Divorcio de mutuo acuerdo: Separación en buenos términos

**Divorcio entre amigos**

¿Se puede seguir siendo amigos cuando tus mejores amigos se divorcian? Yo pensaba que el divorcio solo era cosa de marido y mujer. Hasta que descubrí que también afecta a todos los que les rodean…

Nuestro grupo se formó en Madrid, bueno, más bien en uno de esos barrios residenciales donde las calles son interminables, las casas parecen fotocopiadas y los buzones son tan pulcros que casi dan pena usarlos. Al principio, nos conocimos en talleres de «crecimiento personal», en eventos de la comunidad judía, en cumpleaños infantiles y obras del cole. En un par de años, ya nadie imaginaba un fin de semana sin los demás.

Éramos seis parejas. Mi marido y yo. Lucía y Carlos —los más unidos—. Y otras cuatro familias con hijos de edades similares. Nuestro calendario parecía el de una gran familia:

Verano: excursiones al lago, barbacoas, maíz a la parrilla y el Día de la Hispanidad con fuegos artificiales.
Otoño: manzanas con sidra, Halloween y Acción de Gracias (sí, lo adoptamos, qué le vamos a hacer).
Invierno: esquí, Janucá, Navidad y vacaciones infantiles en Tenerife.
Primavera: Pascua con sus cenas tradicionales.

Parecía una amistad para siempre. Hasta que un día Lucía llamó y soltó tranquilamente:

—Carlos y yo nos divorciamos.

Me quedé bloqueada como un Windows 98. ¡Pero si eran la pareja perfecta! Ni una nube en su cielo conyugal… ¿O es que preferíamos no verlas para no complicarnos la vida? Al final, solté lo primero que se me ocurrió:

—¿Y qué pasa con el Acción de Gracias en tu casa? ¡Habías prometido pavo relleno de couscous!

Al final, la cena fue en mi casa: no íbamos a dejar que el pavo se pusiera triste. Carlos apareció con una nueva acompañante.

—Somos gente civilizada —dijo con un guiño incómodo.

La chica no llegaba a los treinta: melenaza, piernas infinitas y unos shorts que más bien parecían un cinturón. Los hombres tragaban saliva discretamente; las mujeres ponían los ojos en blanco. Lucía resopló:

—Bueno, ya veremos cómo canta cuando descubra lo roñoso que es.

Y luego, mirándome a mí:

—¡Tú de qué lado estás!

La fiesta quedó arruinada.

En represalia, Lucía llevó al siguiente cumpleaños a un tipo mayor, con un traje que le quedaba como un saco y gafas de culo de vaso. Pasó la noche soltando discursos aburridos y chistes malos, hasta que se apagó como una vela sin nadie que le hiciera caso.

En casa, la expareja se convirtió en tema recurrente. Las mujeres apoyaban a Lucía. Los hombres, aunque fingían indignación, en el fondo admiraban a Carlos en secreto.

Empezó la diplomacia de alto nivel. Para mi cumpleaños, solo invité a Lucía y a los niños —«para que los peques lo pasen bien». Para la barbacoa de verano, a Carlos y su nueva «hada» —«total, allí todos están comiendo y bebiendo, no hay que hablar mucho».

Lo más difícil: los aniversarios.

Elena, preparando sus bodas de plata, suspiraba dramáticamente al teléfono:

—Marta, no sé cómo sentarlos. No aguantaremos los tiroteos de miradas.

Pasamos una hora dibujando un plano de mesa: a Carlos y su novia, en un rincón tras la columna; a Lucía, cerca de la chimenea; a los niños, donde cupieran.

—Ojalá alguien se ponga malo y no venga —susurró Elena con esperanza, antes de empezar a disculparse sola.

El clímax llegó en la graduación de su hija. Local de pizza favorito, globos, música. Lucía en un extremo de la mesa larga. Carlos en el otro. En medio, la tarta como línea divisoria. La nueva novia de Carlos, con un escote que alegraba a los chicos jóvenes, no levantaba la vista del móvil. Las mujeres fulminaban a sus maridos con la mirada. Ellos fingían un interés repentino por la masa de la pizza.

Intenté aliviar la tensión:

—Lo importante es que los dos habéis venido. Vuestra hija está contenta…

El silencio era tan gélido que la pizza parecía helado.

Con el tiempo, las aguas se calmaron. Empezamos a quedar más con Lucía —más divertido y menos peligroso. Con Carlos, quedó en algún «me gusta» y cruces fortuitos en el Mercadona.

Y entendí algo simple: no solo se divorcian marido y mujer. Los amigos también se divorcian un poquito.

Ahora, cada celebración es como una cumbre de la ONU: protocolo estricto y plan de mesa milimetrado. El Día de Acción de Gracias lo hacemos en dos turnos: con Lucía, pavo y boniatos; con Carlos, chuletones y su última hada en minishort.

Hace poco pensé: si alguien más se divorcia, tendremos que abrir un grupo de WhatsApp por fiesta.

La amistad sigue viva, pero ahora es como una suscripción a Netflix: individual, con restricciones y condiciones de uso.

A veces pienso: si existiera el «divorcio de amistad», también firmaríamos los papeles. Sin abogados ni pensiones, pero con un calendario de barbacoas y derechos sobre «los amigos comunes en fin de semana».

💔 El divorcio es contagioso. Incluso cuando es ajeno.

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