Natividad Fernández sale del portal y se detiene. Entrecierra los ojos y mira al cielo, calculando si lloverá, antes de saludar con un leve gesto a las vecinas sentadas en el banco. Luego sigue su camino, la barbilla alta. Las mujeres, que callaron al verla, murmuran a sus espaldas, lanzándole miradas cargadas de envidia.
Nadie sabe la edad exacta de Natividad. Es una mujer madura, jubilada desde hace años. Lleva el cabello con canas, siempre bien cortado y a la moda. Se maquilla con discreción, como corresponde a su edad. Tiene una figura elegante, sin barriga ni pliegues, aunque tampoco es delgada.
Unas dicen que ronda los sesenta; otras, que apenas pasa de los cincuenta. Las más envidiosas juran que tiene más de setenta, pero que parece joven gracias a los milagros de la cirugía.
“¿Cómo no va a estar bien? Su marido era decente, ni bebía ni la maltrataba. Se fue con otra, sí, pero sin dramas. Su único hijo no le da problemas, ni nietos, ni gatos, ni perros. Cero preocupaciones. Si mi Paco no fuera un borracho, quizá yo también iría por la vida como una reina.”
“¿Tú? ¿Reina? Me parto, Rosario,” dice otra vecina, dándole un codazo.
“¿Y qué? Si mi Paco se muriera, Dios no lo quiera, también empezaría a vivir. Igual que ella. Saldría de casa, os miraría por encima del hombro y me iría de paseo.”
Las vecinas ríen a carcajadas.
“Ya ves, el Vicente no le quita los ojos de encima. Hasta dejó de trabajar para mirarla,” comenta una.
“Que no se haga ilusiones. Mejor que busque a alguien más sencilla,” suspira otra.
“¿Y qué tiene de malo Vicente? No bebe, no fuma, y tiene manos de oro,” la defiende una tercera.
“¿Tan malas sois, señoras? Dejad a Natividad en paz. Dejad de murmurar y no seáis envidiosas,” dice Vicente mientras sigue podando los arbustos.
Natividad intuye que hablan de ella. Escucha fragmentos, nota las miradas cargadas de resentimiento. Pero hace tiempo que dejó de prestarles atención.
La vida no siempre fue fácil, como para la mayoría de las mujeres. Su marido era guapo, apuesto, a su altura. Las mujeres se le colgaban. Sufrió lo suyo. Cuando por fin se marchó, se hundió. Pero por su hijo, Andrés, sacó fuerzas. Desde entonces, no dejó que ningún hombre se acercara.
Andrés ya ronda los treinta y sigue soltero. A Natividad no le hace gracia. ¿Es normal que un hijo adulto viva con su madre? No, chicas no le han faltado, pero nunca llegó al matrimonio.
A Natividad ninguna le gustó del todo, aunque nunca se opuso. Sabía que con prohibiciones y dramas solo empeoraría las cosas, incluso arriesgándose a perder a su hijo. Así que aguantó. Con el tiempo, los romances de Andrés se desvanecían. A veces era él quien cortaba; otras, lo dejaban.
Hubo una con la que casi se casa. Una chica agradable, dulce. “Una boda, pues una boda. Es hora,” pensó Natividad. Andrés fue a conocer a los padres de la chica y volvió hundido. El padre era un borracho, la madre tenía problemas de salud por sus golpes. Brindaron por el encuentro, y el padre empezó a sermonear e incluso amenazar. Casi llegan a las manos.
“Mamá, ¿qué hago? La quiero, pero ¿cómo voy a aguantar a esa familia?” preguntó Andrés.
“Poco se puede hacer. Los padres son los padres, no se cambian como a una esposa. Serán parte de tu vida. Si estás dispuesto, cásate.”
Para alivio de Natividad, al final rompieron.
Tras el paseo, Natividad lee un rato, echa una siesta y empieza a preparar la cena, mirando de vez en cuando el reloj. Andrés se retrasa. “Seguro que se ha enamorado otra vez,” piensa. Y en efecto, Andrés llega acompañado.
“Mamá, te presento a Mireia. Mireia, esta es mi madre, Natividad Fernández.”
Natividad la mira y suelta un respingo. Ojos azules como el mar, hoyuelos en las mejillas… Las chicas así acaban siendo esposas. Bueno, ha llegado la hora.
“¿Por qué no me avisaste? Habría preparado algo especial,” dice con fingido enfado.
“Todo lo que cocinas es especial,” responde Andrés, abrazándola y apoyando la cabeza en su hombro.
“Cuando me adulas, es que quieres algo.” Le da un suave golpecito en la frente. “Lavaos las manos, que cenamos.”
Desde la cocina, Natividad oye risas y juegos en el baño. Cuando salen, están sonrojados y cohibidos. En la mesa, todo está perfectamente dispuesto: platos con la cena, cubiertos relucientes, tazas humeantes. Como debe ser.
Por la mirada culpable de Andrés, Natividad sabe que no se equivoca. Algo se traen entre manos.
“Dilo ya, no me tengas en ascuas.”
Andrés respira hondo y suelta:
“Mañana me voy de excursión dos días con los amigos. Mireia quiere venir.”
“Buena idea. En una excursión se conoce a la gente. Y así presenta a Mireia a tus amigos.” Natividad habla con calma, pero piensa: “Esto no es todo.”
“¿Podrías cuidar a la niña? Tiene seis años, no da guerra.” Hace una pausa. “Será mucho para ella, mosquitos, adultos…”
“¿De quién es la niña?” pregunta Natividad, aunque ya lo sabe.
“Ahí está. ¿Dónde encuentra a estas? Una con piercings y tatuajes, otra con padres borrachos, y ahora una con hija. ¿Cuándo tuvo tiempo? No parece mayor de veinticinco, y ya tiene una niña de seis. Joven y precoz. Y los hoyuelos, mira tú.”
“Mía,” responde Mireia, mirándola sin titubear.
“Ni se ruboriza, ni lo dice con desafío, pero tampoco con miedo,” anota Natividad para sí.
“No puedo. No sé tratar con niños. Tengo planes. Además, un niño ajeno es mucha responsabilidad…” empieza a negarse. “¡Como si fuera su niñera!”
“Venga, mamá, ¿qué planes? ¿Pasear por el parque? Pues paseas con Alba,” insiste Andrés.
“Vaya nombres. Cada uno más raro.”
“No hace falta,” Mireia cubre la mano de Andrés con la suya. Y vuelve a mirar a Natividad, serena, directa.
“Solo dos días, mamá. Volvemos el domingo por la noche,” sigue Andrés. Mireia baja la mirada.
“No pone ojos en blanco, no monta un drama, no demuestra antipatía. Deja que Andrés hable. No está mal. Veremos cómo sigue.”
“Bueno… está bien,” concede Natividad.
“¡Eres la mejor madre del mundo!” Andrés la besa en la mejilla. “Mañana a las seis te traemos a Alba. Estate preparada.”
“¿Tan temprano? ¿Nos…?” suspira la “mejor madre del mundo”.
Por la noche no puede dormir. Piensa que ha sido un error aceptar. Está acostumbrada a su vida tranquila, y ahora una niña, encima ajena. Responsabilidad, ruido, líos…
Se levanta al amanecer y prepara el desayuno. Andrés también madruga, toma café, se viste y sale a buscar a Mireia y a la niña.
El cerrojo suena, y Natividad sale a recibirlos. En la entrada ve a Mireia con ropa de excursión y una mochila. Junto a ella, una niña de delgadas trenzas, una muñeca en la mano. Ojos azules, como los deNatividad mira a Alba, y de pronto siente que ese corazón suyo, tan resistente durante tantos años, se llena de una dulzura que no esperaba.






