Todo por un abrigo

Todo por un abrigo

Elena estaba sentada frente al ordenador, pero no miraba la pantalla, sino la ventana. Los últimos días cálidos de septiembre. Sin embargo, no pensaba en eso, sino en cómo gastar el bono inesperado que había recibido.

“Antoñito necesita zapatillas nuevas. El niño crece como la espuma. Y una chaqueta, pero para la primavera ya le quedará pequeña. Mejor ahorrar para las vacaciones y, por fin, el próximo verano ir a la playa…”. En ese momento, entró Lucía, interrumpiendo sus reflexiones.

—¿Qué tal? A ver, opina. ¡Me compré un abrigo nuevo! ¿Me queda bien, no? Carísimo, pero lo vale. —Abrió los brazos para lucirlo—. ¿Y?

—¿Y botas nuevas? ¿De ante? —preguntó Carmen, la compañera de oficina—. Con la lluvia y nuestras calles, no durarán ni un paseo.

“¿Y si yo también me compro un abrigo nuevo? Llevo cuatro años con el mismo. Pero mamá… Mamá no lo entenderá, me echará la bronca. Casi cuarenta años y sigo temiendo lo que dirá. Podría darme un capricho por una vez. Total, no afectará al presupuesto familiar. Me lo he ganado. Puedo hacer lo que quiera con él. Lucía solo es cuatro años más joven, pero parece una década. Claro, ella no tiene un hijo de diez años ni una madre estricta que aún me trata como a una niña”, pensaba Elena, observando el elegante abrigo de Lucía.

Mientras, las chicas discutían.

—Anda ya, qué envidia. Si llueve, me pondré las viejas botas. Sois un plomo. Voy a enseñárselo a las de contabilidad —dijo Lucía, ofendida, y se dirigió a la puerta.

—Lucía, espera —la llamó Elena—. ¿Dónde lo compraste?

—¿Te gustó? —Lucía volvió—. Toma. —Sacó una tarjeta de descuento del bolsillo—. Ahí está la dirección y tiene buen descuento.

—Ay, solo preguntaba —balbuceó Elena, sin apartar los ojos de la tarjeta.

—Venga, que solo se vive una vez. Bueno, voy a seguir presumiendo —dijo Lucía, saliendo y dejando la tarjeta sobre la mesa.

—Elena, ¿en qué piensas? —preguntó Carmen asomándose.

—Necesito un abrigo nuevo. Tengo el bono, quizá podría comprarlo…

Carmen se encogió de hombros.

—Caro e incómodo. A Lucía la lleva su novio en coche. Tú irás en el autobús a hora punta. Y tu madre… Madre mía, Elena, te enterrará a críticas junto con el abrigo.

Ambas rieron sin querer.

—A ti te habla fácil, tienes marido. Te renuevas cada temporada. Yo siempre me he comprado lo que sobraba. Primero el piso, luego la comida, Antoñito gasta más que un príncipe. Y si queda algo, me busco una ganga. Y me alegro si encuentro algo rebajado —suspiró Elena.

—Oye, si te quedas así, mejor ve a la tienda después del trabajo —dijo Carmen, sensata—. Aunque vas vestida como una señora. Perdona. Lucía es una pava, pero los hombres la persiguen como moscas. Tú eres guapa. Y tienes un corazón de oro. Arréglate un poco y no te quitarán ojo. Es la pura verdad: la primera impresión cuenta. A los hombres les entra por los ojos. Y no escuches a tu madre. Date el capricho —Carmen sonrió y volvió a su pantalla.

***

Elena se casó tarde. Con una madre tan estricta, exmaestra de matemáticas, era un milagro que lo hubiera hecho. Siempre temió defraudarla, fue una alumna ejemplar.

Aunque era comprensible. Su madre la crió sola. Cuando Elena no tenía ni cinco años, sus padres se divorciaron. Él empezó a beber. El dinero nunca alcanzaba, vivían con lo justo. De su padre no recibían más que lágrimas. A los cinco años, desapareció. Su madre intentó buscarlo, al fin y al cabo era un ser humano. Pero se esfumó como si nunca hubiera existido. Quizá ni siquiera vivía ya. Desapareció junto con la pensión.

Elena se graduó con matrícula, trabajó, pero su vida amorosa no avanzaba. A los hombres le gustaba, pero su madre no aprobaba a ninguno. Demasiado guapo, malcriado por las mujeres. Con ese, vivirías alerta, temiendo que te lo quiten. O divorciado, sin casa. Vendría a vivir con ellas, se registraría, y si luego se separaban… ¿Dividir el piso?

Sus amigas ya iban por el segundo matrimonio, los hijos en el colegio, y Elena ni siquiera había tenido una relación seria. Hasta que conoció a un hombre que, si no gustó, al menos su madre no puso objeciones. “El tiempo pasa, terminará soltera. ¿Qué ganamos? Quiero nietos, la jubilación se acerca”.

Tras la boda, Elena se mudó con su marido y pronto quedó embarazada. Con el bebé llegaron los problemas. Antoñito no dormía, su marido llegaba tarde, agotado. Hasta que un día dijo que estaba harto, que amaba a otra.

Elena volvió con su madre. Al principio esperó que él recapacitara, pero ni siquiera respondía las llamadas.

—Lo sabía. No entiendes de personas, eres demasiado ingenua —su madre la reprendía mientras ella callaba. ¿Qué podía decir? Si se defendía, terminarían discutiendo, como siempre. Y no era bueno para Antoñito.

Con el tiempo, su madre se calmó. Adoraba a su nieto. Pero Elena no podía moverse sin su aprobación. De carácter tranquilo, evitaba conflictos. Cuando Antoñito cumplió dos años, lo llevaron a la guardería y Elena volvió a trabajar.

Pero el niño se enfermaba a menudo. Su madre, ya jubilada, lo cuidaba. El sueldo y la pensión apenas alcanzaban. Aun así, ahorraban para llevarlo al mar, comer fruta fresca, tomar el sol. Él era listo y cariñoso. Por él, Elena aguantaba todo.

***

Al llegar a las puertas de cristal de la elegante tienda, dudó. Se quedó parada, sin atreverse a entrar. Si se iba, no volvería. Respiró hondo y abrió la puerta. Un suave tintineo sonó sobre su cabeza.

Una joven se acercó al instante.

—Buenos días. Tenemos la nueva colección de abrigos, y descuentos en la del año pasado. ¿Busca algo en especial? —Sonreía, ignorando su timidez y ropa modesta.

—Un abrigo. Necesito un abrigo —respondió Elena, forzando una sonrisa.

—¿Talla 40? Por aquí. —La llevó al fondo—. Tiene piernas bonitas. No las esconda con prendas largas —dijo, revisando los percheros. Por fin eligió uno y la guio al probador.

—Pruébeselo para ver la talla y el corte.

No le gustó. Le quedaba como un saco. Ya se arrepentía de haber entrado.

—¿No? Pruebe este —le entregó uno claro, casi blanco.

Elena se lo puso y se quedó sin palabras. Ajustado, la falda justo por debajo de las rodillas. Perfecto. Hasta se enderezó, subiendo la barbilla.

—Maravilloso. Un momento —la dependienta volvió con una bufanda rosa, anudándola con elegancia—. Le queda como hecho a medida. Es único. Muchas lo miraron, pero no les sirvió. Con su figura, es ideal.

Elena lo veía también. Miró la etiqueta y se—Ese día, mientras caminaba bajo la lluvia con su nuevo abrigo, entendió que a veces los pequeños caprichos, aquellos que parecen egoístas, pueden abrir las puertas a una felicidad inesperada.

Rate article
MagistrUm
Todo por un abrigo