Bailando con los copos de nieve

Los copos de nieve vuelan al encuentro

Después de veinte años de matrimonio, muchas parejas atraviesan momentos tensos. A Lucía y a Javier tampoco les había pasado desapercibido.

—Veinte años juntos con Javi, hemos pasado de todo, criamos a nuestro hijo Adrián, que ahora estudia en la universidad. Debería llamarlo, ver cómo le va con su vida independiente en la residencia de estudiantes. Y ni se queja— pensaba Lucía, envuelta en una manta, acurrucada en su sillón.

Su hijo siempre había sido tan testarudo como ella. Lo sabía bien, por eso le era fácil entenderse con él: era su propio reflejo. Nunca supieron por qué no tuvieron un segundo hijo, aunque ella soñaba con dos. Pero la vida era complicada, y ahora estaba segura de que habían tomado la decisión correcta.

Se conocieron en la universidad, se casaron en tercer curso, y en cuarto nació Adrián. Por suerte, su madre la ayudó, evitando que tuviera que pedir un año sabático. Milagrosamente, todo salió bien, y hasta logró graduarse junto a Javier.

Claro que no fue fácil al principio. Los primeros años fueron duros, con esa eterna falta de dinero. Pero, como dice el refrán, *todo pasó como el humo blanco de los manzanos…*

Javier se movió y consiguió un puesto en una gran empresa, un cargo prestigioso. Poco a poco, fue ascendiendo. Ahora era subdirector general. A Lucía no le había ido igual en ese aspecto, aunque tampoco aspiraba a tanto. Trabajaba como administrativa en otra oficina.

Javier fue claro con su esposa:

—Podría meterte en la empresa, pero no quiero que trabajemos juntos. Luis colocó a su mujer, y ahora solo tienen peleas en casa. La celesta hasta de la señora de la limpieza, ¡de cualquiera!

—Javi, lo entiendo —respondió ella—. El trabajo es una cosa, la familia otra. Yo tampoco querría mezclarlas.

Javier, en general, era un hombre serio. No se distraía con otras mujeres. Bueno, nadie es perfecto; le gustaban las guapas, y hasta tenía sus fantasías. Pero a su esposa no le había sido infiel… o al menos no más que un poco de coqueteo ocasional. ¿Quién no? A veces eran ellas las que insistían.

Lucía le tenía celos. A veces no aguantaba y montaba escenas. Ahora, sentada en el sillón, miraba la nieve cayendo suavemente tras la ventana. Hipnotizada, observaba la pantalla del móvil, donde la sonreía el rostro familiar y amado de Javier, con esa barba de dos días.

El piso estaba en silencio, pero la sonrisa de su marido seguía allí. Pensó:

*Sonríe, y a mí me duele. Podría llamar. Llevo todo este tiempo sintiéndome fuera de lugar, sola. Todo porque no pude vencer mi orgullo y, a regañadientes, acepté separarnos un tiempo. ¿Y ahora qué? Podría haber arreglado las cosas, pero no…*

Hacía seis meses, Javier le había dicho:

—Hay una fiesta de la empresa por el aniversario. El jefe ha dicho que todos deben ir con sus parejas —sonrió—. Así que, mujer, prepárate…

—Ay, Javi, necesito un vestido nuevo… Quiero estar preciosa…

—Pues claro. ¿Cuándo vamos?

—El fin de semana, a algún centro comercial. —Y así quedó.

El vestido que eligió Lucía era elegante, espectacular. Hasta Javier se quedó boquiabierto cuando se lo probó con los zapatos nuevos.

—¡Vaya, Lucía, qué belleza tienes! —exclamó él, admirándola.

—¡Pues claro! —rió ella, alzando la cabeza con orgullo.

Ahora, sentada en el sillón, recordaba aquella fiesta. Una imagen no se le iba de la cabeza: Javier, con su sonrisa encantadora, bailando con sus compañeras. Sobre todo con la contable, Clara, que llevaba un ajustado vestido rojo y le susurraba cosas al oído, haciendo que ambos se rieran.

A Lucía la había dejado con su amigo Luis, divorciado y solo, que no paraba de hablar. Javier sí la invitó a bailar, estaba alegre, le preguntaba si lo pasaba bien. Ella asentía, pero por dentro sentía un nudo, viéndolo con otras.

Mientras Luis le contaba su viaje a Tailandia por enésima vez, Lucía fingía escuchar con interés. Al regresar a casa, Javier notó su malestar. Decidió no preguntar; tarde o temprano ella soltaría la bomba, y él ya intuía el motivo.

Al fin, después de quitarse el maquillaje, Lucía habló:

—No me gustó cómo te portaste en la fiesta. ¿Por qué me dejaste todo el rato con tu amigo Luis? No podía parar de hablar, ¿crees que me interesaba?

—¿Querías que me pegara a ti toda la noche, evitando a todas las mujeres que querían bailar? Además, la mayoría me invitaban ellas. ¿No lo viste?

—Sí —respondió con acidez, sabiendo que exageraba, pero incapaz de parar—. Mejor eso que ignorar a tu mujer, hablar con el jefe y bailar con esa contable, Clara.

—Lucía —dijo él, cansado, sentándose a la mesa—, estoy harto de tus celos. Y no es la primera vez… Tus reproches, tus dramas, tus sospechas sin motivo. Pareces una paranoica.

—Mejor eso que un mujeriego.

—Bueno… entonces creo que necesitamos un tiempo separados.

Lucía contuvo las lágrimas, mirando por la ventana. Su orgullo no le permitió dar marcha atrás, confesar que no quería eso, que le tenía celos porque lo amaba… y que temía perderlo.

—Yo también lo creo —soltó.

Fuera, una tormenta había estallado de la nada. Los truenos retumbaban, los relámpagos iluminaban el cielo y la habitación.

Al día siguiente, Javier empacó algunas cosas y se fue. Lucía quería aullar de dolor.

En las tardes solitarias, pensaba:

*¿Debería haberle dicho más veces cuánto lo quiero? ¿Debería haber confiado más? En el fondo, nunca creí que me fuera infiel, que fuera capaz de traicionarme. Y, desde luego, no debí aceptar esta separación. Porque ahora veo claro que no es un respiro temporal… sino el principio del fin.*

Ahora lo entendía todo. Pero estas cosas solo se ven claras cuando miras atrás.

Lucía ni siquiera contemplaba la idea de fijarse en otro hombre. Para ella, nadie más existía aparte de Javier.

Un manto blanco lo cubre todo

Se acercaba Nochevieja. Lucía observaba la nieve caer tranquila tras la ventana, algo poco común; casi siempre el viento la empujaba en todas direcciones. A ella le encantaba el invierno, esa blancura pura, ese manto suave que cubría casas, árboles, calles… toda la ciudad.

El móvil vibró en su mano, sobresaltándola. Era su madre.

—Lucita, hija, ¿cómo estáis?

—Hola, mamá. Todo bien —mintió.

—Tu padre y yo os esperamos para Nochevieja. Ojalá Adrián también pueda venir. Nada de excusas, no vamos a romper la tradición —dijo alegre. Lucía no tuvo corazón para arruinarle el momento y prometió ir.

Le encantaba celebrar en el pueblo de sus padres, al pie de la montaña. Esquiar con Javier, luego tomar té caliente junto a la chimenea, sentados sobre la piel de oso que su padre había conseguido Dios sabe dónde. Ver películas antiguas y atiborrarse de los pasteles de su madre.

Al colgar, se sintió vacía. Sus padres no sabían que vivían separados, que él estaba en un piso alquilado. No quería amargarles las fiestas.Entonces, con el corazón latiendo fuerte, Lucía tomó su teléfono y marcó el número de Javier, sabiendo que esta vez no dejaría que el orgullo le robara lo que más quería.

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