—Mamá, pero ¿qué te pasa? —Lucía tiró del brazo de su madre—. ¿Por qué no me contestas? ¡Te lo estoy preguntando!
—Todo está bien, hija —María Ángeles se secó las manos en el delantal y volvió la mirada hacia la ventana—. Es que hoy estoy cansada, nada más.
—¿Cansada? ¡Pero si estás jubilada! —la voz de Lucía sonaba irritada—. Llevo media hora explicándote lo de la mudanza, y es como si no me escucharas.
—Sí que te escucho, mujer. Que os vais a una casa nueva, muy bien.
Lucía resopló y se sentó a la mesa de la cocina, donde las tazas de té se enfriaban sin que nadie las tocara.
—Mamá, ¡mírame de una vez! ¿Qué pasa?
María Ángeles se volvió despacio. En sus ojos brillaban lágrimas que no dejaba caer, aunque costaba contenerlas.
—Te digo que todo está bien. Sigue contándome lo de tu casa.
Lucía observó a su madre con atención. Algo no iba bien, pero no acababa de entender qué. Su madre parecía más delgada, con ojeras marcadas.
—Mamá… ¿dónde está papá? ¿Todavía no ha vuelto de la huerta?
—Papá… —María Ángeles titubeó—. Se ha retrasado. Tiene muchas cosas que hacer allí.
—¿En diciembre? —Lucía frunció el ceño—. ¿Qué puede hacer en la huerta en pleno invierno?
—Bueno… quitar la nieve, revisar la casita. Ya sabes, el frío.
Lucía no se lo tragó. Su padre nunca iba al campo en invierno. Decía que no había nada que hacer, solo gastar dinero en gasolina.
—Llámale, mamá. Que venga, necesito hablar con los dos.
—No le molestes —respondió rápido su madre—. Está… ocupado.
—¿Ocupado en qué? —Lucía sacó el móvil—. Ya le llamo yo.
—¡No! —su madre le arrebató el teléfono de las manos—. Por favor, no le llames.
Lucía se quedó desconcertada.
—Mamá, ¿qué está pasando? ¿Os habéis peleado o algo?
—No nos hemos peleado. Todo está bien, te lo digo.
—¡Qué va a estar todo bien! —estalló Lucía—. Estás pálida como el papel, con los ojos rojos, papá no aparece… ¡Y tú repites como un loro que todo está bien!
María Ángeles apretó los labios y volvió a mirar por la ventana. Fuera, los copos de nieve caían suavemente, cubriendo el patio de blanco.
—¿Quieres que te haga más té? —preguntó, cambiando de tema—. Este ya está frío.
—¡No quiero té! ¡Quiero saber la verdad!
Lucía se levantó y se acercó a su madre.
—Mamá, soy tu hija. Si algo pasa, tengo que saberlo. ¿Dónde está papá?
María Ángeles cerró los ojos. El dolor que llevaba una semana callado le apretaba el pecho. Una semana de silencio, de medias palabras, de fingir.
—Papá… —empezó, pero se detuvo.
—¿Qué le pasa a papá? —Lucía la agarró por los hombros—. ¡Me estás asustando!
—No le pasa nada. Está bien de salud.
—¿Entonces dónde está?
El silencio se alargó. María Ángeles miraba al suelo, jugueteando con el borde del delantal.
—En casa de Lola —confesó al fin.
—¿De qué Lola?
—Lola Martínez. La del tercero.
Lucía parpadeó, confundida.
—No entiendo. ¿Qué hace allí?
—Vive —susurró María Ángeles.
La palabra cayó entre ellas como una piedra en un estanque, extendiendo ondas de comprensión.
—¿Cómo… que vive? —repitió Lucía.
—Se ha ido con ella. Hace una semana. Dijo que ya no podía seguir conmigo, que la quería a ella.
Lucía se dejó caer en la silla, como si le hubieran quitado el suelo de debajo.
—Mamá… ¿es verdad?
—Sí.
—¿Y tú me dices que todo está bien?
María Ángeles, por fin, miró a su hija. Su rostro estaba empapado en lágrimas que ya no podía contener.
—¿Qué querías que te dijera? ¿Que tu padre, después de treinta y ocho años juntos, me ha dejado por la vecina? ¿Que ahora soy una vieja que no le importa a nadie?
—Mamá… —Lucía se levantó y la abrazó—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No quería preocuparte. Con la mudanza, los niños, el trabajo… ¿Para qué necesitas mis problemas?
—¿Qué niños? ¡Los míos ya son mayores! ¡Y eres mi madre, tus problemas son los míos!
María Ángeles se echó a llorar en el hombro de su hija.
—Lucía, me duele tanto. No sé qué hacer. Cómo seguir.
—Cuéntamelo todo. Desde el principio.
Se sentaron juntas en el sofá. María Ángeles se secó las lágrimas con un pañuelo y empezó a hablar.
—Todo empezó hace unos tres meses. Tu padre llegaba tarde, decía que tenía cosas que hacer. Luego se volvió frío. Antes me preguntaba por mi día, por la cena… Pero dejó de hacerlo. Solo veía la tele o el móvil.
Lucía escuchaba sin interrumpir.
—Al principio pensé que estaba cansado. Tenía mucho trabajo, un proyecto nuevo. Pero luego noté que se arreglaba más. Se compró camisas, se echaba colonia. En casa era como un mueble.
—¿Y no sospechaste nada?
—Claro que sí. Pero me decía que quizá era cosa mía. Después de tantos años juntos, con hijos, nietos… No me lo podía creer.
María Ángeles volvió a llorar.
—Hasta que me crucé con Lola en el supermercado. Se comportaba raro, evitaba mirarme. Y entonces lo supe.
—¿Qué supiste?
—Que estaban juntos. Lo sentí, como mujer. Llegué a casa, y tu padre se iba. Dijo que iba a casa de Manolo. Pero iba arreglado, perfumado.
—¿Y le seguiste?
—Sí. Me da vergüenza, pero lo hice. Fue directo a casa de Lola. Subió a su piso.
Lucía apretó los puños.
—¿Y qué hiciste?
—Nada. Volví a casa, me pasé la noche en vela. Por la mañana, él llegó como si nada. Desayunó y se fue al trabajo.
—Mamá, ¿cómo pudiste callarte? ¡Tenías que hablar con él!
—Tenía miedo —reconoció María Ángeles—. Miedo de que, si decía algo, se iría. Así al menos estaba en casa, lo veía.
—¿Y cuánto duró eso?
—Un mes. Un mes entero fingiendo que no sabía nada. Le cocinaba, le lavaba la ropa… Y por las noches lloraba en la almohada.
Lucía negó con la cabeza.
—Mamá, ¿cómo pudiste sufrir así?
—¿Qué iba a hacer? ¿Armar un escándalo? ¿Gritar? Pensé que quizá se le pasaría. Que recapacitaría.
—Pero no fue así.
—No. Hace una semana llegó y me dijo que se iba. Así, en frío, mientras desayunábamos. Le serví el café, y él soltó: “María, me voy. Me he enamorado de otra mujer”.
María Ángeles tembló al recordarlo.




