No dejes pasar tu oportunidad

No dejes escapar tu oportunidad

Hace medio año falleció la anciana vecina de Inés. Su marido se quedó solo, apagado, encorvado, como si el peso de la nostalgia y el dolor lo arrastrara hacia el suelo. Casi no salía de casa. Los vecinos se compadecían: unos le llevaban un plato de sopa, otros iban al supermercado por él.

Era un poco sordo y olvidadizo. Se sentaba frente al televisor con el volumen a tope y olvidaba la tetera en el fogón. Una vez casi provoca un incendio y casi se asfixia. Desde entonces, Inés guardaba una llave de su casa por si acaso.

Un día, su hijo vino y se lo llevó a vivir con él, poniendo el piso en venta. Los vecinos se alegraron; no estaba bien que un anciano muriera en soledad teniendo familia.

Tres semanas después, el piso tuvo nuevo dueño. Todo el edificio se enteró al instante, porque llegaron obreros a hacer reformas. Día tras día sacaban escombros, sanitarios ennegrecidos por el tiempo, muebles viejos. Luego vinieron los martillazos, los taladros… ¿Qué nervios aguantan eso? Inés vivía justo al lado.

Regresar del trabajo era un suplicio. El estruendo la recibía desde el rellano. Aguanto, aguantó… hasta que fue a quejarse. La puerta la abrió un hombre cubierto de polvo y pintura.

—¿Usted es el dueño? ¿Cuánto más va a durar este jaleo? No puedo más, me va a estallar la cabeza —dijo irritada.

—Perdone, señora, pero me han pedido terminar rápido. Dos días más y acabamos lo fuerte. Luego vendrán los detalles, que hacen menos ruido.

—¿Dos días? —Inés ni siquiera supo qué contestar.

Tras la puerta, el taladro volvió a rugir. Inés salió a la calle; allí, al menos, el escándalo se oía menos.

—¿Qué pasa, el vecino nuevo te está volviendo loca? —preguntó una de las mujeres sentadas en el banco de la entrada.

—¿Lo habéis visto? —contraatacó Inés.

—Sí. Parece un hombre formal —respondieron a coro—. Bien vestido, perfumado, educado… Saluda a todo el mundo.

—¡Vaya vecino más estupendo nos ha caído! —canturreó la desdentada Rosario.

Las demás rieron, mostrando dentaduras menguadas con coronas metálicas y prótesis.

—Preferiría que tocara la trompeta o el clarinete —refunfuñó Inés.

—¿Y has ido a hablar con él?

—Sí, pero ¿de qué sirve? Los obreros son los que mandan.

—Oye, Inés, deberías echarle un ojo al dueño. Está como un queso. ¿Cuánto vas a estar sola? Eres joven, aún puedes tener hijos. Y el hombre tiene dinero, viene en un BMW último modelo.

—Voy al supermercado —dijo Inés, alejándose sin querer escuchar más.

Su marido murió dos años después de la boda. No dio tiempo a tener hijos. Trece años sola.

«Probablemente el dueño viene cuando yo trabajo. Quejarse es inútil… El piso de los viejos estaba fatal. Bueno, ya le daré su merecido, pero primero que termine la obra», pensó, esquivando un charco.

Dos días después, por fin se cruzaron. Inés volvía del trabajo con un solo deseo: tirarse en la cama. Había sido un día agotador, ni siquiera tenía hambre. Al llegar al portal, la puerta se abrió sola.

A su lado estaba un hombre joven, sonriendo con sus treinta y dos dientes perfectos. Supo al instante que era el nuevo vecino. Aquella sonrisa le pareció descarada; su mirada, arrogante.

—Gracias —murmuró secamente, pasando.

La puerta se cerró. A sus espaldas, en la penumbra del portal, resonaron pasos. El corazón le dio un vuelco. Conteniendo el miedo, se detuvo y miró. Era el vecino.

—Pase usted primero. No me gusta que me respiren en la nuca —dijo, disimulando el temblor.

El vecino la adelantó y subió las escaleras. El edificio, antiguo y céntrico, tenía pisos espaciosos con techos altos, muy cotizados.

Cuando Inés llegó al cuarto piso, el vecino esperaba frente a su puerta.

—Así que usted es mi vecina. Encantado. Los obreros me dijeron que vino a protestar.

—No protestar, pedir silencio. Vivimos en una obra. Usted reforma su casa y el edificio entero sufre —contestó, rebuscando las llaves en el bolso.

—Culpa mía. Terminamos pronto, lo prometo —respondió él, sereno.

Inés calló, le lanzó una mirada reprobatoria y entró en su casa, cerrando la puerta con tal fuerza que desprendió yeso del techo.

Desde entonces, aprovechaba cada ocasión para dar portazos. Era su venganza. Se regodeaba imaginando cómo se borraba aquella sonrisa.

Una semana después, llegaron muebles nuevos. Los mozos bloquearon la escalera subiendo un sofá. Inés tuvo que esperar arrinconada. Al colocar el mueble, atisbó el interior: paredes claras, parqué color miel…

—¿Quiere pasar? —apareció el dueño en la puerta. Inés enrojeció como si la hubieran pillado espiando. Entró aprisa en su casa, olvidando dar el portazo. ¡Maldición!

Era su cumpleaños. El lunes celebraría con compañeros, pero ese domingo solo quedaría con su amiga Lola.

Lola llegó tarde, como siempre. Con ella, el piso se llenó de risas. Se sentaron a la mesa.

—¡Ay, se me olvidó el vino! No sé abrir champán —se lamentó Inés.

—¿Hay algún hombre por aquí? —preguntó Lola, lista.

—Al lado, pero… —no terminó la frase cuando Lola salió disparada.

Regresó con el vecino. Iba en vaqueros y camisa a cuadros, arremangada.

Él saludó, abrió el champán con destreza. Lola, detrás, hacía señas exageradas: pulgares arriba, ojos en blanco, mano en el corazón. No hacía falta traducción: estaba impresionada.

—Es el cumple de Inés. Ha cocinado como para una boda, y no hay con quién compartirlo —explicó Lola a voz en cuello.

Inés le hacía señas de que se callara, pero el vecino, sin remilgos, se sentó, llenó las copas y brindó:

—¡Por la anfitriona más guapa!

Inés casi se atraganta. Se había arreglado para la ocasión: pelo rizado, labios pintados… Estaba radiante.

Lola no paraba de arrimarse al vecino, sirviéndole comida como si fuera la dueña. Inés sentía vergüenza ajena. Lola ya lo arrastraba a bailar, pegándose con su cuerpo exuberante, sonriendo, guiñando…

Inés, herida, se fue a la cocina para no llorar.

Minutos después, entró Lola sofocada.

—¿Ya has acabado? —preguntó Inés, molesta.

—¡Inés, qué hombre! —suspiró Lola—. Un sueño. Y baila divino. Oye, si a ti no te gusta, ¿me lo dejas? ¿No te importa? —guiñó un ojo.

—Tómalo, no es mío —mintió Inés, conteniendo las lágrimas.

—¡Nos casaremos y seremos vecinas! —fantaseó Lola.

—¿Te ha—¿Te ha pedido ya que te cases con él? —preguntó Inés, incrédula.

—No, pero es cuestión de tiempo —respondió Lola, segura—. Además, seguro que tiene amigos solteros y te conseguimos a alguien.

—No hace falta —interrumpió una voz desde la puerta—, porque la única persona que me interesa está en esta cocina.

Inés levantó la vista y vio al vecino sonriendo con esa mezcla de descaro y ternura que tanto la volvía loca, y supo, por primera vez en años, que su corazón todavía podía latir así de fuerte.

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