**Entrada de Diario**
El metro estaba atestado a la salida. Afuera, la lluvia caía con fuerza. Quienes tenían paraguas se detenían en la puerta para buscarlos en sus bolsos, mientras los demás, sin protección, se resistían a salir al aguacero. Pero la multitud empujaba, obligándolos a avanzar bajo el agua.
—Saca el paraguas—dijo Rodrigo justo al salir.
—No llevo—respondió Lucía, confundida, incapaz de resistir el empuje de la gente.
—Te avisé esta mañana que iba a llover—contestó él con fastidio, ya empapado, mirando con nostalgia la puerta del metro.
—Iba con prisa, se me olvidó… Tú también podrías haberlo traído. Además, el tuyo es grande, cabríamos los dos—replicó ella.
—Bueno, no somos de azúcar, no nos vamos a derretir—Rodrigo echó a andar decidido, y Lucía apenas podía seguirlo.
—Justamente por eso, porque es grande. Ayer lo cargué todo el día y ni una gota. El tuyo es plegable, ¿para qué lo sacaste del bolso?—masculló él mientras caminaban.
—Lo estaba secando…
Avanzaban discutiendo, alzando la voz sobre el estruendo de la lluvia.
—Siempre tienes excusas para ti, pero a mí me echas la culpa de todo—protestó Lucía, cansada de la pelea.
—No te culpo, solo dije…
—Lo dijiste de una manera que me hizo sentir culpable otra vez. ¿No podías decirlo de otra forma, sin reproches? O callarte, de una vez. Estoy harta de tus quejas. Conviertes cualquier tontería en un drama mundial—declaró ella, dolida.
—¿Llamas tontería a esto?—preguntó él sin volverse—. Solo dije…
—Ay, no empieces otra vez. ¡Basta! Estoy harta—lo cortó Lucía.
Jadeaba por el ritmo rápido, su voz temblaba.
Rodrigo siguió refunfuñando, pero ella ya no respondió, y al poco él también calló. Lucía sabía que no tenía razón, y encima la lluvia… La ropa se le pegaba al cuerpo, el agua le escurría por el pelo.
¿Cuándo había empezado esto? Las pequeñas discusiones, los reproches. ¿O siempre fue así? Quizás. Antes ella cedía, apagaba la chispa antes de que la pelea estallara.
Un hombre caminaba hacia ellos. Tampoco llevaba paraguas, pero avanzaba como si disfrutara del agua, las manos en los bolsillos del vaquero. El corazón de Lucía latió con fuerza antes de que su mente lo reconociera. ¡Álvaro!
No podía apartar la vista de su rostro. Él también la miraba, pero al cruzarse, desvió la mirada. ¿Qué significaba eso? ¡Era él! No podía equivocarse. Pero pasó de largo, ni siquiera la saludó. ¿Y si no era él? Había mucha gente parecida. Lucía respiró hondo; se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento. Las lágrimas asomaron, pero su rostro ya estaba mojado por la lluvia.
—¿Lo conoces? ¿Por qué te miraba así?—Rodrigo se inclinó, intentando verle la cara.
—No. Se habrá confundido—mintió Lucía después de una pausa.
*”Pero ¿por qué fingió no reconocerme?”*, la pregunta le destrozaba el alma.
—Mientes. Se miraron como si… Parecías haber visto un fantasma.
*”Es exactamente lo que fue”*, pensó ella, pero dijo:
—Se parece a un compañero de la universidad. Me equivoqué. Viste que ni me saludó—fingió calma, aunque por dentro hervía—. ¿Me estás celando?—intentó bromear.
—Pareces alterada—insistió Rodrigo.
—¡Basta de interrogarme! ¡No. Lo. Conozco!—gritó Lucía, perdiendo el control.
*”Tiene razón, vi un fantasma. Intenté olvidarlo… Pero si él fingió no conocerme, yo tampoco quiero saber de él. Me traicionó.”*
—Admite que hubo algo entre ustedes, reaccionas así por algo—preguntó Rodrigo, fingiendo indiferencia.
—¿Qué quieres lograr? Déjalo ya—suplicó ella.
Por fin llegaron a casa.
—Llego primero a la ducha—dijo Lucía al entrar, escurriéndose al baño.
Rodrigo murmuró algo, pero ella abrió el agua para no oírlo. *”¡Qué aspecto! Y él me vio así. No es raro que pasara de largo. Todo por esta maldita lluvia…”*, pensó, mirándose al espejo.
Se quitó la ropa mojada, la echó a la lavadora y volvió a observarse. Su figura seguía esbelta, el pecho firme, sin arrugas. Se alegró de sus pestañas negras y espesas; casi no usaba maquillaje. *”No me faltaban manchas de rímel como una serpiente de anteojos. Pero no estoy mal… En cambio, él ha cambiado, más maduro, rasgos más duros…”*
Entró en la bañera y dejó que el agua caliente la relajara. Los recuerdos la invadieron…
***
Lucía se acercó al tablón de anuncios. Los aspirantes abarrotaban el lugar. Entre tantos chicos altos, ella no veía nada.
—¡Déjenme pasar!—empujó, impaciente.
—Pasa—un chico le cedió el puesto.
Encontró su nombre, pero los empujones la distraían. No había error: estaba admitida. Logró salir de la multitud.
—Enhorabuena—oyó a su lado. Era un desconocido.
—Gracias. ¿Tú también entraste?—preguntó, alegre.
—Sí. Estudiaremos juntos.
—Genial—sonrió ella.
En septiembre se saludaron como viejos conocidos. Estaban en grupos distintos, pero coincidían en clases y en el comedor. Álvaro la miraba, sonreía, pero no daba el paso. “Hola. ¿Qué tal? Hasta luego.” Eso era todo.
El primer curso terminó, llegaron los exámenes. Lucía salió de la universidad y vaciló. Una tormenta se acercaba, y ella no llevaba paraguas. *”¿Espero? ¿O llego antes de que empiece?”*
—¡Vaya!—Álvaro salió tras ella.
—¿Tienes paraguas?—preguntó Lucía.
—No. Pero llegamos. Vamos rápido.
A trescientos metros, las primeras gotas pesadas cayeron.
—Corre, va a empeorar. Ahí está mi casa—él le tomó la mano y echaron a correr. La lluvia los empujó.
Al entrar en el portal, no tenían un hilo seco.
—¿Hay alguien en tu casa?—preguntó Lucía, subiendo tras él.
—Mi madre—dijo, introduciendo la llave, pero al ver su expresión, rió—. Entra. Era broma. Está trabajando. Ve al baño, te traeré ropa seca.
Minutos después, le pasó una camiseta y una toalla. Cuando Lucía salió, él ya estaba cambiado y servía té humeante. Había un plato de bocadillos.
—Te queda bien—sonrió al verla. La camiseta le llegaba como vestido.
Bebieron té y hablaron. Lucía supo que su padre había muerto hacía tres años, vivía solo con su madre.
—Tienes muchos libros. ¿Los lees?—preguntó, observando los estantes.
—Todos leemos. Mi padre los coleccionaba.
Luego se besaron hasta quedarse sin aliento, con los labios hinchados.
—Me gustas mucho—dijo Álvaro