**Mientras yo esté…**
Elena siempre había sido una niña obediente. Sacaba buenas notas y nunca daba problemas a su madre ni a su abuela. Pero en su último año de instituto, todo cambió cuando se enamoró. Empezó a faltar a clase, a contestar mal, a maquillarse de forma llamativa. Una tarde, su madre, Victoria, encontró caros cosméticos en el cajón de su escritorio.
—Me los regalaron —contestó Elena, evasiva.
—¿Y quién tiene tanta generosidad? —preguntó Victoria.
—Daniel.
—¿Ah, sí? ¿Y de dónde saca él el dinero? —Supuso que sería algún compañero de clase.
—Bueno… ya tiene trabajo.
Así descubrió Victoria que su hija no solo tenía novio, sino que era un hombre adulto, con estudios y empleo estable.
—¿No entiendes que eres demasiado joven para andar con un hombre mayor? —empezó Victoria, intentando contener el temblor de su voz.
—No soy una niña. A ti te dejaron, ¿y a mí no?
Victoria parpadeó, desconcertada.
—Yo no salía con… Espera, ¿estás embarazada?
—Sí, mamá —gritó Elena, con los ojos brillantes de lágrimas—. Tú también me tuviste a los dieciocho. Como se suele decir, de tal palo, tal astilla. Siempre dices que me parezco a ti… —añadió en un susurro.
Victoria la observó, horrorizada.
—Me voy —dijo Elena, esquivándola hacia la puerta.
—¿Adónde vas? ¡No hemos terminado! —Victoria la siguió—. ¿Y los deberes? Los exámenes están cerca.
Elena se enderezó de golpe, apartó un mechón de pelo de la cara y la miró con desafío.
—Los deberes… ¿En serio, mamá? ¿Y tú con quién te quedas hasta tarde? ¿Crees que no me he dado cuenta?
Victoria creía haber sido discreta, pensaba que su hija solo vivía en su mundo. Pero Elena lanzó una última mirada triunfal antes de salir.
—¡Elena! —gritó Victoria, impotente, ante la puerta cerrada.
Regresó al salón y se dejó caer en el sofá. Su hija había crecido, y con ella, los problemas. ¿Embarazada? ¡Dios, no podía ser! Debía haber hablado antes con ella, pero siempre la había visto como una niña. No, aún no era tarde. Necesitaba actuar. ¿A quién acudir? Solo había una opción: su madre.
—Mamá, ¿qué hago? Elena sale con un hombre mayor… está embarazada —confesó por teléfono, ahogándose en angustia.
—¿No estarás exagerando?
—No. Ella misma me lo dijo. No sé cómo hablar con ella…
—Es igual que tú. Tampoco a mí me hacías mucho caso. Deberías haberte casado con ese… ¿Cómo se llamaba?
—No lo amaba. Esto no va de mí.
—Claro que va de ti. Si te hubieras casado, Elena tendría padre y no lo buscaría fuera.
Victoria sintió que el golpe era justo.
—Mamá… ¿Por qué no me dejaste abortar? —preguntó en un hilo de voz.
—¿Te arrepientes de tenerla?
—No, claro que no, pero…
—Ahí tienes tu respuesta. Imagina tu vida sin ella. Pero no la regañes, solo empeorará las cosas.
Hablar con su madre la calmó. Esa noche, esperó despierta el regreso de Elena. Cuando al fin llegó, Victoria entró en su habitación. La joven se quitaba un jersey holgado, y al hacerlo, dejó al descubierto su vientre. Siempre había sido delgada, pero ahora parecía redondeado. Era verdad. Un sudor frío recorrió a Victoria.
—¿Cuánto llevas? ¿Tres o cuatro meses? —preguntó, con voz quebrada.
Elena se sobresaltó, cubriéndose instintivamente con el jersey.
—Mi niña… —Victoria se acercó y la abrazó—. No voy a gritarte. Quiero saber todo, para ayudarte.
Elena alzó la mirada, con los ojos humedecidos.
—Él dijo que no pasaría nada —susurró.
—¿Lo sabe?
Asintió.
—¿Y qué harán?
—Perdóname, mamá.
—No llores. ¿Cómo lo conociste? ¿Dónde trabaja?
—En… Mamá, es buena persona. Nos casaremos después de los exámenes. Vive en un piso cerca.
—¿No es de aquí?
—No. Estudió en la Politécnica.
—¿Y quieres tenerlo? ¿Y tus estudios? ¿No vas a entrar en la universidad?
—Ya lo haré… más tarde —murmuró, evitando su mirada.
—Bueno. Es tarde. Descansa. Mañana hablaremos.
Victoria salió, pero el sueño no llegó. ¿Quién podría dormir con semejante noticia? Revivió su propia historia.
En el instituto, le gustóEsa noche, mientras las calles de Madrid se iluminaban bajo la luna, Victoria comprendió que la vida, con sus vueltas inesperadas, siempre encuentra la forma de enseñarte a amar, incluso cuando el dolor parece nublarlo todo.







