En el hormiguero vivía una pequeña hormiga; no era la más fuerte, la más ágil ni la más lista, pero tenía una cualidad que la distinguía de las demás: no podía pasar por alto el dolor ajeno.

En el hormiguero que se extiende bajo la maceta de jazmín del patio de una casa en la sierra de Madrid vive una hormiguita llamada Maravilla. No es la más fuerte, ni la más veloz, ni la más lista, pero posee una cualidad que la distingue de las demás: no puede pasar de largo ante el sufrimiento ajeno.

Cuando algún compañero se cansa y no logra arrastrar una semilla de trigo, ella lo ayuda. Cuando otro tropieza con una piedra, ella lo levanta. Cuando la lluvia derriba los túneles, ella es la primera en lanzarse a repararlos. Con el tiempo, las demás hormigas se acostumbran a su presencia constante: si una semilla se cae, ella la recoge; si alguien se queda corto, ella termina el trabajo; si alguno se agota, ella le presta el hombro.

Nadie se atreve a preguntarle: «¿Y tú, pequeña, no estás cansada?» Cada día trabaja no solo por sí misma, sino asumiendo todo lo que los demás no pueden terminar. ¿Descansar? No. Se susurra a sí misma: «Aguanta un poco más, lo importante es que a los demás les sea más fácil».

De repente siente que sus patitas tiemblan, su espalda le duele y la semilla que lleva pesa más que nunca. ¿Cómo podrá seguir sosteniendo el hormiguero? Un compañero le pide ayuda y ella la brinda; otro aprieta los dientes y acepta; un tercero dice: «Siempre encuentras tiempo», y ella vuelve a decir que sí. Entonces ocurre lo que ella nunca esperó: se desploma bajo el peso de tantas cargas ajenas.

Los demás hormiguitas pasan corriendo a su alrededor sin percatarse de su caída, seguras de que «pronto se pondrá de pie». Pero los días siguen pasando, las semillas se amontonan, los túneles se derrumban y el hombro solidario desaparece. Entonces las hormigas empiezan a comprender: ella hacía mucho más de lo que cualquiera imaginaba. La buscan, pero no la hallan. Sólo Don Antonio, el viejo hormiga que vive al borde de la colonia, suspira cansado:

—Se ha ido. Se dio cuenta de que su trabajo no se valoraba mientras estaba.

—¿Por qué no nos lo dijo? —se indignan las demás.

—¿Alguna vez le preguntaste cómo estaba? —responde Don Antonio.

El hormiguero se queda en silencio. Comprenden que su ayudante siempre estuvo allí, pero cuando necesitó apoyo, nadie lo notó.

❗ Moral: en cualquier colectivo hay personas que cargan más que los demás. Ayudan en silencio, dicen «sí» cuando ya están al límite, ponen el hombro y no piden nada a cambio. Sólo cuando desaparecen, todos se percatan de lo valiosas que eran. La cuestión es: ¿lo reconoceréis a tiempo? ¿Volverán si se van?

❗ Si en vuestra vida hay alguien así, no guardéis el silencio. Preguntad hoy mismo: «¿Te resulta pesado? ¿En qué puedo echarte una mano?». A veces una sola pregunta cambialo todo.

Bono

Datos que conviene recordar:

—Los «discretos» en los equipos suelen ser los que más aportan. Rara vez hablan de sus méritos, pero su labor es la base de todo.

—El agotamiento emocional llega sin aviso. Quien siempre asume más parece invencible, hasta que colapsa.

—El agradecimiento es combustible. Un simple «gracias» o reconocer el esfuerzo se convierte en el apoyo que mantiene a la gente en pie.

—La mayor carga no la lleva quien puede, sino quien no sabe decir que no. Ese riesgo convierte a la persona bondadosa en la «inagotable».

—Un colectivo solo se fortalece cuando la carga se reparte equitativamente. Si uno solo lleva todo, tarde o temprano todo se derrumbará.

—Preguntar «¿Cómo estás?» tiene poder terapéutico: muestra que ves a la persona, que la valoras, que no está sola.

—Nadie está obligado a ayudar siempre. La ayuda es un regalo, no un contrato, y ese regalo merece respeto.

❗ Lo más importante: si en vuestro entorno hay una «hormiga» que siempre está allí, hacedle ver que la notáis. De lo contrario, un día despertarán sin ese apoyo silencioso al que tanto se han acostumbrado.

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MagistrUm
En el hormiguero vivía una pequeña hormiga; no era la más fuerte, la más ágil ni la más lista, pero tenía una cualidad que la distinguía de las demás: no podía pasar por alto el dolor ajeno.