**Cita por Error**
Lucía salió del edificio de oficinas y respiró hondo el aire fresco del otoño, lleno de aromas a hojas caídas. Era un día soleado, de esos en los que el veranillo de San Miguel aún calienta. Las noches ya eran frías, pero durante el día aún podía vestirse con vestidos ligeros y chaquetas finas.
Caminaba pensando qué hacer primero: recoger a Diego de la guardería y luego ir juntos al supermercado, o hacer la compra antes de pasar por él. En el Mercadona vendían juguetes baratos, y Diego siempre insistía en llevarse algo. El dinero escaseaba antes de la nómina, y esos caprichos solo le duraban cinco minutos.
Miró el reloj. Si se daba prisa, tendría tiempo de comprar, dejar las bolsas en casa y luego ir por Diego. Así que apretó el paso.
Iba absorta en sus pensamientos, repasando mentalmente la lista: sal, no olvidar la sal. Por alguna razón, siempre se acababa sin avisar. Hacía dos días había ido al súper solo por eso, compró de todo, menos lo que necesitaba. «Sal, zanahorias, leche… y no olvidar la mantequilla», repetía como un mantra, sin fijarse en nada alrededor.
—¡Lucía, Martínez! —alguien la llamó.
Por inercia, dio unos pasos más antes de detenerse y volverse.
—¿No me reconoces? ¿Y quién juró que seríamos amigas para siempre? —sonrió la mujer frente a ella.
Lucía escuchó lo de «jurar» y, antes de recordar, intuyó quién era: su amiga del colegio, Natalia Rojas. Ya no era aquella chica delgada de pelo oscuro, sino una mujer elegante y radiante.
Natalia llegó a su escuela en segundo curso, se sentó junto a ella, y desde entonces fueron inseparables. En la adolescencia juraron amistad eterna. Pero la vida las separó. Nada es para siempre, ni siquiera la amistad, y mucho menos el amor.
—Vas tan preocupada, como si tuvieras siete bocas que alimentar —comentó Natalia, observando su rostro cansado y su ropa sencilla de oficina.
Lucía notó su propia incomodidad bajo esa mirada.
—A ti, en cambio, te veo bien —desvió el tema rápidamente.
—No me quejo. Segundas nupcias. Aún no tengo hijos, ¿y tú?
Detectó un tono triste en su voz y evitó profundizar.
—No estoy casada, pero no estoy sola. Tengo un hijo —respondió con orgullo.
—¿Ya en la universidad? —preguntó Natalia.
—No, aún va a la guardería —sonrió Lucía.
—¡Vaya sorpresa! Eras tan guapa, creí que te casarías antes que nadie. Todos tenemos hijos mayores, algunos hasta en la mili, y tú con un crío en pañales. Aunque siempre fuiste muy centrada en los estudios, ni mirabas a los chicos.
Las palabras le molestaron, y no lo ocultó. Natalia entendió su error.
—Vamos, no te enfades. Ya sabes cómo soy, hablo sin pensar.
—Perdona, debo ir por mi hijo —Lucía intentó pasar.
—Espera —Natalia sacó el móvil—, dame tu número. Quedamos otro día, hablamos.
Lucía recitó los dígitos solo para zafarse, despidiéndose con prisas.
Pero Natalia no tardó en cumplir su promesa. Al día siguiente llamó para quedar el sábado en una cafetería de moda.
—Veré si mi madre puede cuidar a Diego. Te llamo —respondió Lucía, resignada.
«Menos mal que me libre. Adiós a mi día libre. Bueno, iré, total, no me dejará en paz. No tenemos ya nada en común», pensó mientras marcaba el número de su madre.
El sábado, en la cafetería, Lucía se sintió fuera de lugar. Llevaba años sin salir así. Natalia lo notó y pidió vino para relajarla. Funcionó. Bebieron y recordaron el colegio, los compañeros… Natalia sabía de todos: quién se casó, quién tenía hijos, quién trabajaba dónde…
Lucía escuchaba y bebía. Cuando los recuerdos se agotaron, Natalia cambió el tema.
—Oye, una compañera tiene un hijo, de nuestra edad. Es informático, siempre ante el ordenador. Gana bien, sin vicios. Su madre quiere nietos. ¿Entiendes? Deberíais conoceros.
—No necesito que me presentes a nadie —apoyó el vaso con brusquedad—. ¿Parezco tan desesperada como para agarrarme al primero que aparezca?
—No digas que no sin verlo —Natalia intentó calmarla.
—Si es tan estupendo, ¿por qué vive aún con su madre? ¿Tiene algún problema?
—Un mal amor. Como aquello del agua y el aceite. Tiene miedo de equivocarse otra vez. Igual que tú.
—Eso es cosa suya. No quiero citas arregladas. Si surge, surgirá.
—Piénsalo. Tu hijo necesita un padre…
—Justo, ya tengo un hijo. No quiero otro —cortó en seco.
—Bueno, era solo una idea.
Pero al final, Lucía cedió. ¿Por qué no probar?
El domingo siguiente, dejó a Diego con su madre, se arregló discretamente y salió. Ya en la puerta, recordó que no sabía el nombre del hombre. Llamó a Natalia.
—¡Joder! ¿Era Marcos? ¿O Daniel? Algo bíblico…
—¿Bíblico? —se exasperó Lucía—. ¿Ahora resulta que es un cura?
—Tengo mala memoria para nombres. Le llamaré a mi compañera.
—No importa. Los hombres no van en manada a las citas.
Al entrar al café, vio pocos clientes. Dos hombres solos, ambos con vaqueros y chaquetas de cuero. Uno, más cercano, le sonrió. Ella se acercó.
Él tenía un vino. Lucía deseó uno también. Él lo notó y pidió otro. Bebió, sintiéndose más valiente. El local se llenaba, el alcohol le nublaba la mente. Él la observaba en silencio.
—¿No le gusto? No suelo beber, pero necesitaba ánimos. Odio las citas arregladas.
—Concuerdo —dijo él.
—Es guapo. No imaginaba que tendría problemas para ligar.
—¿Cómo me imaginaba?
—No sé… Otra copa —pidió, evasando.
Habló sin parar, contando su vida. Él escuchaba.
—No me mire así. Me avergüenza —dijo, sin vergüenza alguna.
El lugar le daba vueltas.
—Debo advertirle —vio su sorpresa—. Tengo un hijo, Diego, cinco años. Si no le parece bien, lo entiendo.
Él calló. Ella intentó levantarse, pero el mareo la devolvió a la silla.
—Vamos a tomar aire —la ayudó a salir.
El fresco la alivió. Habló de sus padres, de su infancia con Natalia… Llegaron a su portal.
—No le invito a subir. No es mi estilo en la primera cita.
Él asintió. Arriba, miró por la ventana: él ya no estaba.
Se lavó la cara y se acostó, soñando despierta. Hasta que el teléfono sonó.
—¿Dónde estás? —rugió Natalia.
—En casa. Me despertaste —respondió aturdida.
—¿No fuiste?
—Sí, hace poco volví.
—¿Y?
—Me gustó. Es atento, guapo…
—¿Y con quién estuviste?
Lucía palideció. No había preguntado su nombre.
—Dios mío… Le conté mi vida. ¡Quizá es un estafador! ¿A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno, sonó el timbre y al abrir la puerta se encontró con aquel desconocido sonriente, sosteniendo un ramo de flores y la mano de Diego, que le susurró emocionado: “Mamá, dice que nos lleva al parque”.







