía a colegas y clientes, se abrió, hablando de penas y alegrías.
Hasta que, una semana después, aparecieron ellos. Y el dinero desapareció.
Al volver del trabajo, Hugo no encontró a su madre. Pero el cajón donde guardaba sus ahorros y el bono de un proyecto importante estaba abierto.
Iba a llevarlos al banco, pero nunca encontraba tiempo. Abrió el cajón. El dinero se había esfumado, igual que su madre.
No tardó en volver, acompañada de sus secuaces. Abrió la puerta con su llave y dijo, sonriente:
–Hijito, puedes estar orgulloso. Tu dinero sucio sirvió para una buena causa. Ahora puedes volver con nosotros, ¡salvarás tu alma como yo!
–¿Cómo? Eso era casi todo lo que tenía. Devuélvemelo o denuncio el roto.
–¿Una madre roba a su hijo? – rio ella – ¿Quién te creerá? ¿Quieres que se rían de ti?
Su sonrisa se tornó en una mueca fría.
Hugo saltó, gritando:
–¡Fuera de aquí! Y que no os vuelva a ver, ni a ti ni a tus secuaces.
Caí como un idiota, creyendo que me echabas de menos, soñando con una familia normal.
Y otra vez pagué por ello. Menos mal que solo con dinero.
–No eres nadie. Un traidor. ¡Deberías pagarnos y suplicar perdón toda tu vida! – chilló su madre. En sus ojos no había amor, solo odio.
Hugo los echó a la calle. Cerró los dos pestillos, sabiendo que su madre solo tenía una llave. Escuchó sus gritos en el rellano, los golpes en la puerta.
***
A la mañana siguiente, Hugo salió a correr. En un banco frente al portal, su madre esperaba con dos hombres.
Al verlo, gritó:
–¡Ahí está! ¡Mi sangre, que ahora reniega de su madre! ¿Dormiste bien, hijito, mientras yo pasaba frío en el portal?
Hugo siguió caminando, ignorándola. Pero ella y sus acompañantes lo siguieron. Se detuvo y preguntó:
–¿Qué queréis?
–Hijito, sabes que hacemos donaciones. Tú creciste con nosotros, conoces el bien que hacemos.
Paga voluntariamente – su voz se volvió estridente – o arruinaremos tu vida y tu reputación. No tendrás paz ni en casa ni en el trabajo.
–¿Por qué debería pagaros? Por vuestra culpa pasé años sin hogar, sin ropa decente.
–Es porque nunca creíste de verdad – dijo su madre – arrepiéntete antes de que sea tarde. Solo los puros se salvarán.
–Marchaos o llamo a la policía – gruñó Hugo – vuestra organización es ilegal.
Los tres se fueron. Hugo estaba empapado de sudor frío. Aunque habían pasado ocho años, el pánico lo invadía al verlos.
Al día siguiente, su jefe lo llamó:
–Mira, no es mi problema, pero ¿sabes que nos están llamando por ti? ¿Es cierto que echaste a tu madre a la calle?
–Es cierto que crecí en una secta por su culpa, que vendió nuestro piso y se lo dio todo a su líder.
–Hugo, no quiero problemas. Un cliente importante no quiere que trabajes en sus proyectos.
Te sugiero que te tomes un tiempo o busques otro trabajo.
Te daremos buenas referencias, pero no necesitamos líos.
Hugo renunció ese mismo día. No había forma de convencerlos de que no era un monstruo.
Conocía el poder de la organización desde niño. Seguro que sabían dónde estudiaba y vivía. Esperaron a que tuviera algo que perder.
Camino a casa, sonó su móvil. Una voz conocida dijo:
–¿Qué tal la demo de tu nueva vida? ¿Te gusta? Pronto los vecinos harán justicia por su cuenta. Y esto solo empieza.
–¿Qué queréis?
–Eres nuestro, Hugo. Tu madre te entregó de niño. Conoces las reglas. Paga