Aprendiendo de los Errores

**Trabajo sobre los errores**

La ambulancia volaba por las calles de Madrid con las luces y la sirena encendidas. Los coches se pegaban a las aceras, dejando el centro del camino libre.

“Papá, papi, perdóname. Solo quédate, no te vayas…”, susurraba la chica sentada junto a las camillas.

Él no la escuchaba. Ante sus ojos aparecía otra joven, sonriente, con una luz cálida y suave en su mirada. Una luz que lo atraía, que lo llamaba. No quería resistirse, no podía. Quería volar hacia ella, fundirse con esa claridad… Se sentía ligero, como si su cuerpo no existiera.

Pero algo lo retenía, lo arrastraba de vuelta, lejos de esa paz. Quiso decir “Déjame ir”, pero las palabras no salieron. De pronto, un golpe seco en el pecho lo arrojó hacia atrás. El rostro de la chica desapareció, la luz se apagó, y su cuerpo se convirtió en plomo. ¿Acaso una piedra siente dolor?

Poco a poco, los sonidos regresaron: un llanto, una voz que lo llamaba, una mano que no soltaba la suya. Quiso pedir libertad, gritar el nombre de Lucía, la que se había esfumado, pero en ese instante, todo se volvió vacío. No había nada. Ni siquiera él…

***

**Un día antes**

“Papá, ¿puedo irme con Ana y Sofía al sur? La familia de Sofía tiene una casa allí. Solo necesito dinero para el viaje y algo para gastar”. La voz de su hija sonaba suplicante, casi aduladora.

Santiago siempre supo cuándo le mentía. A veces fingía creerle, pero hoy no. Dejó el periódico a un lado y la miró fijamente. Ahí estaban las señales: las orejas rojas, la mirada esquiva, los dedos retorciendo el dobladillo de su falda.

“¿Y por cuánto tiempo se van?”, preguntó con calma.

“Dos semanas. Necesito aire fresco, el mar… Estoy harta de esta ciudad llena de polvo”.

“¿Con Ana y Sofía, dijiste?”, repitió, sarcasmo en la voz.

Al oír el tono, Marta comprendió que su mentira no había funcionado.

“No sabes mentir. Ayer hablé con el padre de Sofía. Ellas tres van a los Pirineos”.

Las orejas de Marta no solo se encendieron, ardían. El rubor le subió hasta el cuello. Alzó la cabeza y lo desafió con la mirada.

“Sabía que no me dejarías ir con Diego, por eso mentí. Él tiene una tía en Cádiz, es verdad”.

“Y acertaste. No te dejo ir”, respondió Santiago sin alterarse. “Entiendo lo del enamoramiento, pero ¿de verdad crees que es suficiente motivo para irse sola con un chico a la playa?”

“Lo amo”, dijo ella, desesperada. Su rostro palideció.

“¿Y él a ti? Amor y deseo son cosas distintas. Soy hombre y sé lo que piensan los chicos cuando invitan a una chica a viajar. No es lo que tú crees”.

“¿O sea que no me dejas?”.

“No. Dentro de un mes tengo vacaciones, iremos juntos”.

Marta mordisqueó el labio, pensativa. A Santiago se le encogió el corazón. ¡Era idéntica a su madre! Ella también hacía eso cuando estaba nerviosa o enfadada. Su hija ya era una mujer. ¿Cómo explicarle que había perdido tanto que no podía arriesgar lo único que le quedaba?

“Papá, por favor. Solo estaríamos solos en el tren. Allí nos quedaremos con la familia de Diego”.

“No. Si quieres, lo visitaremos en un mes”.

“No pensé que fueras así…”, estalló Marta. “Podría haberme ido sin avisar. Soy mayor de edad. Pero quise hacerlo bien”.

“No te fuiste, así que mi opinión te importa. Entonces, escúchame”. Santiago tomó el periódico, pero no leyó.

“Con el tiempo, verás este momento de otra forma”.

“Papá, déjame ir. Nos amamos”.

“Tú quizá. ¿Y él? Si te amara, no te haría mentir”.

“¿Tú lo sabes todo? ¿De él, de mí? Pero tú…”. Marta se calló al darse cuenta del golpe bajo.

“Justamente por eso te lo digo. Los errores de juventud se pagan toda la vida”.

“Ah, claro. Y dime también lo difícil que fue criarme solo, cómo sacrificaste tu felicidad por mí…”.

“No”, cortó él, levantando el periódico.

Marta resopló, giró sobre sus talones y se encerró en su habitación, cerrando la puerta de un portazo.

Santiago suspiró. ¿Quién podía concentrarse en las noticias ahora?

***

¿Cuántos años habían pasado? Parecía ayer cuando él convencía a Lucía de ir a Barcelona un fin de semana. Nunca supo si mintió a sus padres. Pero la dejaron ir.

Fue un viaje perfecto. Volvieron cambiados, felices. Luego, Lucía se marchó a estudiar a Madrid. Él se quedó, entró en la Politécnica, y conoció a Clara. Se enamoró perdidamente, olvidando a Lucía y sus promesas. Bueno, en realidad, nunca le había dicho “te amo”. Eso lo recordaba bien.

Hasta que un día Lucía apareció, con una noticia: estaba embarazada. Él sintió pánico. No por el bebé, sino por perder a Clara. Lucía llegó directa del tren. Le rogó que abortara, habló de juventud, de no estar listo…

Ella lloró. “Son doce semanas”, dijo.

“¿Y por qué esperaste tanto?”, gritó él, furioso. “Aún se puede…”.

Lucía se fue. Estuvo seguro de que había abortado, porque no supo de ella en años. Si hubiera tenido al bebé, lo habría sabido. Sus padres lo habrían demandado.

Se casó con Clara, prepararon la luna de miel en Mallorca: billetes, maletas… Todo se canceló con un timbrazo. No la reconoció al principio. Lucía, pálida y delgada, sujetaba de la mano a una niña pequeña.

“Hola”, dijo ella, con una sonrisa forzada.

Santiago se quedó helado.

“¿Quién es?”, preguntó Clara desde dentro.

Al ver la mirada perdida de Lucía, supo que su esposa estaba detrás de él. Se giró.

“¿Quién es?”, repitió Clara, fijándose en la niña.

Lucía temblaba. A Santiago le invadió la vergüenza. No había matado a nadie, pero se sentía culpable.

“Fuimos compañeros de colegio”, dijo con voz ronca.

“No los dejes en la puerta. Pasa”, respondió Clara, amable.

Lucía entró, pero se detuvo. Al cerrar la puerta, Santiago vio una maleta en el suelo. Lo entendió todo.

“¿Te vas o llegas?”, preguntó, odiándose por el tono jocoso.

“Me voy. No puedo llevármela… Y no tengo con quién dejarla”. Bajó la mirada hacia la niña. “Tú eres su padre. Si vuelvo, la recojo”.

Quiso decir que ellos también viajaban, pero en cambio preguntó: “¿Adónde vas?”.

“Lejos”. Lucía levantó a la niña, la besó, y se fue.

“¿Es tuya?”, preguntó Clara después.

“Ella debió abortar…”, murmuró.

La niña empezó a llorar. Santiago la tomó en brazos. Clara armó un escándalo. Él se defendió: había sido antes, no lo sabía… Su matrimonio, recién estrenado, crujía.

Revisó los papeles: figuraba como padre. Tres días solo, agotado, al borde del colapso. Hasta que Clara regresó.

Intentó querer a la niña, inteligenteY en ese instante, mientras abrazaba a su hija, Santiago entendió que los errores del pasado no debían robarle la oportunidad de confiar en el presente ni el derecho de su hija a vivir su propia vida.

Rate article
MagistrUm
Aprendiendo de los Errores