**Diario de una noche interminable**
La nevada era infernal. Las calles, impracticables; ni a pie ni en coche se podía avanzar. La puerta del portal, bloqueada por tres metros de nieve compacta, imposible de despejar. Al fin y al cabo, no estábamos en el norte, y los edificios de Madrid no están preparados para estos embates de la naturaleza. Un auténtico desastre, sin exagerar.
Y esa misma noche, a Lucía se le moría el padre.
Ictus. Ni ambulancia ni rescate llegarían. Solo ella, una joven neuróloga, y los pocos medicamentos e instrumentos que guardaba en casa.
Don Antonio se desplomó en la cocina mientras ponía el hervidor. Lucía no lo vio caer, pero reconocer un ictus es básico hasta para un estudiante de primero. A ella no le costó identificar la apoplejía y entender que, sin hospital, su padre no aguantaría hasta la mañana.
Llamó a todos los números posibles, incluso a la policía. La respuesta fue siempre la misma: “Hemos registrado su aviso. En cuanto sea posible, enviaremos ayuda.”
Nadie vendría. Lo sabía. Pero no se perdonaría no haberlo intentado. Arrastró a su padre, pesado e inmóvil, hasta la cama, mientras él solo gemía, paralizado. Anticoagulantes, no. Entonces, aspirina, después prednisona intravenosa para el edema cerebral. La tensión, baja. Nada de bisoprolol.
Solo quedaba esperar. Lucía actuaba como un autómata, siguiendo protocolos, libros de texto. Sin emociones, solo un vacío helado.
Para colmo, se fue la luz. La oscuridad hizo el piso claustrofóbico, como si los muebles hubieran crecido y el aire se espesara hasta ser almíbar. Los sonidos se volvieron estridentes. La respiración de su padre, ronca pero estable. Sin quejidos—algo bueno. Lucía, en cambio, parecía contener el aliento.
“Que amanezca pronto”, susurró, solo para oír su propia voz, para confirmar que aún vivía.
En ese instante, un golpe brutal resonó en la puerta.
Lucía saltó, entre el miedo y la esperanza. ¡Era ayuda, nadie más llamaría así! Corrió, tropezando con todo, hasta abrir. La luz cegadora de una linterna la golpeó.
“Hola”, dijo una voz masculina al otro lado, repelentemente familiar.
Era el vecino. Un tipo odioso llamado Javier, con el infantilismo crónico de un adolescente. Lo detestaba. Cuarenta años y actuaba como un crío rebelde: barba descuidada medio año, después rapado al cero y teñido de verde fosforito, peleas con la policía, mil locuras. Vivía sin trabajar, sin apuros.
Para ella, que había sacrificado su juventud en apuntes y dibujos de órganos y huesos, su forma de vivir era un insulto. Gente como él no merecía estar en sociedad.
Intentó cerrarle la puerta, pero Javier metió el pie con descaro. Una invasión casi delictiva.
“¿Todo bien?”, preguntó él.
“Quita el pie”, ordenó ella, firme.
Siempre le tuvo miedo, evitándolo como a la peste.
“Vale”, accedió, bajando la linterna. “Pensé que quizá necesitabas ayuda.”
“No la tuya.”
“O sea que sí la necesitas”, dedujo Javier. “¿Tienes agua?”
“¡Dios mío, en el hervidor! ¡O del grifo!”, se exasperó, intentando cerrar de nuevo.
Pero esta vez, Javier dejó un bidón de cinco litros en el umbral antes de irse.
“Imbécil”, murmuró Lucía.
Hasta que recordó el grifo. Fue a la cocina: los caños silbaron, secos. El bidón seguía allí, en la frontera de su mundo.
Minutos después, Javier volvió con pilas y otra linterna. Algo en lo que ella, médica, no había pensado.
“Me dan ganas de mandarte al infierno”, confesó Lucía al recibirlas.
“Mándame”, encogió él los hombros. “Pero dime, ¿cómo está tu padre?”
“¿Qué te importa?”
“¿Cómo está?”, insistió, serio.
“Ictus…”, escapó de sus labios. “Necesitamos una ambulancia…”
Javier giró y desapareció tras su puerta. Lucía se quedó sola. Con su padre agonizando. Con el bidón y la linterna.
“Es un cafre, papá. Un borracho de barrio…”, musitó.
La linterna al menos le permitió revisar a su padre, preparar una IV con glucosa. Intentó calentar agua—¡ni el gas funcionaba!
Quería llorar. Era neuróloga y no podía salvar a la única persona que le importaba. ¿De qué servían los años de estudio? Nunca se había sentido tan inútil.
Hasta que Javier reapareció.
“Lo estás pasando mal, Lucía. Lo noto”, dijo, envuelto en un abrigo polar, como los exploradores antárticos de las fotos viejas. Llevaba una bolsa abultada con ropa térmica.
“No te creo. Pero pasa”, cedió.
“Te devuelvo la invitación”, dijo al entrar. “Podemos sacar a tu padre. Tú lo vigilas, yo sé caminar en nieve, y él es luchador. Entre los tres, lo logramos.”
Sacó un saco de dormir grueso. “Metemos aquí a don Antonio…”, corrigió, ruborizado. “A tu padre. ¿Tienes collarín?”
“Sí. Se lo pondré”, respondió mecánicamente, como en el hospital.
“Primero collarín, después el saco”, ordenó Javier.
Lucía no estaba acostumbrada a que le dieran órdenes. Pero ahora necesitaba ayuda, no razones. Y el peor hombre posible se la ofrecía.
“¿Adónde llegaremos?”, preguntó, ajustando el collarín.
“Al hospital hay kilómetro y medio”, explicó él. “Si la montaña no va a Mahoma por la nieve…”
“¿Ir caminando? ¿Por esos ventisqueros?”, exclamó.
“Sí. En la facultad no enseñan esto. Yo no sé poner una vía, tú no sabes andar en nieve. Cada uno tiene lo suyo.”
La operación fue caótica. Javier cargó a don Antonio como un mulo, Lucía siguió con la IV. Usaron tablas de caza como esquís—inexplicablemente propiedad de Javier. Él guió con raquetas de nieve, imperturbable.
“También tengo profesión”, dijo. “Geólogo. Aunque ahora toca más ordenador que campo. Yo soy de la vieja escuela.”
“¿Y por qué acabaste así? ¿No había otra vida?”.
Javier calló hasta llegar al hospital. En la sala de urgencias, Lucía intentó tomar el control, pero él la contuvo.
Solo cuando ingresaron a su padre, cuando le quitaron el suero vacío, cedió.
Se durmió en un banco pegajoso del pasillo. Javier se quedó a su lado, en silencio, como protegiendo algo frágil.
“Lucía”, la despertó un médico. “Tu padre está estable. Lo mejor posible tras un ictus. Ya está en planta.”
“Gracias…”, farfulló.
“Vete a casa. Descansa. Ya vendrán días duros.”
Miró alrededor.
“Había un hombre… peludo…”
“¿El superhéroe?”, rio el médico. “Ha traído a dos pacientes. ¿Tu marido?”
“No”, suspiró.
Y pensó: *Por desgracia.*







