Creí que había encontrado el amor…

Macarena creyó estar casada con un hombre. Mientras pagaba la compra, Antonio esperaba apartado. Al verla embolsar los productos, salió directamente a la calle. Ella lo encontró fumando junto al portal.

–Antonio, coge las bolsas– pidió Macarena, alargándole dos cargadas con la compra del súper.

Él la miró como si le exigieran algo ilegal, entre sorprendido y desafiante.

–¿Y tú qué?

Se quedó desconcertada. ¿Qué quería decir ese “y tú qué”? Los hombres siempre ayudaban físicamente. Era impropio ver a una mujer cargada mientras el hombre paseaba ligero.

–Antonio, pesan mucho– replicó ella.

–¿Y?– insistió él, haciendo resistencia.

Sabía que ella empezaba a enfadarse, pero por principios se negaba a llevar las bolsas. Adelantó el paso rápido. “¿Coger bolsas? ¿Acaso soy un criado? ¡O un mandado! ¡Soy un hombre y decido si las llevo! Que cargue ella sola, no se romperá”, pensaba Antonio con ánimo de marcar territorio.

–¡Antonio! ¿Adónde vas? ¡Toma las bolsas!– gritó Macarena casi llorosa.

Sabían que pesaban una barbaridad; él mismo había llenado el carro hasta los topes. Quedaban cinco minutos a casa, pero con tanto peso cada paso era una agonía.

Avanzó hacia casa conteniendo las lágrimas. Esperó inútilmente a que regresara por ella; solo vio su espalda alejarse. Quiso tirar las bolsas contra el suelo, pero siguió adelante como en trance.

Sin fuerzas ya, se desplomó en el banco del portal. La humillación y el cansancio pugnaban por salir en llanto, pero aguantó: llorar en la calle daba vergüenza. Sin embargo, tragárselo era imposible. Sabía que él la había ofendido y rebajado conscientemente. Antes de casarse era tan atento…

–Hola, Macarena– la voz de Doña Carmen la sacó del ensimismamiento.

–Hola, Carmen– saludó ella.

La vecina, Carmen García, vivía un piso abajo. Amiga de su difunta abuela, Macarena la trataba como otra abuela tras perder a la única familia que tuvo. Su madre vivía en otra ciudad con otra familia.

Decidió darle toda la compra a Carmen. Total, ya la había acarreado. Con la pensión mínima que tenía, Macarena la mimaba siempre que podía.

–Venga, Carmen, le ayudo a subir– dijo levantando otra vez aquellas malditas bolsas.

Ya en casa de la vecina, dejó las bolsas declarando que era todo para ella. Al ver berberechos, carne de ternera, melocotones en almíbar y otras exquisiteces que apenas podía permitirse, Doña Carmen se emocionó tanto que Macarena sintió pudor por no hacerlo más a menudo. Se despidieron con dos besos antes de subir.

Nada más entrar, Antonio salió de la cocina masticando algo.
–¿Y las bolsas?– preguntó como si nada.
–¿Qué bolsas?– replicó ella con su mismo tono– ¿Las que me ayudaste a traer?
–¡Caray, Macarena! ¿Tan enfadada estás?– intentó bromear él.
–No– contestó ella serena– Simplemente saqué conclusiones.

Él se tensó. Esperaba gritos, lágrimas, reproches… esa calma le inquietó.
–¿Qué conclusiones?
–Que no tengo marido. Creí casarme con un hombre, pero resultó casarme con un insensato.
–No entiendo– fingió ofenderse profundamente.
–¿Qué no entiendes? Quiero que mi marido sea un hombre de verdad. Y tú, al parecer, también quieres que tu mujer lo sea– añadió tras una pausa– Entonces necesitas un marido.

Un rubor furioso inflamó el rostro de Antonio mientras apretaba los puños. Pero Macarena no lo vio: ya entraba en el dormitorio para hacer su bolsa. Él resistió hasta el último segundo. No quería irse; no comprendía cómo unos bolsos podían destruir un matrimonio:
–¡Pero si íbamos bien! Total por unas bolsas…– se quejó mientras ella arrojaba su ropa con displicencia.
–Tu bolsa, espero que la lleves tú– cortó ella seca, sin escucharlo.

Macarena comprendía que aquello era solo el principio. Si cedía ahora, la dominación sería cada vez más dura. Cortó por lo sano expulsándolo por la puerta.

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MagistrUm
Creí que había encontrado el amor…