**8 de Marzo**
«¿Estás bien, Marisa? Ábreme.» — Lucía golpeó con más fuerza la puerta del baño.
Lucía se despertó y escuchó. A su lado, su ronroneaba su marido. El sol de marzo se filtraba por las nubes blancas. Miró el reloj de la pared y se sobresaltó, pensando que llegaría tarde al trabajo. Pero recordó: era festivo, el Día de la Mujer.
Primero, lavarse la cara, tomar café y preparar el desayuno antes de que Marisa y Pablo se despertaran. Con cuidado, salió de debajo de la manta, pero Pablo ya se movía, medio dormido.
—¿Qué hora es? —preguntó, sin abrir bien los ojos.
—Las ocho y media.
Él se incorporó de golpe.
—Tranquilo, es festivo, sigue durmiendo —sonrió Lucía.
—¿Y tú por qué te has levantado? —Pablo la envolvió en un abrazo y hundió la nariz en su cuello—. Felicidades, mi mujer favorita, madre de mis hijos.
—Bueno, solo tenemos uno —se rio Lucía—. Voy a hacer el desayuno, tú quédate abrigado.
—Mientras preparas el desayuno, saldré a correr. Hace buen día. —Pablo tiró la manta, se levantó y fue descalzo al baño.
Lucía había preparado la masa para las torrijas la noche anterior. Solo faltaba añadir plátano, enharinarlas y freírlas. Pronto, la cocina se llenó de un dulce aroma a canela y miel.
—Qué bien huele. —En la puerta apareció Marisa, despeinada, en pantalones cortos y camiseta, entrecerrando los ojos por la luz.
Un rayo de sol atravesó las nubes e iluminó la cocina, reflejándose en el brillo metálico de la tetera.
De pronto, Marisa se tapó la boca con la mano y desapareció del umbral. Lucía se quedó paralizada un segundo antes de correr tras ella.
—Marisa, ábreme. ¿Estás bien? —Escuchó el agua del grifo correr tras la puerta cerrada—. ¡Marisa, ábreme! —Golpeó la puerta con más fuerza.
El miedo le heló el pecho. Intentó calmarse: quizá solo era un mareo. Pero de repente, una idea la dejó sin aire. «No, no puede ser. No con Marisa. Está en segundo de bachillerato, saca buenas notas, quiere ir a la universidad… Dios, ¿por qué?»
El olor a quemado la hizo volver a la cocina. Maldiciendo, raspó las torrijas quemadas y las tiró. Eso la trajo de vuelta a la realidad. «Sin perder la calma», se dijo.
Al oír el timbre, pensó que era Pablo. Abrió y se encontró con un joven sosteniendo un ramo de tulipanes.
—Buenos días, Lucía. Esto es para usted. —Le tendió las flores con una sonrisa.
—Gracias —dijo aturdida—. Pasa, Marisa está en el baño.
El chico entró, pero no se quitó la chaqueta. Por su mirada nerviosa, Lucía lo entendió todo.
—¿Eres tú? —le susurró—. ¿Sabes que podrías ir a la cárcel por estar con una menor?
Él palideció.
—Vine para hablar. La quiero y no voy a huir.
En ese momento, Marisa salió del baño, pálida. Miró a su madre, luego al chico.
—¿Eres tú? —repitió la misma pregunta.
—¿Alguien me explica por qué se marea por las mañanas? ¿Tú? —Lucía alzó la voz, clavándole los ojos al muchacho.
—¡Mamá! No es para tanto —Marisa levantó las manos y se encerró en su habitación.
—¡Marisa! —gritó Lucía.
Entonces llegó Pablo.
—¿Tienes un admirador? —dijo, señalando las flores—. Espero que hayas gritado de alegría, se escuchaba hasta en la calle.
—¿De alegría? —Lucía tragó saliva—. ¡Él…!
—Amo a su hija y quiero casarme con ella —soltó el chico, rojo como un tomate.
—Vaya declaración. Ya empezaba a tener celos —bromeó Pablo—. Pero Marisa está en el instituto. Y tú también, ¿no? Creo que hay que hablar. ¿Cómo te llamas?
—Álvaro. Álvaro Méndez. Vine para que sepan que no voy a huir.
—Quítate el abrigo y pasa. Lucía, pon las flores en un jarrón. Voy a ducharme rápido. —Pablo desapareció en el baño.
Con su marido allí, Lucía respiró más tranquila. Colocó los tulipanes en la mesa, admirando cómo animaban la cocina. Luego volvió a las torrijas.
El sol se escondió tras las nubes, como si temiera meterse en problemas. Pronto, había una pila dorada en el plato. Pablo regresó oliendo a gel de ducha.
—¡Torrijas! Marisa, llama a tu… amigo —gritó hacia la habitación—. ¿Qué pasó? —preguntó, mirando fijamente a Lucía.
Ella no pudo responder. Álvaro entró en la cocina, tímido. A la luz del día, parecía aún más joven.
Marisa reapareció, más arreglada. «Quizá me equivoqué», pensó Lucía con esperanza.
—Siéntate —dijo Pablo, sirviendo torrijas—. ¿Tú no comes? —preguntó a Marisa.
—No tengo hambre.
Lucía la miró con preocupación. «¿Tiene miedo de vomitar otra vez?»
—¿No vas a tomar nada? —Pablo miró a su mujer. Ella negó y salió.
—¿Qué pasa? —la encontró en el salón.
—Lo que pasa es que… —empezó, pero Marisa y Álvaro aparecieron.
—Cuéntanos, chico. ¿Por qué asustaste a mi mujer? —preguntó Pablo.
—Vine a decirles que me hago responsable. La quiero y nos casaremos —declaró Álvaro, abochornado.
—¿Hay prisa? —preguntó Pablo, serio.
—Sí —contestó Lucía—. Nuestra hija está embarazada.
—¡Mamá! —gritó Marisa, con lágrimas.
—¿Es verdad? —Pablo se levantó—. ¿Tus padres saben de esto?
—Mi padre sí. Se lo dije en cuanto lo supe —respondió Álvaro, aguantando la mirada.
—¿Y tú? —Pablo giró hacia Marisa—. No diré que es pronto. Gritar no sirve de nada. ¿Quieres abortar? ¿Sabes que luego podrías no tener hijos?
—¡Pablo! —protestó Lucía.
—Tranquila. Ella tendrá al bebé —dijo Álvaro con firmeza.
—Tienen diecisiete años —Lucía contuvo un gemido—. ¿Nunca oyeron hablar de anticonceptivos? Marisa, ¿entiendes que arruinaste tu vida? No podrás estudiar, el bebé te consumirá. Dejarás de ser una niña.
—Basta —cortó Pablo—. Primero, terminar el instituto sin que se enteren. Luego, la boda. Ella estudiará a distancia.
—¿Cómo puedes hablarlo así? —Lucía lloraba.
—¿Qué quieres? ¿Pegarles? ¿O prefieres que aborte y viva odiándote si no puede ser madre después?
—Dios, ¿por qué? —Lucía se secó las lágrimas—. No estoy lista para ser abuela a los treinta y siete. ¿Con qué dinero vivirán?
—Trabajaré —dijo Álvaro con orgullo.
—¿Y cuando te llamen a la mili?
—No iré. Mi—Mi padre es militar, conseguirá una prórroga —respondió Álvaro con determinación, y Lucía, al fin, comprendió que, pese al dolor, lo único que quedaba era apoyar a su hija, porque la vida, aunque imprevista, seguiría su curso.






