**Baila Conmigo**
Adela le gustaba mucho a Jorge. Una rubia esbelta de ojos marrones que llamó su atención desde que llegó a la oficina.
Las compañeras la recibieron con recelo, dividiéndose en dos bandos: unas decían que el pelo teñido no cuadraba con sus ojos oscuros, y otras juraban que usaba lentillas. Sin embargo, el tiempo pasaba y su melena seguía impecable. A veces llevaba gafas… ¿Para qué, si tenía lentillas?
Al seductor Rafa también le llamó la atención, pero, a diferencia del tímido Jorge, no perdió tiempo en cortejarla. Cafés en la pausa, regalos inesperados… Cuando le ofreció llevarla a casa en su coche, a Jorge se le partió el corazón de celos.
¿Cómo iba a competir con Rafa? Era guapo, ocurrente, hacía reír a todas. Pero, como siempre, tras conquistarlas, perdía interés. Esta vez dejó plantada a Sara, que lloró en el baño y juró vengarse.
Jorge, en cambio, era corpulento, de mejillas sonrosadas y gafas cuadradas. Llevaba ropa holgada y un apellido que parecía de novela: Quijano. Igual que su homónimo literario, era torpe e ingenuo. Pero con los ordenadores, era un genio.
—Jorge, ¡ayúdame! Se me ha colgado el equipo…
—Necesito editar un vídeo, por favor…
Sus dedos volaban sobre el teclado, resolviendo cualquier problema.
—Eres un crack, Quijano —le decían los compañeros, prometiéndole un trago que nunca le invitaban.
A él le gustaban más los besos en la mejilla que le daban las chicas.
En realidad se llamaba Jorge, pero desde niño todos le decían “Jorgito”. Se enfadaba, pero era inútil.
—Venga, no te piques, que te queda bien —le decía Rafa, dándole una palmada en la espalda.
No era un heredero como su tocayo de ficción. Su madre, Adela, lo crió sola. Cuando él preguntó por su padre, ella no mintió: lo tuvo por decisión propia, ya entrada en años.
Jorge creció tranquilo, obsesionado con los ordenadores. Estudió informática y empezó a ganar bien. Su madre, orgullosa, dejó el trabajo para cuidarle. Cocinaba en exceso, y él, sedentario, engordó.
Hasta que conoció a Adela, la nueva de la oficina. La primera chica que le hizo perder el sueño. Descargó sus fotos de redes sociales y las miraba durante horas.
Un día, saboteeó su ordenador a propósito.
—¡Ayúdame! —suplicó ella, mordiendo el labio mientras él fingía solucionar el problema.
—Pídeme lo que quieras —dijo Adela, aliviada.
—Baila conmigo en la fiesta de Navidad.
Ella dudó, pero aceptó.
Llegó el día… y Rafa se la llevó al centro de la pista. Jorge se marchó, herido.
Al día siguiente, Adela se disculpó:
—Eres bueno, inteligente… Pero deberías cuidarte más. Las chicas también miran el físico.
Esa noche, Jorge se plantó frente al espejo. Dejó los bollos de su madre, empezó a caminar… y encontró un anuncio de clases de baile.
Llamó. Una voz femenina y cálida le animó a ir.
Al día siguiente, conoció a Laura, su profesora. No era la joven que imaginaba, pero su paciencia le conquistó.
—La apariencia no importa —le dijo—. Solo las ganas de bailar.
Jorge adelgazó. Cambió las gafas por lentillas, renovó su armario… incluso se atrevió a preguntarle:
—¿Crees que ahora le gustaré a una chica?
—¿Todo esto es por alguien? —preguntó ella, con una sombra de tristeza.
Él asintió.
En la fiesta de primavera, bailó con Adela. Todos quedaron impresionados, pero él solo pensaba en Laura.
—¿Por qué tan temprano? —preguntó Adela al verle irse.
—Tengo que llegar a tiempo —contestó, corriendo al estudio.
Laura estaba allí, esperando.
—Lo logré —dijo él, sonriendo—. Gracias a ti.
—¿Y Adela?
—No es a ella a quien quiero —confesó, besándola.
Al principio, su madre se resistió. Pero al final aceptó a Laura.
Jorge aprendió que el amor no se persigue… llega cuando menos lo esperas.







