¡Ay, qué lío, amiga! En un grupo de mujeres siempre hay espacio para los chismes, y ya sabes que la lengua de una cotilla es más larga que la escalera de un rascacielos. En una guardería de Madrid, las compañeras no paraban de hablar de la vida personal y familiar de Lucía, la educadora. Para la joven, ambas cosas eran mundos distintos. Parecía que Lucía disfrutaba dando motivos para que hablaran de ella.
Tenía un ejército de admiradores. Cada vez que aparecía un fontanero, un carpintero o un pintor en la guardería, Lucía, olvidándose de sus deberes, salía corriendo como si fuera a ayudar, pero nunca pasaba de coqueteos y sonrisas pícaras. Aunque todos sospechaban que algo más había detrás.
Lucía parloteaba sin parar cuando estaba entre hombres, incluso bromeaba con el conserje, Antonio, que estaba a punto de jubilarse. Le encantaba nadar en cumplidos y sentirse la reina del lugar.
Lo curioso es que Lucía estaba casada con Adrián, que la adoraba, y tenían una hija, Martina, de siete años. Pero eso no le impedía llevar su propia vida. Adrián, que era técnico en equipos eléctricos, viajaba mucho por trabajo. Al volver, la colmaba de regalos y dedicaba todo su tiempo a la familia. Pero a Lucía le faltaba algo en ese matrimonio tranquilo… ¿Pasión? ¿Emoción?
Un día, todo cambió. Antonio se jubiló, y para reemplazarlo contrataron al hijo de la directora, Pablo, un estudiante de medicina que estaba en cuarto año. La directora, Carmen, quería ayudarle económicamente. Pablo aceptó encantado: un dinero extra nunca venía mal, y quien sabe, quizá podría invitar al cine a alguna chica…
Lucía no pudo resistirse y fue a visitarlo a su garita. Una noche de invierno, después de que todos los niños se fueran, entró sin avisar. Pablo, educado, la invitó a sentarse. Hablaron sin parar: él de sus estudios, ella de su vida aburrida… y de pronto, él le tomó la mano para consolarla. El tiempo voló, y Pablo acabó acompañándola a casa.
Así empezó su romance vertiginoso. Lucía no podía controlarse. Pablo le declaró su amor, y pronto todo el mundo en la guardería lo supo. Carmen llamó a Lucía a su despacho:
—Lucía, tienes una familia. Déjalo. ¿Qué puede haber entre un estudiante y una mujer casada? ¿Quieres que te despida por conducta inmoral?
—¡Despídame si quiere! No dejaré a Pablo —respondió Lucía, saliendo furiosa.
Al día siguiente, pidió vacaciones y se fue con Martina al pueblo de sus padres, donde vivía una anciana vidente, Remedios, de 90 años. La mujer, antes de que Lucía hablara, le soltó:
—Niña, ¿cómo vas a llamar a tu hijo?
Lucía se quedó atónita.
—¿Qué hijo?
—El que viene en camino, ¿no lo sabías? —dijo Remedios.
La vidente le aconsejó que volviera con Adrián, que él la perdonaría, pero Lucía ya había tomado su decisión. Regresó a Madrid y fue directa a buscar a Pablo, pero solo encontró a Antonio, quien le contó que Carmen lo había mandado a Granada con familiares.
—Dicen que mejor que cuide ovejas y camellos, antes que líos con una mujer casada —le dijo Antonio, dándole una dirección de Pablo.
Lucía escribió cartas desesperadas, pero la respuesta llegó tres meses después, en letra femenina: “Señora, Pablo es mi marido. No escribas más”.
Fue a confrontar a Carmen, quien solo se rió:
—¿Crees que te dejaría quedarte con mi hijo?
Lucía, embarazada, decidió viajar a Granada. Allí descubrió que la carta era un engaño de Carmen. Pablo no estaba casado y, al enterarse del bebé, volvieron juntos.
Lucía le confesó todo a Adrián, quien, con dignidad, se marchó diciendo:
—Solo quiero que seas feliz.
Pablo se mudó con ella, y nació su hijo, Javier. Carmen, al principio furiosa, terminó rindiéndose al encanto del nieto.
Pero siete años después, Pablo la dejó por una paciente joven. Lucía, derrotada, lo dejó ir, recordando su propia pasión de antaño.
Carmen, entonces, le pidió quedarse con Javier. Al principio, Lucía se negó, pero con el tiempo, el niño pasaba más tiempo con su abuela, hasta que se fue a vivir con ella.
Lucía, ya cerca de los cuarenta, se quedó sola. Martina se casó con un militar y se mudó lejos.
En la guardería, notaron su tristeza y, por su cumpleaños, le regalaron un gatito.
—A lo mejor así encuentras el amor —bromeaban.
Lucía se encariñó con el gato, pero un día enfermó. Corrió al veterinario y, al entrar, se encontró con… Adrián, que estaba arreglando un cortocircuito.
Ella, temblorosa, le pidió que la llamara. Esa misma noche, él lo hizo.
Y así, después de tantos años, tal vez la vida le daba otra oportunidad.