¿Lo haces por tu hijo? No es necesario. Tendré fe, aunque tú no puedas amarme.

**Diario Personal**

¿Lo haces por el niño? No hace falta. Yo esperaré, pero tú no podrás quererme.

Al salir del hospital, Lucía chocó en la puerta con un hombre.

—Perdona—dijo él, deteniendo su mirada en ella un instante. Al siguiente segundo, su expresión se tornó desdeñosa y fría, como si ya hubiera olvidado su existencia.

Cuántas miradas así había recibido Lucía. A las chicas delgadas y esbeltas las miraban de otra manera. Los ojos de los hombres se iluminaban con avidez, nunca vacíos ni indiferentes. La injusticia le dolía en el alma. ¿Acaso ella tenía la culpa de haber nacido así?

De pequeña, todos admiraban sus mejillas regordetas, sus piernas rollizas y su redonda pancita. En el colegio, en la fila de educación física, siempre era la primera entre las niñas. La llamaban “gorda”, “ballena”, e incluso “Peppa Pig”. Y eso era lo más suave. Los niños pueden ser crueles. Los profesores lo veían, pero no hacían nada.

Intentó mil dietas, pero el hambre siempre la vencía. Los kilos perdidos volvían en un abrir y cerrar de ojos. Tenía una cara bonita, pero su cuerpo arruinaba todo.

Soñaba con ser maestra, pero abandonó la idea por miedo a que los alumnos se burlaran de ella a sus espaldas. Al terminar el bachillerato, entró en una escuela de enfermería. Cuando la gente sufre, no le importa cómo luce quien la ayuda, solo quiere alivio.

En su clase no había chicos, y las compañeras solo hablaban de novios y bodas. Lucía siempre estaba sola. En clase, las otras chicas le pedían que se sentara delante para esconderse tras su espalda ancha.

Los escaparates de las tiendas le rompían el corazón. Vestidos preciosos que nunca podría llevar. Se vestía con blusas holgadas y faldas amplias para ocultar su cuerpo. Era buena en sus estudios, ponía inyecciones con destreza. Los ancianos la adoraban por eso.

Una vez fue a patinar con unas amigas. Unos adolescentes cuchicheaban a sus espaldas. “Mira, parece una fábrica de embutidos”, se reían. A Lucía le ardían las lágrimas.

Su madre intentó presentarla a los hijos de sus amigas. Fue a un par de citas. El primero fingió no verla y se giró. El segundo, antes de saludarla, ya le estaba poniendo las manos encima. Lucía lo empujó, y él cayó de espaldas en un charco. “¿Qué te crees? Con ese cuerpo, deberías darte por afortunada”, le gritó. Nunca más aceptó una cita. Mejor sola que mal acompañada.

En las redes sociales, puso a Fiona de *Shrek* como foto de perfil. Un chico le preguntó en los comentarios cómo era en realidad. “Igual, pero sin el verde”, contestó. Él lo tomó a broma. “Seguro que estás harta de pretendientes y por eso usas esta foto”, escribió, invitándola a salir. Lucía cortó la conversación.

Un día, en el pasillo del hospital, un niño de unos seis años chocó contra ella.

—¿Adónde vas tan rápido? Aquí hay gente enferma—le dijo, sujetándole el brazo.

—Quería deslizarme por el linóleo—confesó.

—¿Vienes con alguien?

—Con mi padre, a ver a la abuela. ¿Dónde está el baño?

Lucía lo llevó al final del pasillo.

—¿Puedes solo?

El niño la miró con superioridad, pero ella no se ofendió. Al salir, el chico suspiró.

—Ahora vamos a ver a tu abuela—dijo Lucía.

Se detuvo frente a una puerta, haciendo un gesto serio.

—Creo que es esta—señaló la cuarta habitación, que era de hombres.

—¿”Creo”? ¿O es que no sabes los números?—bromeó Lucía.

—¡Claro que sé! ¡Hasta las letras!—riendo, señaló la puerta cinco.

—Pequeño pillo—fingió enfadarse.

—¿Cómo te llamas?

—Martín—respondió, justo cuando la puerta se abría y aparecía su padre, un hombre alto y atractivo.

—Martín, ¿qué haces?—Luego vio a Lucía. Su mirada la escrutó y, en segundos, perdió todo interés.

—No se portó mal—dijo ella, alejándose.

—Vamos, despídete de la abuela—oyó a sus espaldas.

Al día siguiente, Martín y su padre volvieron. Él pasó sin mirarla. Lucía le sacó la lengua, y el niño, al darse la vuelta, le hizo un pulgar arriba.

Después de la siesta, entró en la habitación cinco.

—Hoy luce muy bien, doña Carmen. ¿Ha venido su nieto?

—¿Lo vio? Es un sol. Quiero vivir para verlo crecer.

—No hable así. Aún tendrá bisnietos—dijo Lucía, animándola.

—Dios lo quiera. Me duele el alma por él. Crece sin madre.

—¿Su madre…?

—No murió. Se fue y nos dejó al niño.

—Dijo “nos dejó”…—Lucía frunció el ceño.

—Martín no es mi nieto de sangre. Pero lo queremos igual. Mi hijo se casó con una belleza. Tras la boda, confesó que tenía un hijo. ¿Se puede empezar un matrimonio mintiendo? Mi esposo casi sufre un infarto. Y ahora aquí estoy yo.

La madre de Martín era modelo. Hace dos años, recibió una oferta en el extranjero. El niño le estorbaba. Las mujeres que conoce mi hijo son iguales: guapas, egoístas. Martín no las acepta.

El relato de doña Carmen la dejó pensativa. Cuando volvió para ponerle una inyección, la anciana lloriqueaba.

—Doña Carmen, no debe alterarse—le recordó.

—No es eso. Mire—le mostró un dibujo. Un niño sostenía las manos de sus padres. No había duda: era Martín.

—Busca una madre. Creo que la ha dibujado a usted, Lucía.

—No, es su madre—negó.

—Ya no la recuerda. Ella era delgada. Aquí dibujó a una madre grande, más alta que el padre. Es usted—doña Carmen sollozó.

Lucía notó que la figura materna era más grande. “Hasta un niño ve lo voluminosa que soy. Un hombre como su padre jamás se fijaría en mí”, pensó, desolada.

Desde entonces, cada vez que ponía una inyección, charlaban un rato. Cuando Martín volvió, se acercó directo a ella.

—Hola. ¿Tiene manos seguras?—preguntó.

—No sé—respondió, confundida.

—La abuela dice que está en buenas manos—sonrió—. ¿La darán de alta pronto? Y la semana que viene es mi cumple—soltó de golpe.

—Seguro que sí. ¿Cuántos años cumplirás?

—Seis—dijo orgulloso—. La invito a mi fiesta.

—Iré, pero debo pedir permiso a tu padre.

—¡Ahora se lo pregunto!—corrió.

Al día siguiente, Alejandro y Martín la esperaban.

—Papá, prometiste—tiró de su brazo.

—Lo recuerdo—miró a Lucía—. La invito al cumpleaños de mi hijo. Será el sábado. Aquí tiene la dirección—le tendió un papel—. A la una, si no tiene planes.

—Tengo sus datos en el registro—sonrojada—. No tengo planes.

—No lo pensé. Martín la esperará. Si no viene, se pondrá triste, y mi madre también. Y usted misma dijo que no debe alterarse.

“Una semana entera. Tengo que adelgazar”, pensó.

En casa, se lo contó a su madre.

Al final, Lucía y Alejandro encontraron en sus miradas no solo el amor, sino la certeza de que las almas gemelas se reconocen más allá de las apariencias, y juntos construyeron una familia donde Martín aprendió que el verdadero amor no se mide en kilos, sino en abrazos.

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¿Lo haces por tu hijo? No es necesario. Tendré fe, aunque tú no puedas amarme.