Hacía ya tres horas que Catalina y Daniel discutían. Daniel se inclinaba por el divorcio, y más aún, tenía razones para hacerlo. Aunque se habían casado once años atrás, no tenían hijos. Pero nunca antes habían estado tan cerca de separarse. Daniel sabía que ya no había vuelta atrás.
Catalina anhelaba ser madre, pero no lo conseguía. Cada vez, con los puños cerrados y una esperanza rayana en la desesperación, miraba aquella pequeña ventana del test de embarazo.
El médico le decía:
—Hay que creer hasta el final—. Pero ella había dejado de creer.
Después de siete años de matrimonio, las peleas entre Catalina y Daniel eran constantes. Cualquier tontería bastaba para encender la chispa. Al final, descargaban toda la rabia acumulada, el dolor, y luego caía un silencio prolongado.
El divorcio era inevitable.
Últimamente hablaban menos, apenas se miraban y apenas se cruzaban en el piso. Fue entonces cuando Catalina decidió serle infiel.
—Estoy harta, Ana— se quejaba con su amiga. —No soporto verlo, siempre encerrado en su ordenador, como si viviera en otra parte. ¿Qué clase de vida es esta?
—Pues yo, en tu lugar, buscaría a otro hombre— le aconsejó Ana. —Quizás hasta logres quedarte embarazada.
—¿En serio crees que eso podría pasar?— preguntó Catalina, sorprendida.
—Quién sabe, a veces la vida da esas vueltas— respondió Ana con indiferencia. A ella qué más le daba, ya tenía una hija, aunque su propio matrimonio había fracasado.
Catalina calló, pero la duda le roía por dentro.
—Total, con Dani solo hay discusiones. Si ahora mismo le propongo el divorcio, seguro que acepta sin pensarlo.
—Bueno, pues esta noche vamos a salir. Voy a quedar con Adrián, y él traerá a un amigo. Así os conocéis. Algo de color necesita tu vida aburrida.
Ese color llegó en forma de relaciones con Antonio. Catalina creía que no sería capaz de engañar a Daniel, por muy enfadada que estuviera, pero al final todo fue fácil. Una cosa llevó a la otra, y sin darse cuenta, su vida se llenó de luz.
Llegaba tarde a casa, hasta que un día Daniel no aguantó más.
—Catalina, me voy. Divorciémonos como adultos. No tenemos nada que repartir, no hay hijos, el piso es tuyo— dijo con firmeza. Ella supo que lo llevaba pensando desde hacía tiempo.
La verdad era que Daniel también le convenía económicamente. Ganaba bien. Antonio, en cambio, dependía cada vez más de ella, prometiendo que pronto tendría dinero. Era un buen embaucador, sobre todo cuando las mujeres le creían. Encantador y seductor.
—Espera, Dani, hablemos— dijo ella, sin ganas reales de arreglar las cosas.
—No, Catalina. No perdono una infidelidad.
—¿Infidelidad? ¿De qué hablas?— Se creía segura, pensando que él solo vivía entre códigos de programación.
No sabía que su amigo Pablo le había contado todo, que la había visto más de una vez en un café con otro hombre, comportándose sin pudor.
—No finjas, Catalina. Lo sé todo. Así que me voy. Divorcio. Vive como quieras. Ana seguro que te entretiene—. Ella lo miró atónita, sin entender cómo lo sabía.
—Se acabó—. Tomó la maleta que ya tenía preparada desde hacía días y salió del piso, dejando las llaves en la mesita.
Arrojó el equipaje al maletero y arrancó el coche.
**Hacia el pueblo, hacia la tranquilidad**
—No funcionó. Cosas que pasan. Pero estoy bien, ya estaba harto— pensó Daniel, mirando la carretera. —Iré al pueblo, arreglaré la casa. Menos mal que no la vendí, por algo sería. Mis padres se fueron demasiado pronto… La pondré en condiciones, pescaré, recogeré setas, quizás hasta críe gallinas. Tengo treinta y tres años, la mejor edad. La edad de Cristo— sonrió. —Bueno, ya veremos. Menos mal que trabajo a distancia, sin problemas.
El viaje era largo, unas dos horas. De pronto, sintió hambre. Tomó un desvío hacia un pueblo y estacionó frente a una pequeña tienda.
Al salir del coche, vio dos gatos mirándolo fijamente.
—Ah, hambrientos, ¿eh?
Dentro, buscó algo rápido. Unos deliciosos empanadillas llamaron su atención.
—Tres empanadillas calientes, un par de salchichas y un zumo— pagó y salió, mordiendo una empanadilla al instante.
Partió las salchichas y las dejó en el escalón. Los gatos se abalanzaron. Mientras comía, vio a un pequeño gatito apartado, inmóvil.
—¿Tiene miedo?— pensó Daniel. Era diminuto.
El gatito, gris con rayas y ojos verdes, estaba quieto, la cabeza gacha. Hambriento y flaco, pero su pelaje lo disimulaba. No podía moverse.
Daniel se acercó y comprendió de inmediato.
—¡Dios mío! ¡Es igualito a Peluso!— exclamó, recordando al gato de su abuela. El mismo pelaje, los mismos ojos verdes.
Peluso había sido un gato inteligente, compañero fiel de su abuela. Cuando ella murió, el gato la acompañó hasta el cementerio y desapareció. Nunca más se supo de él.
Este gatito era su copia. Daniel le dio un trozo de empanadilla, y el animal devoró el alimento. Luego lo levantó y descubrió el problema: alguien le había atado las patas con hilo de pescar.
—Qué cruel…— murmuró, liberándolo. Lo llevó al coche.
El gatito comió un poco más y se durmió en el asiento. Daniel arrancó el motor.
—Bueno, Peluso, ahora somos compañeros— pensó, mirando al pequeño bulto gris. —Quién sabe, quizás traigas suerte.
Llegó al pueblo, aparcó frente a la casa y dejó el equipaje en el porche. Tomó al gatito y abrió la puerta.
—Adelante, Peluso. Esta casa es tuya— sonrió.
**La compañera de clase**
Pasó un año. Peluso se convirtió en un gato hermoso, siguiendo a Daniel a todas partes. La casa estaba renovada, el patio ordenado. Gallinas picoteaban en el corral, y en el huerto crecían patatas, cebollas y zanahorias.
Mucho había cambiado en la vida de Daniel. Un día de invierno, mientras esquiaba, vio a alguien acercarse entre los árboles, con un gorro verde.
—¡Sofía!— exclamó al reconocer a su antigua compañera de colegio.
—¡Daniel! Te reconocí al instante— rió ella.
—¿Qué haces por aquí? ¿Tus padres? ¿Cuándo llegaste?— la bombardeó con preguntas, sintiendo nostalgia de sus años escolares.
—Llegué hace una semana. Mi madre está muy enferma— respondió Sofía, seria. —Soy su única hija. El director me permite teletrabajar. Y tú, ¿vives aquí?
—Sí, hace un año. Con Peluso.
—¿Con quién? ¿Tu hijo?
—Con mi gato. No tengo hijos, ni esposa. Divorciado— explicó. Notó el interés en su mirada. —¿Y tú?
—No. Un intento fallido. Ahora me dedico a pintar. Tengo muchas ideas, este lugar es inspirador— dijo, riendo.
Quedaron en verse esa noche. Tomaron té de tilo con miel, revisaron álbumes de fotos y recordaron viejos tiempos. Peluso los observaba, curioso.
—Tu casa es muy acogedora— comentó Sofía.
—Gracias. La arreglé yo mismo.
—Necesitas un





