**La Herencia**
En un viejo piso de Madrid, el ambiente estaba inusualmente animado. El timbre sonaba sin parar, la puerta se abría y entraba algún familiar. Esta vez apareció un hombre corpulento con un traje caro, la chaqueta tensa sobre su prominente barriga.
Una mujer pálida y deslucida le sonrió con gesto agrio, mientras el hombre se levantaba del sofá para recibirlo.
—¡Felipe! No pensé que vendrías —dijo, estrechándole la mano—. Siéntate, cuéntame cómo te va.
La mujer se apartó con desgana hacia el otro extremo del sofá, dejando sitio a los hermanos.
«¿Será la mujer de Javier? Tantas chicas tuvo y al final se casa con una así…» Felipe no encontraba palabras.
El timbre volvió a sonar. Los tres miraron hacia la puerta. Solo faltaba quien debía entrar. En el umbral apareció un hombre alto con pantalones negros y un jersey azul oscuro, que resaltaba la blancura de su camisa.
Boris los saludó con frialdad, echó un vistazo y se sentó en un sillón desgastado al fondo de la sala.
«Vaya pinta de dandi que tiene Boris», pensó Felipe. Lo reconoció al instante, aunque llevaba treinta años sin verlo. Ya estaban los tres hermanos, los tres herederos. Como buitres reunidos alrededor del cadáver. Felipe había esperado que, al menos Boris, no apareciera.
Los tres habían recibido una invitación para venir y «despedirse» de Doña Carmen Rodríguez. Así lo ponía: «para despedirse». Y, por si acaso, también la dirección, por si se les había olvidado.
Felipe vivía lejos, en otra ciudad, con su familia. Buen puesto, piso, coche, dos hijas, una ya le había dado un nieto. La herencia de su tía no le hacía falta. Había venido por curiosidad.
Antes, el piso le parecía enorme. Le daban miedo los rincones oscuros, el reloj de pared y los muebles pesados.
Cuando su padre se cayó del andamio en una obra y murió, su madre se consumió de dolor. ¿Cómo iba a criar sola a tres chiquillos? Javier, el menor, ni siquiera tenía cinco años. Vivieron con dificultad. Hasta que un día apareció el hermano mayor de su madre, del que nadie les había hablado, y se ofreció a llevarse a los niños, al menos a los dos mayores.
Él y su esposa no tenían hijos. Su madre se recuperaría y volvería por ellos. Les dio dinero y se los llevó. Pero ella se refugió en la bebida y murió poco después.
Tía Carmen era estricta y fría. Les daba de comer, los vestía, intentaba quererlos. Felipe, el mayor, pronto entendió que aquella era su oportunidad para prosperar. Se esforzó por complacer a su tío y a su esposa.
Boris, el mediano, era huraño. No quiso conectar con sus nuevos parientes. Tras el instituto, a diferencia de Felipe, no fue a la universidad. Volvió a su ciudad, al piso de sus padres. Trabajó y estudió por las noches. Su tío le mandaba dinero, pero Boris lo devolvía con una nota: «No lo necesito».
Felipe se casó en su último año de carrera y se mudó a Barcelona con la familia de su mujer. Javier, el pequeño, fue un vividor, siempre en malos pasos. En todas partes cuecen habas.
«El piso necesita reformas. Luego se puede vender bien. Y los muebles son antigüedades de los setenta, sólidos, de calidad. En la vitrina hay cristal de Bohemia. Y seguro que hay cuentas bancarias, aunque los ahorros se pudieron esfumar en los noventa…» Felipe se dio cuenta de que se estaba ilusionando demasiado pronto.
Mientras pensaba, miraba de reojo a Boris. Este permanecía indiferente, con las piernas cruzadas. Javier susurraba con su mujer, observando también a sus hermanos. «Boris es un marginado, nunca cayó bien a los tíos. Javier malgastará su parte…» Felipe se sentía el más merecedor de la herencia.
Una chica guapa les había abierto la puerta. Quizá la cuidadora de su tía. En ese momento, entró una silla de ruedas con una anciana. Su cabeza colgaba sobre el pecho, las piernas cubiertas por una gruesa manta.
La chica colocó la silla para que la anciana los viera a todos. A su lado, ella parecía aún más joven y atractiva. Para los hermanos, ver viva a su pariente fue una sorpresa.
Felipe intentó calcular su edad. Más de ochenta, seguro. ¿Por qué había creído que estaba muerta? En el telegrama ponía «para despedirse de Doña Carmen». Por eso lo dio por hecho.
La observó con curiosidad y algo de miedo: su rostro arrugado, manchado, el pelo gris revuelto. Las manos deformadas por la artritis, con venas abultadas, yacían sobre los brazos de la silla. No podía creer lo que el tiempo había hecho con aquella mujer que recordaba orgullosa y elegante.
—Doña Carmen está contenta de verlos —dijo la chica con energía.
—Por su pedido, los localicé y los invité. Perdonen si el telegrama se malentendió. Ella quería verlos, resolver lo de la herencia para evitar peleas luego.
—Interesante. ¿O sea que se tendrán en cuenta nuestros deseos? —preguntó Felipe, animándose.
—No exactamente. ¿Quieren un café? —le dijo a la esposa de Javier.
—¿Y usted quién es? —la interrumpió Felipe.
—Es Lucía, mi nieta —respondió con voz cascada Doña Carmen.
Felipe la miró fijamente, luego a Boris. Este seguía impasible. Javier, en cambio, se removió en el sofá.
«¿La hija de Javier? Otra heredera. Esto no me conviene. Habrá que demostrar su parentesco», pensó Felipe, clavando la mirada en la espalda de Lucía.
En la sala quedaron solo los hermanos y su tía.
—Gracias por venir —dijo con voz áspera—. Creísteis que había muerto, ¿verdad? No habéis venido por mí, sino por la herencia. Pues bien, cada uno tendrá lo que merece. Solo os pido que no os peleéis sobre mi tumba si no os gusta el testamento.
—¿Hay algo por lo que pelearse? —preguntó Felipe.
—Has cambiado. Boris, me alegra verte, aunque no me quisiste. Javier, sigues siendo el mismo gamberro de siempre —resopló la anciana.
—Estoy vieja, pero no falta me hace la cabeza —inclinó la cabeza y cerró los ojos.
Felipe pensó que se había dormido. Los hermanos se miraron en silencio.
Poco después, Lucía entró y los llamó a tomar café. Javier salió aliviado hacia la cocina, como si llevara horas esperando ese momento. Felipe y Boris no se movieron.
—¿Nunca os reconciliasteis? —preguntó de repente Doña Carmen.
—No surgió —contestó Felipe por los dos.
—Engordaste, esa chaqueta está a punto de reventarte la tripa. Te va bien la vida. ¿Por qué no trajiste a tu mujer?
—Tiene mucho trabajo, es directora de un colegio —se jactó Felipe—. Dos hijas, las dos casadas. Una ya me dio un nieto.
—Los hermanos debéis estar unidos. Solo tengo a vosotros. Y a Lucía. El piso será para ella. No me mires así, Felipe. Lleva diez años cuidándome. Gracias a ella sigo viva. Vosotros ni una postal mandasteis, ni un cumpleaños, ni un Año Nuevo. Ni una visita. Intenté reemplazar a vuestra madre, pero no pude. Tú, Felipe, ¿por qué nunca viniste?
Felipe se turbó, sin saber qué decir.
—También hay una casa en la sY mientras Boris y Lucía se encontraban en la casa de campo bajo la luz dorada del atardecer, sintieron que la vida, al fin, les daba una segunda oportunidad para empezar de nuevo.






