Una Cita por Error
Ana salió del edificio de oficinas y respiró hondo, notando el aire fresco del otoño con ese olor a hojas secas. Era uno de esos días de sol, típicos del veranillo de San Miguel, con noches frías pero tardes en las que aún podías llevar vestidos y chaquetas ligeras.
Mientras caminaba, pensaba qué hacer primero: recoger a Iván de la guardería e ir con él a comprar, o hacer la compra antes. En el Mercadona venden juguetes pequeños, y seguro que Iván le pondría los ojos de cordero degollado para que le comprara algo. Pero faltaba poco para el día de la paga, y el dinero justo no sobraba, además, esos juguetes solo le duraban cinco minutos.
Miró el reloj. Si se daba prisa, le daba tiempo a comprar, llevar las bolsas a casa y luego ir a buscar al niño. Así que aceleró el paso.
Iba ensimismada, repasando mentalmente la lista de la compra. “¡La sal! No se me puede olvidar la sal”. Siempre se le acababa sin avisar. Hacía dos días fue al supermercado solo por eso y acabó comprando de todo menos sal. “A ver… zanahorias, leche, aceite…”. Caminaba tan metida en sus pensamientos que casi no miraba a su alrededor.
—¡Ani, López! —la llamó alguien.
Ana dio unos pasos más por inercia antes de detenerse y volverse. Una mujer le sonreía.
—¿No me reconoces? ¿Y quién juró que seríamos amigas para siempre?
Al oír lo de “jurar”, Ana adivinó quién podía ser antes de recordarla del todo: su amiga del colegio, Marina Ríos. No era aquella niña delgada de pelo oscuro, sino una mujer elegante y radiante.
Marina llegó a su clase en segundo de primaria y se sentó a su lado. Desde entonces, fueron inseparables hasta la graduación. En tercero de la ESO, se juraron amistad eterna. Pero la vida las separó. Nada es eterno en este mundo, ni siquiera la amistad, y mucho menos el amor.
—Vaya cara de preocupación que tienes. Parece que tienes una tribu esperando en casa —Marina la observó, notando su aspecto cansado, la mirada apagada, la ropa sencilla de oficina. Ana también se sintió juzgada bajo esa mirada.
—A ti, en cambio, se te ve bien —desvió Ana el tema para evitar preguntas incómodas.
—No me quejo. Estoy en mi segundo matrimonio. Pero hijos, de momento, ninguno. ¿Y tú?
Ana notó un dejo de tristeza en su voz y decidió no profundizar.
—No estoy casada, pero no estoy sola. Tengo un hijo —dijo con orgullo.
—¿Ya termina el instituto? ¿O está en la universidad? —preguntó Marina.
—No, va a la guardería —sonrió Ana.
—¡Vaya sorpresa! Eras tan guapa que pensé que serías la primera en casarse. Todos tenemos hijos ya mayores, algunos hasta han hecho la mili, y tú todavía con un pequeño en la guardería. Aunque siempre fuiste muy estudiosa, tan correcta, ni mirabas a los chicos.
Ana se sintió ofendida y no lo ocultó. Marina se dio cuenta de su error.
—Venga, no te pongas así. Me conoces, siempre hablo antes de pensar.
—Perdona, pero tengo que ir a buscar a mi hijo —Ana hizo ademán de seguir caminando.
—Espera —Marina sacó el móvil del bolso—. Dame tu número, quedamos otro día y charlamos más.
Ana le dio el número, más que nada para zafarse, se despidió y se dirigió rápidamente a la guardería.
Pero Marina no tardó en cumplir su promesa. Al día siguiente, la llamó para quedar el sábado en un sitio neutral, algún café.
—Vale, pero primero tengo que ver si mi madre puede cuidar a Iván. Luego te aviso —respondió Ana, resignada.
“Vaya lata. Adiós a mi día libre. Bueno, iré, para que no me dé más la tabarra. Está claro que no tenemos nada en común ya. ¿Amigas? Ni de lejos”, pensó mientras marcaba el número de su madre.
El sábado se vieron en un café moderno. Ana nunca había estado allí; de hecho, desde que nació Iván, apenas salía. Se sentía fuera de lugar. Marina lo notó y pidió vino para relajarse. El vino estaba bueno, y empezaron a recordar el colegio, los compañeros… Marina sabía de casi todos: quién se casó con quién, trabajos, hijos…
Ana escuchaba y bebía. Cuando se acabaron los recuerdos, Marina cambió de tema.
—Oye, una compañera mía tiene un hijo de nuestra edad. Es informático, siempre en el ordenador. Gana bien, no fuma, no bebe, en fin, un buen partido. Y su madre está desesperada por tener nietos. ¿Me entiendes? Podría presentároslo.
—No hace falta que me presentes a nadie —Ana dejó el vaso con brusquedad—. ¿Acaso parezco desesperada? ¿Tan poco valgo que tengo que conformarme con el hijo que ni su madre quiere?
—No te cierres. Ni siquiera lo conoces —intentó calmarla Marina.
—Si es tan maravilloso, ¿por qué sigue viviendo con su madre? ¿Qué tiene de raro?
—Tuvo un desengaño amoroso. Ya sabes, lo del amor y el agua clara. Tiene miedo de equivocarse otra vez. Como tú, supongo —dijo Marina con perspicacia.
—Pues allá él. No estoy para citas arregladas. Si surge, surgirá. No creo que esto lleve a nada. ¿Para esto me has traído aquí? No sabía que te dedicabas a hacer de Celestina.
—Al menos piénsalo. Tu hijo necesita una figura paterna…
—Precisamente por eso, ya tengo un niño, no necesito otro. Y no hablemos más del tema.
—Como quieras. Solo era una sugerencia —Marina sirvió más vino—. Pero mírate al espejo. Agotada, toda para adentro. Un hombre te haría florecer, verás. ¿Qué pierdes con una cita? Si no gusta, nadie te obliga.
Al final, Ana cedió. ¿Por qué no probar?
El domingo siguiente, dejó a Iván con su madre, se peinó con cuidado, un poco de rímel y ropa discreta. No iba a engalanarse para seducir al hijo de nadie.
Estaba a punto de salir cuando recordó que no sabía su nombre ni cómo era. ¿Cómo lo reconocería? Llamó a Marina.
—¡Joder! No me acuerdo. Mateo, o quizá Juan. Algo bíblico.
—¿Bíblico? —Ana se sorprendió—. Justo lo que me faltaba.
—Tengo mala memoria con los nombres. Me los aprendo por asociaciones.
—¿Y no será Pedro o Pablo? A ver, que fueron doce —bromeó Ana.
—Llamo a mi compañera y le pregunto.
—No hace falta. Da igual. Si va solo, lo reconoceré. Los hombres no suelen ir en grupo a estas cosas.
Al llegar al café, dudó en la entrada, escudriñando el local. A esa hora no había mucha gente. En la barra, una pareja. Unos cuantos más en las mesas. Solo dos hombres solos. Ambos con vaqueros y cazadora de cuero.
El que estaba más cerca la miró y sonrió. Ana se acercó.
—Hola —dijo, sentándose frente a él.
El hombre tenía una copa de vino. A Ana le entraron dudas. “Un trago para el valor”, pensó. Él lo adivinó y llamó al camarero.
Pronto tuvo su copa. Bebió un sorbo. El vino era bueno, y se lo terminó de un trago.
El local se llenaba poco a poco. El alcohol le dabaEl café ya estaba lleno de gente, el vino le daba una ligereza agradable en la cabeza, y cuando el hombre le tomó la mano para preguntarle si quería dar un paseo, Ana supo que esta vez, por error o por destino, había encontrado algo real, y asintió con una sonrisa que llevaba años olvidada.







