Elige al niño, yo no lo quiero; pero, por favor, dame algo a cambio.

—Si lo quieres, quédate al niño, no me importa. No soporto verlo. Pero a cambio dame dinero —dijo Vicky.

Lucía tenía un rostro alargado, con ojos marrones un poco saltones, dientes grandes y una mandíbula pesada. Sin embargo, su pelo era espeso, oscuro, y le caía en rizos abundantes. Si se lo recogía en un moño, conseguía un peinado elegante, pero entonces sus defectos faciales se notaban más. Por eso siempre llevaba el pelo suelto.

Su figura tampoco era perfecta, como si la hubiese moldeado un artesano torpe. Pero eso podía disimularse con la ropa, mientras que el rostro…

A veces, por la calle, algún chico le gritaba por detrás:

—¡Oye, guapa, ¿hablamos un rato?

Pero cuando ella se volvía, balbuceaba disculpas, diciendo que se había equivocado, y salía corriendo.

—¿Para qué necesita una fea un pelo así? —susurraban con envidia sus compañeras de clase.
Lucía habría cambiado gustosa su melena por cualquier cabello lacio y sin brillo, con tal de tener un rostro un poco más agradable.

No tenía amigas. Pero sí le gustaba un chico. Se sentaba en la fila de al lado y a veces le pedía que le dejara copiar los deberes o le susurrara respuestas en los exámenes. Lucía era excelente estudiante.

Un día, ese mismo chico la invitó al cine. Lucía estaba en el séptimo cielo. Al salir, caminaban hacia casa charlando, pero él no paraba de mirar hacia atrás.

—¿A quién buscas? ¿Tienes miedo de que te vean conmigo? —preguntó Lucía sin rodeos.
El chico se ruborizó, incómodo.

Al llegar a su portal, la besó torpemente. Y entonces, desde la esquina, estallaron las risas de sus amigos. Lucía lo entendió todo al instante: habían apostado a ver si era capaz de besar a la fea.

—¿Qué te prometieron a cambio? —gritó Lucía en su cara antes de huir a casa.
Desde entonces, ni siquiera lo miró, y jamás volvió a dejarle copiar.

—No te preocupes, habrá hombres para ti. Yo me casé, y tú también lo harás —la consolaba su madre, tan poco agraciada como ella.

Lucía terminó el instituto con matrícula de honor y entró en la universidad para estudiar economía. Se le daba bien, y se graduó con sobresaliente. Pero envidiaba a sus compañeras más guapas, que salían, se casaban e incluso tenían hijos mientras estudiaban.

Al terminar, su padre, un abogado bastante conocido con buenos contactos, le consiguió un puesto en una empresa importante.

Sus compañeras corrían a casa después del trabajo, hacia maridos y niños resfriados, mientras que Lucía, sin nadie que la esperara, se quedaba hasta tarde terminando tareas pendientes. Sus colegas la apreciaban por su dedicación, y sus jefes la valoraban: era eficiente, precisa y cumplía plazos.

En agradecimiento, intentaron presentarle a amigos de sus maridos. Casi siempre eran hombres divorciados que habían dejado el piso a sus exmujeres e hijos. Cansados de vivir de alquiler, habrían aceptado cualquier refugio estable. Y Lucía podría haber servido. Pero ella no quería eso. Soñaba con amor, como cualquier chica joven. Lloraba amargamente por las noches, maldiciendo su mala suerte por ser tan poco agraciada.

Luego murió su padre, y dos años después, su madre. Habían sido padres tardíos, y ella, su única hija. Se quedó completamente sola. El tiempo pasaba, y su edad se acercaba a ese límite donde tener un hijo sano era cada vez más improbable.

Una compañera le sugirió irse de vacaciones al sur:

—A nuestro director general le pasaba lo mismo —susurró—. Aunque era fuerte y apuesto, no podía tener hijos. Su mujer soñaba con ser madre, pero no quería divorciarse. Casa lujosa, coches caros, estatus social… Los médicos les insinuaron, sin decirlo abiertamente, que se fueran a la playa a relajarse.

Fueron a Turquía. Allí, ella pecó con un guapo camarero, asegurándose antes de su grupo sanguíneo… por si acaso. ¿Entiendes adónde quiero llegar?

—¿Y tú cómo sabes eso del director? —preguntó Lucía en voz baja.

—Da igual. Lo importante es que todos son felices. El director tiene un heredero. En vacaciones, todos los hombres están solteros, lleven o no anillo. Tomas el sol, descansas, y quizá surge algo. Eso sí, elige a uno guapo, para mejorar la estirpe.

—¿Como si fuera un perro de raza o un caballo de subasta? —se indignó Lucía.

—Algo así. ¿O qué esperabas? Podrías intentarlo aquí, pero… ¿para qué problemas? Allí todos son forasteros, divorciados o solteros.

Aunque dudaba del éxito, Lucía se fue de vacaciones. Un día, paseando por el paseo marítimo, conoció a un hombre agradable. Cumplía todos los requisitos: alto, robusto, atractivo. Fingió torcerse un pie, y él, como un caballero, la sostuvo, la llevó a un café cercano y cenaron juntos.

Lucía no disimuló: le dijo claramente lo que quería. Él no huyó ni se rio, solo la miró con atención. Y lo entendió todo.

Volvió a casa morena, relajada y feliz, sin saber aún que estaba embarazada. Dos semanas después lo confirmó. Nueve meses más tarde, nació una niña preciosa.

La que atendió el parto era una ginecóloga comprensiva, que no juzgaba a mujeres como Lucía. Nadie vino a visitar a la madre poco agraciada, ni hubo notas de felicitación, ni palabras de agradecimiento gritadas bajo su ventana.

Al alta, la doctora le regaló dos tarros de leche de fórmula, un paquete de pañales y su tarjeta personal. “Llámame si necesitas algo”. Acabaron haciéndose amigas. Y la niña se llamó Victoria.

Lucía la malcrió sin medida, volcando en ella todo el amor que le sobraba. La niña creció bonita, caprichosa y mimada, acostumbrada a tenerlo todo. De su madre heredó solo el pelo; en lo demás, era idéntica a su padre.

Por supuesto, no le faltaron pretendientes. Estudiar no era lo suyo, y ni pensaba en la universidad. En segundo de bachillerato se enamoró de un roquero. Pasaba las noches enteras en su moto. Por más que Lucía la regañaba, la niña solo soñaba con casarse. Al menos sacó el título.

Ambas estaban hartas de peleas. Un día, Lucía volvió del trabajo y encontró una nota: “No me busques. Me voy con mi roquero a Madrid. Me ha pedido que me case con él…”.

¿Qué podía hacer? ¿Denunciarlo a la policía? Difícil que buscasen a una hija adulta que se iba por su voluntad. Lloró y se refugió en el trabajo.

Pasó más de un año hasta que recibió una llamada de su amiga, la ginecóloga. Se alarmó al instante: últimamente apenas hablaban.

Sin preámbulos, su amiga le dijo que una joven había renunciado a su bebé.

—Apellidos, nombre, dirección… No puede ser coincidencia. Es tu hija.

—Dios mío —fue todo lo que atinó a decir Lucía.

—No llores, ven al hospital antes de que se escape. Retrasaré el papeleo. Hay que convencerla de que se lleve al niño con todos los documentos. Si no, será más difícil que lo recuperes. Tú no lo abandonarás, ¿verdad? Por eso te llamo. QuizAl final, mientras abrazaba a su nieto, Lucía comprendió que, a pesar de todo, la vida le había dado algo más valioso que la belleza: el amor incondicional de aquel niño que la llamaba “mamá”.

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MagistrUm
Elige al niño, yo no lo quiero; pero, por favor, dame algo a cambio.