Con dos nos las arreglamos, y para el tercero encontraremos la solución

“Con dos nos arreglamos y un tercero lo sacamos adelante. Me buscaré un extra. ¿O prefieres deshacerte del bebé?” —preguntó Javier sin rodeos.

Lucía llevaba días sintiéndose agotada. La casa era un no parar, pero ella solo quería sentarse y no moverse, o mejor aún, tumbarse y quedarse quieta. Hasta la comida le daba asco. El test de embarazo confirmó lo que ya sospechaba.

Apenas hacía dos años que había salido del permiso de maternidad, y ya estaba otra vez… Se sintió abrumada. Adrián cumpliría cinco pronto, y Martina acababa de empezar segundo de primaria. Necesitaban su atención, y ahora ella estaría ocupada con un recién nacido. ¿Lo entenderían? ¿No tendrían celos del nuevo hermanito o hermanita?

“Claro, un hijo es una bendición. Dios da el niño y el pan. ¿O cómo era el refrán?” Pero los tiempos eran inciertos. Aunque, ¿cuándo habían sido fáciles? Las mujeres habían parido hasta en guerras. ¿Y qué diría en el trabajo? Que pronto se iría de baja y luego faltaría cada dos por tres…

“¿Qué trabajo, con tres criaturas? La familia crece, y solo con el sueldo de Javier…” Lucía dudaba y no tenía prisa por “darle la noticia” a su marido. Aún había tiempo para pensarlo.

Hacía poco, el jefe había preguntado si alguien planeaba irse de baja. Comprensible, siendo un equipo mayormente femenino. Lucía, como las demás, aseguró que con niño y niña ya tenía el “lote completo”, y que no pensaba quedarse embarazada. Y mira por dónde.

“¿Por qué pienso tanto en el trabajo? La familia es lo primero, el trabajo ya vendrá…” Pasaban los días, y Lucía seguía dándole vueltas, sin decidirse.

—¿No estarás enferma? Estás pálida y como en las nubes. Te he preguntado tres veces qué le regalamos a Sofía y Carlos, y ni me oyes. ¿O es que pasa algo? —preguntó Javier una noche después de cenar.

Entonces Lucía se lo contó. Javier guardó silencio un momento y luego dijo:

—¿Y qué hacemos?

No había dicho “¿qué haces tú?”, sino “¿qué hacemos nosotros?”. Así era él. Juntos. Y por eso Lucía lo quería tanto. No la dejaría sola con sus dudas. Le dio vergüenza haber intentado resolverlo todo sin él. Se sintió más ligera, como si le quitaran un peso de encima. Le contó todos sus miedos.

—Con dos nos las arreglamos, y con tres también —respondió Javier con firmeza.

—Pero me iré de baja. Viviremos solo de tu sueldo. Y no sé cuándo volveré a trabajar, ni si podré…

—No pasa nada, saldremos adelante. Buscaré horas extras. ¿O prefieres interrumpir el embarazo? —preguntó él directamente.

—No lo sé —admitió Lucía—. Tú, todo el día trabajando; yo, en casa con los niños. Así se nos irá la vida…

—Con dos o con tres, la vida pasará igual. Bueno, ¿tenemos tiempo para pensarlo?

—Un poco sí.

—Pues no nos apresuremos. Retomemos esto luego. Aunque estoy seguro de que ya has tomado una decisión. ¿O me equivoco?

—¿Y cómo cabremos todos en este piso? —Lucía miró alrededor el pequeño dos ambientes heredado de la abuela de Javier.

—Hablaré con mis padres. Les pediré que nos cedan su piso de tres. Con dos habitaciones vacías, seguro acceden. Mi padre ya lo sugirió cuando esperábamos a Martina.

Lucía dudó, pero no dijo nada. Como imaginaba, su suegra se puso en plan dramático.

—Tu mujer se ha quedado a propósito para quedarse con el piso. Te maneja a su antojo.

—Mamá, fui yo quien pensó lo del piso. Lucía ni siquiera lo sabía.

—Ah, ¿así que quieres dejarnos en la calle? No esperaba esto de ti. Nosotros estamos cómodos aquí. Y a nuestra edad, una mudanza es un suplicio. Pero claro, ustedes solo piensan en sí mismos.

—Mamá, por favor. Solo era una pregunta. Si no, no pasa nada. Ya buscaremos otra solución.

—¡Solución! ¿Y por qué no aborta? Con dos hijos ya tienen suficiente. Sería lo mejor para todos.

—Ya entiendo, mamá.

Al ver la cara de Javier al volver, Lucía no hizo más preguntas. Evitaron el tema. A ratos, se ilusionaba con la idea de un nuevo bebé; a ratos, temía volver a los pañales, las noches en vela, el estrés…

Se acercaba el plazo para interrumpir el embarazo, y ella seguía indecisa. Una noche soñó con una niña de unos cinco años, saltando y cantando, con una cestita de mimbre como la de Caperucita.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó Lucía.

La niña miró dentro y alzó los ojos, llenos de dolor. Lucía miró: la cesta estaba vacía.

Al principio, se alegró de que fuera niña. Pero, ¿por qué vacía? El sueño no la dejaba en paz.

—¿Ya has decidido? —preguntó Javier una noche.

—Sí… No —y le contó el sueño.

—Solo es un sueño. Será una niña, tu ayudanta.

“Qué bueno es”, pensó Lucía. “Tendré el bebé. Con Javier a mi lado, no tengo miedo. Debería alegrarme de que no me presione para abortar, en vez de darle vueltas”. Y se acurrucó contra él.

Otra cosa la decidió: una fiesta en casa de unos amigos. Éxito, dinero, y la anfitriona, preciosa, como de revista. Pero sin hijos. Cuando Adrián y Martina corrían y reían, Claudia le dijo:

—Déjalos. Qué suerte tener risas en casa. Yo tendría todos los hijos que Dios me mandara.

—Hoy hay métodos… —dijo Lucía.

—¿El IVF? Lo intentamos. Estoy casi decidida a adoptar. Pero mi marido aún espera… Si accede, adoptaremos dos, niño y niña.

Esa noche, Lucía lo tuvo claro: tendría al bebé.

El fin de semana, llegó su suegra, directa al grano:

—¿Has abortado ya?

—Es tarde —mintió Lucía, aunque aún no había pasado el límite.

—Lo sabía. ¿Dos no os bastan? ¿No sabéis usar anticonceptivos? Javier se parte el lomo en dos trabajos, y tú, pariendo como coneja. ¡Y encima quieren arrebatarnos el piso!

—Usted solo tuvo uno, y parece que parió al Real Madrid —replicó Lucía.

—¡Vaya modales! ¿Y tú callado? —le espetó a Javier.

—Tú empezaste. Es nuestra decisión, mamá. Nuestra familia.

—Pues no cuenten conmigo.

Como si alguna vez hubiera ayudado. Esa noche quedó un mal sabor.

—No le hagas caso —intentó calmarla Javier.

Pero las palabras de su suegra le daban vueltas. Ya decidida, Lucía pidió permiso un viernes para ir al médico y hacerse los controles. El verano terminaba. Las hojas amarillas flotaban en los charcos bajo la lluvia.

Mientras caminaba, imaginaba el próximo verano: el bebé nacería en primavera, y en vacaciones irían al campo. Pensó en cómo usar el cheque bebé…

De pronto, un grupo de adolescentes ocupaba la acera. No oyó el patinete eléctrico que se acercaba por detrás. El conductor intentó esquivarlos, pero Lucía dio un paso atrás…

Ni siquiera gritó. Cayó como un muñeco roto. El impacto la dejó inconsciente. No vio cómo el chico, tras comprobar que nadie lo mirabaEl chico del patinete huyó, y aunque Lucía se recuperó físicamente, el vacío de aquella cesta en su sueño siempre le recordó la hija que no pudo conocer.

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Con dos nos las arreglamos, y para el tercero encontraremos la solución