Hermanas en el Viento

**Las Hermanas**

Carmen se levantó al amanecer, preparó el desayuno, hizo el almuerzo para su marido y solo entonces fue a despertarlo.

—Carmencita, ¿para qué tanto? Mañana vuelvo —dijo él al ver la bolsa llena.

—Dos días son dos días. No tendrás tiempo de cocinar allí; solo calienta y come. No protestes. Además de comida, he puesto ropa de abrigo. Las noches ya son frías. Toma el té antes de que se enfríe —Carmen hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

Su marido desayunó con apetito, se vistió y cogió la bolsa.

—Me voy. Tú vuelve a la cama, descansa un poco más —dijo al salir del piso.

Carmen cerró la puerta tras él, regresó a la cocina y miró por la ventana. Sabía que, a mitad del patio, Alejandro se giraría y le haría un gesto de despedida. Y así fue: su marido se detuvo, miró hacia la casa y levantó la mano. Ella le respondió con otra seña. Carmen sonrió para sus adentros: *”Parecemos recién casados”*. Un calor dulce le llenó el pecho.

Desde que se jubiló, siempre despedía así a su marido, ya fuera para el trabajo o la finca. Llevaban veintiséis años juntos. No era mucho para su edad. Ambos tenían un pasado de relaciones anteriores.

Carmen odiaba quedarse sola. Habría ido con él a la finca, pero le había prometido a su hija que cuidaría hoy de su nieto. Suspiró. No tenía sueño, pero… ¿qué más hacía? Era demasiado temprano para limpiar la casa. No podía poner la aspiradora a las seis de la mañana; en los bloques de pisos el ruido se escucha mucho, y los vecinos querían dormir un poco más en su día libre.

Sin nada mejor que hacer, se tumbó en la cama, aún con la bata puesta. Se quedó allí pensando en cualquier cosa y, sin darse cuenta, se durmió.

Incluso soñó. En el sueño estaba la perra Lola, grande y peluda, que su abuela tuvo en el pueblo. La perra corrió hacia ella moviendo la cola con alegría. *”¡Lola, hola! ¿De dónde sales?”*, preguntó Carmen, alargando la mano para acariciarla. Pero de pronto, Lola le enseñó los dientes. Ella retiró la mano, confundida: *”¿Por qué no me deja tocarla?”*

Carmen se estremeció y abrió los ojos. La habitación estaba vacía; no había ninguna Lola, ni podía haberla. La perra había muerto de vieja cuando ella tenía catorce años. Miró el reloj: solo había dormido unos diez minutos. Volvió a cerrar los ojos. *”Los muertos en sueños anuncian mala suerte, y los perros, visitas”*, pensó justo cuando sonó el timbre. *”¿Quién podrá ser a esta hora?”*

Se incorporó, se puso las zapatillas y fue al recibidor. El timbre volvió a sonar, apremiándola.

—Ya voy, ya voy —refunfuñó mientras abría la puerta.

Al ver a su visitante, estuvo a punto de cerrarla de golpe. Dicen que el primer pensamiento es el más acertado. Más tarde, Carmen lamentaría no haberlo hecho. En el umbral estaba su hermana pequeña. El corazón le palpitó como un pájaro atrapado en una red.

—¡Hola, hermanita! —dijo Raquel, cargando la ironía en la última palabra mientras sonreía.

Sus dientes grandes sobresalían ligeramente. Cuando sonreía, se veía el borde rosado de las encías. *”Y dicen que los sueños no son premonitorios”*, pensó Carmen, recordando el gesto de Lola. La idea le resultó desagradable. La visita de su hermana, tras años sin verse, no presagiaba nada bueno.

Tenían padres diferentes y diez años de diferencia. El padre de Carmen murió en un accidente; tres años después, su madre se volvió a casar y tuvo a Raquel. Las hermanas no se parecían ni en físico ni en carácter. Carmen era baja y con curvas, de rasgos finos y carácter dulce. Raquel, en cambio, era alta, delgada, con la cara alargada y esos dientes prominentes.

—¿Qué, me vas a dejar aquí en la puerta? ¿No me invitas a pasar? —preguntó Raquel.

Carmen aún tenía la opción de cerrarle la puerta en la cara. Pero era su hermana, aunque inesperada e indeseada.

—Pasa —dijo, abriendo más la puerta.

Raquel entró, se quitó los zapatos de tacón, se arregló un poco el pelo frente al espejo y se volvió hacia Carmen.

—¿No me esperabas? Pues aquí estoy. Intentó ponerse las zapatillas de Alejandro, pero Carmen le dio unas de invitados. Le quedaban pequeñas, pero no había otras.

—Bueno, enséñame cómo vives —dijo Raquel, entrando en el salón mientras miraba cada detalle con ojos calculadores.

—¡Vaya palacio! Muebles importados, reforma reciente… —se giró hacia Carmen.

Por un instante, Carmen vio en sus ojos envidia y rabia. Pero al siguiente segundo, Raquel volvía a sonreír, mostrando esos dientes desiguales. Y Carmen recordó otra vez el sueño.

—Esto sí que es vivir. Te casaste bien. ¿Y tu marido dónde está?

—En la finca —respondió Carmen a regañadientes.

—¿Y también tienen finca? Vaya burgueses —Raquel lo dijo con ese tono que insinúa: *”Ya veremos cuánto dura”*.

—¿A qué has venido? —Carmen perdió la compostura.

—Tenía ganas de verte. Al fin y al cabo, ya no nos queda nadie más. Solo nosotras —dijo Raquel sin mirarla, examinando una foto de la hija de Carmen con su nieto.

—¿Y esta quién es? ¿Tu hija?

Carmen no respondió.

—Yo en cambio estoy sola. Con Miguel no duré nada. Después me casé dos veces más, y te diré una cosa: los otros dos tampoco valían la pena. No mereció la pena cambiarlos —comentó Raquel con falsa confianza.

—¿También te los quitaste a alguien? —soltó Carmen, incapaz de contenerse.

—Vaya, qué mala te has puesto. A quien mal anda, mal acaba —respondió Raquel, mostrando de nuevo esos dientes—. No he venido a pelear.

—¿Entonces a qué? ¿A recordar viejos tiempos y, de paso, intentar quitarme algo más? —Carmen dejó salir su rabia acumulada.

—Qué borde. ¿Cuántos años tiene tu hija? —ignoró Raquel el sarcasmo.

—Veintiocho.

—O sea, te casaste dos años después. ¿Te dio prisa para que no te robasen al novio? —Raquel echó la cabeza hacia atrás, riéndose de su propio chiste.

—Es la hija de mi marido —aclaró Carmen, arrepintiéndose al instante de justificarse.

Estaba furiosa consigo misma y no lograba reaccionar.

—Bueno, paz. ¿Me invitas a un té? —preguntó Raquel con tono conciliador.

Mientras Raquel elogiaba la cocina, derrochando cumplidos sobre el gusto y las dotes de anfitriona de Carmen, esta encendió el fogón bajo la tetera, que aún conservaba algo de calor.

—¿Vas a quedarte mucho? —preguntó Carmen.

—¿Ya me echas? —respondió Raquel con otra pregunta.

Intercambiaron palabras como si jugasen al tenis. Carmen prefirió callar, pero en el fondo deseaba que su hermana dijera que se iría después del té.

—¿Me dejas quedarme hasta mañana? Odio los hoteles. Total, tu mar—Total, tu marido no está y mañana mismo me voy —dijo Raquel, frustrando las esperanzas de Carmen.

Rate article
MagistrUm
Hermanas en el Viento