La suegra murmuraba a su espalda:
—¡Pero qué estás diciendo, Marina Fernández! —La voz de Luisa Martínez vibraba de indignación—. ¿Cómo puedes andar difundiendo esos rumores sobre mi nuera?
—¿Yo? —La vecina fingió sorpresa, ajustándose las gafas—. No he dicho nada malo, solo he notado que tu Nuria está un poco rara últimamente. O está muy cansada, o…
—¿O qué? —Luisa dio un paso hacia la valla—. ¡Dilo de una vez!
—Pues no sé… —Marina bajó la voz a un susurro, pero lo suficiente para que se oyera en todo el vecindario—. ¿Y si estará… en estado? Pero lo oculta. Porque es raro que lleven tres años casados y sin niños…
Nuria se quedó paralizada tras la verja, apretando la bolsa del pan. Había salido del supermercado y había escuchado la conversación por casualidad. Ahora no podía moverse. El corazón le latía tan fuerte que parecía que todo el mundo lo oía.
—¡Marina, qué tonterías dices! —La suegra hizo un gesto de desprecio—. Son jóvenes, están centrados en sus carreras. Nuria trabaja en el banco, tiene un puesto importante. Ahora no es momento para niños.
—Sí, claro, la carrera… —La vecina alargó las palabras—. Pero yo la veo salir por las mañanas. Pálida, con ojeras. Y últimamente va mucho al súper, antes no lo hacía. Ayer la vi frente a la farmacia, mirando algo en el escaparate…
Nuria sintió un escalofrío. Era cierto, había estado allí, contemplando los tests de embarazo, pero no se atrevió a comprar uno. Llevaba dos semanas paralizada por el miedo: miedo a lo desconocido, a hablarlo con su marido, a que su vida cambiara para siempre.
—¡Basta ya de inventar cosas! —Luisa se irritó—. Nuria es una buena chica, trabajadora. Si pasara algo, me lo diría. Tenemos buena relación.
—Buena relación… —Marina repitió con un tono extraño—. ¿Sabes que llama a su madre todas las noches? Habla un rato largo, pero en cuanto llega Álvaro, cuelga.
Nuria cerró los ojos. Sí, llamaba a su madre a diario, especialmente últimamente. Pero no por ocultar algo, sino porque su madre la entendía. Con ella podía hablar del trabajo, de sus miedos, de que a veces necesitaba estar sola.
—¿Y qué hay de malo en eso? —defendió Luisa—. A todas nos gusta hablar con nuestras madres.
—Claro que es normal —asintió Marina, pero con ironía—. Aunque Fátima me contó que vio a Nuria llorando en la parada del autobús. Sentada allí, secándose los ojos con un pañuelo.
Nuria recordó ese día. Sí, había llorado, pero no por un embarazo ni problemas conyugales. Había sido un día duro en el trabajo: despidieron a una compañera con la que llevaba años trabajando, y su jefe había insinuado que habría más recortes. El miedo a perder su empleo, justo cuando ella y Álvaro ahorraban para un piso, la aplastaba cada vez más.
—Mira, Marina —la voz de su suegra se endureció—, ¿adónde quieres llegar? Habla claro.
—Nada, solo pensaba… que quizá tiene algún problema. ¿O puede que…? —bajó la voz— ¿que las cosas con Álvaro no vayan bien?
—¡Con mi hijo van perfectamente! —saltó Luisa—. Se quieren, ¡eso se nota!
—Sí, claro… —murmuró Marina—. Pero ¿te has fijado en que últimamente Álvaro llega más tarde? Y va más arreglado… Camisa nueva, colonia…
Nuria apretó los puños. Sí, Álvaro trabajaba más, pero era por un proyecto importante. Y la camisa se la había regalado ella por su cumpleaños. La colonia también.
—Marina Fernández —dijo Luisa, con calma pero firmeza—, te pido que no sigas difundiendo rumores sobre mi familia. Si tienes pruebas, dilo. Si no, guárdate tus suposiciones.
—¡Vaya manera de tomárselo! —se ofendió la vecina—. Solo me preocupo por la chica. Si necesita ayuda…
—Si la necesita, la pedirá —cortó Luisa—. Tú no ayudas con tus murmuraciones.
Nuria oyó el chirrido de la verja: su suegra entraba en casa. Marina siguió un rato murmurando, hasta que también se fue.
Minutos después, Nuria entró en el patio, asegurándose de que no hubiera nadie. Al abrir la puerta, le temblaban las manos. En el recibidor la esperaba Luisa, alta y seria, con el pelo gris recogido en un moño.
—Nuria, ¿dónde estabas? —preguntó, observándola—. Estás pálida.
—Fui al súper —mostró la bolsa—. Luisa, ¿podemos hablar?
—Claro, pasa a la cocina. ¿Quieres un té?
Se sentaron frente a frente. Nuria giraba la taza sin saber por dónde empezar.
—Escuché tu conversación con Marina… —balbuceó.
—Ajá —asintió Luisa—. ¿Qué oíste?
—Dijo que… me portaba raro. Que quizá estaba embarazada, o que teníamos problemas…
Luisa dejó la taza y la miró fijamente.
—¿Hay algo de cierto?
Nuria alzó la vista.
—Si estuviera embarazada, se lo diría. No soy de esconder cosas.
—¿Y problemas con Álvaro?
—No los hay. Nos queremos igual. Solo que… —respiró hondo— en el trabajo hay recortes. Temo que me despidan. Y estamos ahorrando para el piso…
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó Luisa con suavidad.
—No quería preocuparos.
Luisa se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Cariño, somos familia. Tus problemas son los nuestros. ¿Álvaro lo sabe?
—Sí. Me apoya, dice que saldremos adelante. Pero sé que también está estresado.
—Ya ves, Marina no para de buscarle tres pies al gato —dijo Luisa, molesta—. Esta mujer hace de un grano una montaña.
—¿Siempre es así?
—Por desgracia, sí. Pero hoy me tocó la fibra porque hablaba de ti.
A Nuria se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Duele oír esas cosas… Como si hiciera algo malo.
—Cariño —la suegra la abrazó—, no haces nada mal. Eres una buena esposa para mi hijo y una gran nuera para mí. Los cotillas siempre hablarán. No les hagas caso.
—Pero otros vecinos pensarán igual…
—¿Y qué? —dijo Luisa con firmeza—. No vivimos para ellos. Oye, ¿y si se lo contamos a Álvaro? Que sepa lo que se dice a sus espaldas.
—No —Nuria se apresuró—. Ya tiene estrés en el trabajo.
—Bueno, pero si oyes algo más, dime. No permitiré que hablen mal de mi familia.
En ese momento, sonaron pasos en el recibidor. Álvaro llegaba a casa.
—¡Mamá, Nuria, ya estoy aquí! —gritó, quitándose los zapatos.
—¡En la cocina! —respondió Luisa.
Álvaro entró, besó a Nuria en la frente y abrazó a su madre.
—¿Qué pasa? ¿Tan serios?
—Cosas de mujeres —sonrió Luisa—. ¿Cenamos?
Mientras calentaban la cena, Álvaro habló del trabajo. Nuria apenas escuchaba, preguntándose si contarle los rumores.
—Nuria, ¿en qué piensas







