—¡Señor, deje de seguirme como mi sombra! Ya le he dicho que estoy de luto por mi marido. ¡No me persiga! ¡Me está asustando! —elevé la voz, desesperada.
—Lo recuerdo, lo recuerdo… Pero tengo la sensación de que ese luto es más por usted misma. Perdóneme —insistió aquel… admirador.
Yo estaba en un balneario, buscando silencio y el canto de los pájaros, no los acosos de hombres pesados. Mi marido habÃa fallecido repentinamente, y necesitaba recuperarme, asimilar aquella pérdida irreparable.
Con mi difunto esposo, Adrián, habÃamos empezado a ahorrar para reformar el piso, privándonos de todo capricho, y de pronto… Adrián se sintió mal, la ambulancia no pudo hacer nada. Fue su segundo infarto. Tras enterrarlo, me quedé sin mi media naranja y sin reforma, pero con dos hijos adolescentes. Las ganas de todo se me iban. ¿Cómo superar algo asÃ?
En el trabajo me dieron una estancia en el balneario. Me resistÃ. No querÃa ni salir de casa. Pero mis compañeros insistieron:
—No eres la primera viuda ni serás la última. Tienes hijos. ¡Hay que seguir! Ve, Marina, distráete. Ordena tus ideas.
Y asÃ, a regañadientes, me fui.
HabÃan pasado cuarenta dÃas desde la muerte de Adrián, pero el dolor no cedÃa. En el balneario me tocó compartir habitación con una chica alegre, LucÃa.
Era pura luz y energÃa, cosa que, francamente, me sacaba de quicio. No tenÃa ganas de compartir mi pena con ella. ¿Para qué, si era solo una crÃa? Además, tenÃa tras ella a un animador del lugar, el tÃpico solterón de balneario. En estos sitios, todos son divorciados, viudos o solitarios. A mà no me engañan… Le advertà a LucÃa sobre él. Seguro que estaba en su tercer matrimonio.
Ella se reÃa y decÃa:
—¡Ay, no me asustes, Marina! Yo ya tengo experiencia…
Y la muy “experimentada” salÃa todas las noches de citas. Yo, en cambio, pasé una semana encerrada en la habitación, leyendo un libro del que no recuerdo nada, viendo la tele sin verla.
Hasta que una mañana me desperté de buen humor. Miré por la ventana: ¡qué paz! Decidà dar un paseo por el bosque, escuchar los pájaros, respirar aire puro. Y entonces, me encontré con él.
Ya lo habÃa visto en el comedor. Un hombrecillo bajito, con una mirada descarada. Me sacaba casi una cabeza. ¡Puaj! Un tipo desagradable.
Pero iba impecable: bien afeitado, traje nuevo. En cada cena, me hacÃa una reverencia exagerada. Yo le devolvÃa el gesto con un gesto seco, por educación. Hasta que un dÃa se sentó en mi mesa.
—¿Se aburre, señora? —preguntó con una voz aterciopelada.
—No —respondÃ, tensa.
—No me engañe, señorita. La tristeza se le nota. ¿Puedo ayudarla en algo? —siguió aquel pesado.
—Adivinó. Estoy de luto por mi marido. ¿Algo más? —secándome las manos con la servilleta, me levanté, dejando claro que la conversación terminaba.
—Lo siento, no lo sabÃa. Mis condolencias. Pero, ¿por qué no nos presentamos? ValentÃn —se apresuró a decir.
Se notaba que le daba miedo perderme.
—Marina —respondà sin ganas, y me marché.
A partir de entonces, en cada cena, ValentÃn se sentaba a mi mesa con un ramito de campanillas. Esas flores crecÃan por toda la zona. No voy a negarlo: me gustaba. Pero no querÃa nada serio. No era el momento…
Pero ValentÃn no se rendÃa. Empezó a unirse a mis paseos al atardecer. Hasta cambié mis zapatos por otros sin tacón, para que la diferencia de altura no fuera tan evidente. A él, en cambio, le traÃa sin cuidado ser bajito o tener una calva reluciente. Su arma era la voz. Nunca habÃa oÃdo un tono tan seductor. Me temo que caà en su red.
Acabamos yendo juntos a bailes, a comprar fruta al pueblo cercano… Mi galán intentó más de una vez llevarme a su habitación. Pero yo, como un soldadito de plomo, no cedÃa.
Hasta que un dÃa me dijo:
—Marina, mañana nos vamos. ¿Qué tal si pasas esta noche en mi habitación… a tomar una infusión? ¿Eh?
—Lo pensaré —respondà evasiva.
Llegó nuestra última noche. Decidà no herir sus sentimientos y fui, sabiendo cómo terminarÃa…
La mesa estaba exquisitamente puesta, con delicias que, sospecho, “tomó prestadas” del comedor. ValentÃn, galante, me invitó a sentarme. De algún lugar sacó champán.
—¿Empezamos, Marisilla? No sé cómo voy a separarme de ti mañana. Déjame tu dirección. Iré a verte —dijo con melancolÃa.
—Me olvidarás al segundo dÃa. Ya os conozco, a los hombres. ¿Por qué brindamos, Vali? —ya estaba dispuesta a todo.
—¿No lo entiendes? ¡Por el amor, Marina, por el amor! —alzó su copa.
…Por la mañana despertamos abrazados. Dios mÃo, ¿por qué me hice la remolona tantos dÃas? ¡Cuánto tiempo perdido! En fin, me enamoré como una colegiala. Y ahora tocaba hacer las maletas e irse.
Me despedà de LucÃa, mi compañera de habitación, que lloraba desconsolada.
—¿Qué pasa, Luci? —pregunté.
—Estoy embarazada, Marina. Y no sé de quién —sollozó.
—¿Fue el animador? —intenté adivinar.
—No sé… También salà con otro… Del balneario de al lado. Está casado —confesó la “experimentada”.
—Ay, LucÃa. Llama a tus padres. Que vengan a aclarar esto. ¿Cómo te dejaron venir sola? Vamos a hablar con el director, a ver qué se puede hacer —le aconsejé.
LucÃa salió llorando del cuarto. SÃ, niña, ya aprenderás de los animadores de balneario…
Hice las maletas. No querÃa irme. En veinticuatro dÃas, todo me habÃa resultado familiar. Especialmente Vali…
Llegó el autobús. ValentÃn vino a despedirme, con otro ramo de campanillas. Se me escaparon las lágrimas al abrazarlo. Asà terminó nuestro romance fugaz. El corazón se me encogió. Si me hubieras llamado, Vali, lo habrÃa dejado todo por ti…
VivÃamos en ciudades distintas. Solo podÃamos escribirnos. Y la carta que recibà fue… de la esposa de ValentÃn. DecÃa que lo sabÃa todo, pero que no conseguirÃa nada, porque ella tenÃa treinta años y yo, cuarenta. No respondÃ. ¿Para qué?
Seis meses después, ValentÃn apareció en mi casa sin avisar. Mis hijos se sorprendieron al ver a un extraño, pero callaron por educación.
—¿ValentÃn? ¿De paso? —pregunté (esperando oÃr: “He venido para quedarme”).
—O algo asÃ… ¿Me echas, Marisilla? —dudó en la puerta.
Mis hijos, incómodos, se retiraron a su cuarto.
—Pasa. ¿A qué debo el honor? ¿Traes otra carta de tu esposa? —dije con sorna.
—Perdona, Marina. Te escribÃ, pero ella encontró la carta… Reconozco mi culpa. Me he divorciado —confesó.
—No sabÃa que estabas casado. Nada habrÃa pasado. ¿Y ahora qué? —pregunté, sin adivinar sus planes.
—Casémon





