La acogió como a una hija… y se arrepintió
Luisa Martín permanecía junto a la ventana de la cocina, observando cómo su marido, Manuel, trasteaba en el garaje con alguna pieza de metal. Entre sus dedos, sostenía un papel arrugado que había encontrado en el bolsillo de los vaqueros de Lucía. Las letras se difuminaban ante sus ojos llenos de lágrimas, pero volvía a leer una vez más aquellas líneas: *«Quedamos a las diez en el portal. La abue duerme como un tronco, no se enterará. Besos. Tu Paco»*.
—Dios mío, ¿por qué a mí? —susurró Luisa, apretando aún más el papel.
Lucía había llegado a su hogar hacía medio año. Era hija de Rosa, la hermana de Manuel, una mujer que siempre anduvo metida con hombres de dudosa calaña, bebía más de la cuenta y acabó muriendo en un accidente de tráfico. La chica, de dieciséis años, se quedó completamente sola. Por supuesto, ellos no podían abandonarla.
—Luisa, es familia —insistió Manuel en su momento—. ¿Adónde va a ir? ¿A un centro de acogida?
Y Luisa accedió. Ellos no habían tenido hijos; los médicos les dijeron años atrás que sería imposible. Quizá la vida les brindaba esta oportunidad al final de su camino.
¡Cuán equivocada estaba!
Al principio, todo fue bien. Lucía parecía obediente, agradecida. Ayudaba en casa, sacaba buenas notas, los llamaba *tía Luisa* y *tío Manuel*. Luisa la adoraba. Le compraba ropa bonita, la apuntó a clases de natación, incluso contrató a un profesor particular de inglés.
—Mirad qué niña más lista —presumía ante las vecinas—. Solo trae sobresalientes.
Pero poco a poco, algo cambió. Lucía empezó a contestar mal, a llegar cada vez más tarde. Y una semana atrás, Luisa notó que faltaba dinero de su escondite.
—Lucía, ¿has cogido algo del cajón? —preguntó con cuidado.
—¿Qué dinero? —ni siquiera levantó la vista del móvil.
—El que guardaba para tus zapatillas nuevas. Eran cien euros.
—Yo no he tocado nada. Igual lo gastasteis y no os acordáis.
Luisa calló, pero un puñal le atravesó el corazón. Ella recordaba perfectamente esos cien euros. No tenían de sobra, vivían con lo justo.
Y luego vinieron las salidas nocturnas. Lucía creía que no la oían, pero Luisa dormía ligero, como todas las personas mayores. Escuchaba el crujir de la madera en el pasillo, el giro silencioso de la llave.
Al principio, quiso hablar con ella, sincerarse. Pero cada vez que lo intentaba, Lucía se escurría o directamente salía de casa.
Y ahora, aquella nota. Luisa no entendía quién era ese Paco ni qué tramaban por las noches.
—Luisa, ¿dónde está Lucía? —Manuel entró en la cocina, secándose las manos con un trapo.
—En su habitación, enganchada al móvil.
—Habrá que hablar con ella. Se le está subiendo la tontería a la cabeza.
—Ya lo he intentado. No me escucha.
Manuel se sentó y se sirvió un poco de café de la cafetera.
—¿Qué es eso que tienes en la mano?
Luisa le alargó la nota. Él la leyó y frunció el ceño.
—¿Dónde la encontraste?
—En sus vaqueros, cuando iba a lavar la ropa.
—Esto ya es serio. Hay que hablar con ella de una vez.
En ese momento, Lucía entró en la cocina. Alta, delgada, con el pelo oscuro y largo. Una chica guapa, pero con una mirada fría, desafiante.
—Ah, ¿hablando de mí? —soltó, abriendo la nevera.
—Lucía, siéntate, por favor —pidió Luisa—. Tenemos que hablar.
—¿De qué?
—De esto —Manuel mostró el papel.
Por un instante, el rostro de Lucía mostró sorpresa, pero pronto recuperó su actitud.
—¿Y qué? Es algo mío.
—A tu edad no tienes nada que sea solo tuyo —replicó Manuel, serio—. Vives bajo nuestro techo, y somos responsables de ti.
—¿Ah, sí? Pues yo pensaba que me habíais recogido por pena —Lucía se sentó, pero con los brazos cruzados—. Como si fuerais unos santos recogiendo a la pobre huérfana.
—¡Lucía! —se indignó Luisa—. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Te queremos como a una hija!
—¿Me queréis? —soltó una risa amarga—. Entonces, ¿por qué controláis cada paso que doy? ¿Por qué no puedo salir con mi novio?
—Porque aún eres una niña —intervino Manuel—. Y porque no sabemos quién es ese chico.
—Paco es buena persona. Me entiende, a diferencia de vosotros.
—¿Cuántos años tiene ese Paco? —preguntó Luisa.
Lucía dudó.
—Veintiuno.
—¿¡Qué!? —Luisa casi salta de la silla—. ¡Tú tienes dieciséis! ¡Es un delito!
—¡No es ningún delito! —gritó Lucía—. ¡Nos queremos!
—Amor —negó Manuel con la cabeza—. A tu edad no es amor, es ingenuidad.
—¡No entendéis nada! —se levantó de golpe—. Sois viejos, ni siquiera habéis tenido hijos, ¡qué vais a saber!
Las palabras hirieron a Luisa como una bofetada. Palideció y se llevó una mano al pecho.
—Lucía, eso está feo… —comenzó Manuel, pero la chica lo interrumpió.
—¿Duele la verdad? ¡Yo no os pedí que me acogierais! ¡Mejor habría estado en un centro!
—¡Pues vete! —estalló Manuel—. ¡Si somos tan malos!
—Manuel, por favor —susurró Luisa.
—Que se vaya con su Paco, si tanto le importa.
Lucía los miró con desafío.
—Vale. Hago la maleta y me voy. Y el dinero que habéis gastado en mí, os lo devolveré. Paco me ayudará.
Salió de la cocina, cerrando la puerta de un portazo. Luisa rompió a llorar.
—Manuel, ¿qué hemos hecho?
—Nada. Ella lo ha elegido. No somos sus enemigos.
—Pero es una niña… ¿Qué será de ella?
Manuel rodeó con un brazo sus hombros.
—No lo sé, Luisa. No lo sé.
Desde la habitación de Lucía llegaban ruidos: la chica metía cosas en bolsas. Luisa quiso ir, hablar, pero no se atrevió.
Una hora después, Lucía salió con una maleta y una mochila.
—Me voy —dijo, sin mirarlos.
—Lucía, espera —Luisa se levantó—. No hace falta que sea así. Hablemos.
—¿De qué? Tú mismo has dicho que me vaya.
—Manuel habló sin pensar. No queremos que te vayas.
—Pues yo sí. Aquí me ahogo. Paco tiene un piso, me quedo con él.
—¿Y los estudios? —preguntó Manuel.
—Ya me las arreglaré. Casi tengo diecisiete.
—Lucía, escucha —Luisa se acercó—. Sé que estás enamorada. Es bonito. Pero no conoces a ese chico… ¿Y si te está usando?
—¡No me está usando! —saltó Lucía—. Él es el único que me comprende. Y vosotros solo queréis encerrarme.
—Queremos protegerte.
—¿De qué? ¿De ser feliz?
Lucía seLucía abrió la puerta y salió hacia la calle, mientras Luisa y Manuel, con el corazón destrozado pero con la esperanza de que algún día volvería, la miraron alejarse hacia un destino que ya no podían controlar.



