**La Última Carta**
Nunca conoció a su padre. Cuando creció y le preguntó a su madre, esta solo respondió:
—¿Acaso te falta algo conmigo?
Raquel amaba a su hija, aunque no la mimaba demasiado. ¿Cómo no querer a esa niña de ojos grandes y carácter tranquilo? No daba problemas, sacaba buenas notas y siempre obedecía.
Era una chica corriente, nada llamativa. No todas pueden ser guapas. Nunca escuchó a ningún adulto decir que era linda o encantadora. “¡Qué parecida es a su madre!”, comentaban.
Su madre no usaba perfumes caros, ni pintalabios, ni tacones. “¿Qué tacones? Después de correr todo el día entre máquinas, las duelen los pies”, decía. Trabajaba en una fábrica textil, donde el ruido era ensordecedor, por eso hablaba fuerte, casi gritando.
Al terminar la ESO, Raquel envió a Nina al pueblo con su amiga Luisa. Parecía tener algo de vida personal y no quería que su hija estorbara.
—¿Cómo os conocisteis con mamá? —preguntó Nina—. Ella es de ciudad, y tú vives aquí.
—Pero tu madre también es del pueblo. Somos amigas desde la cuna. Luego se mudó a Zaragoza, a trabajar en la fábrica. ¿No te lo contó? Siempre le dio vergüenza su origen. —Luisa suspiró—. Yo me quedé, me casé joven. Dios no me dio hijos, y mi marido se fue a trabajar y nunca volvió. Así que aquí sigo, sola. Tu madre al menos tuvo la suerte de tenerte.
—¿Y mi padre? ¿Sabes algo de él?
—Claro. En la fábrica solo hay mujeres. Después del turno, no hay tiempo para romances. A ella le dieron un piso por ser trabajadora ejemplar. No todas tienen esa suerte. Y los años pasan.
Una vez llegó un técnico, un hombre corriente. En un sitio lleno de mujeres, cualquiera vale. No sé cómo, pero ella quedó embarazada. Justo a tiempo, casi al borde de la edad.
Raquel no era hermosa. No tenía pretendientes. Cuando supo que sería niña, se alegró. “Es más fácil criarla sola”, pensaba. Así se justificaba.
Con Luisa, Nina hablaba más que con su madre. Aprendió labores del campo. En el pueblo no había mucho más que hacer.
A finales de julio, llegó un chico a la casa vecina. Cuando lo vio, su corazón cantó. Él ayudaba a su abuelo en la huerta, cargaba agua del río, y Nina lo observaba desde la ventana.
Un día, lo vio ir al río. Cogió una toalla y lo siguió. Al llegar, recordó que no llevaba bañador, pero no quiso regresar. Se sentó en la hierba y lo miró bucear bajo el agua, emergiendo con risas. Él la vio.
—¿Qué haces ahí? ¡El agua está buena! —gritó.
Ella se ruborizó, quiso marcharse, pero él salió y le ofreció un nenúfar, perfumado a río y a tierra mojada. Nina le dio su toalla. Hablaron. Jorge lo habían enviado al pueblo mientras sus padres se divorciaban.
—¿Qué harás mañana? —preguntó él.
—Nada, ayudar a Luisa. ¿Por? —Su corazón latía con fuerza.
—Ven al bosque conmigo. Ya hay setas, y mi abuelo no puede ir.
—Vale —dijo, enrojeciendo.
—Madrugaremos. Te avisaré con un silbido.
Volvieron juntos. Él golpeaba las ortigas con un palo; ella llevaba la toalla húmeda al hombro, como si la abrazara.
Al día siguiente, Nina se vistió con ropa anticuada que Luisa le dio, sintiéndose ridícula. Pero Jorge también iba así.
En el bosque, él le enseñó a buscar setas. Pronto ella aprendió.
—Bien hecho —dijo Luisa al ver la cesta llena—. Haré sopa y secaré el resto para el invierno.
Así pasaron el mes: bosque, río, paseos. Nina se enamoró desde el primer día. Cada roce la estremecía. Pero agosto terminó, y su madre llegó.
—¿Qué le has dado de comer? ¡Está más llena! —Raquel la examinó—.
—El aire del campo alimenta —sonrió Luisa—. Y tiene un amigo.
—¿Ya anda con chicos? No te lo perdono, Luisa. Mañana nos vamos.
—¡Es pronto! —protestó Nina.
—Hay que comprar ropa y libros. Prepárate.
Corrió a despedirse de Jorge.
—¿Te vas? —preguntó él, adivinando.
Ella no pudo hablar.
—Dame tu dirección. Te escribiré.
Nina corrió a buscarla y, al volver, escuchó a su madre:
“Podría fijarse en ella. Y no es su padre…”.
Esa noche, Jorge la besó bajo las estrellas y prometió escribir.
En la ciudad, Nina revisaba el buzón cada día. Hasta que la llave desapareció.
—Se habrá perdido —dijo su madre.
Los años pasaron. Nina estudió económicas, trabajó en una empresa. Su madre enfermó, se volvió posesiva. Antes de morir, intentó casarla con un divorciado, pero Nina se negó.
Un día, revisando las cosas de su madre, encontró una carta rota:
*”Nina, hola. No respondiste a mis cartas. No escribiré más. Espero que estés bien…”*
Lloró de rabia. Su madre las había escondido.
Con ayuda de una compañera, viajó al pueblo años después. Luisa seguía allí, envejecida.
—Jorge se divorció. Enseña matemáticas —le contó.
Él apareció en el camino, cambiado pero reconocible.
—Perdón por no contestar —dijo ella—. Mi madre ocultó tus cartas.
—Me alegro de verte. ¿Estás casada?
—No.
—Yo me divorcié. Vivo aquí ahora.
Pasaron la noche hablando. Ella contó su espera; él, su matrimonio fallido.
—No creí volver a verte —dijo él.
Regresó a Zaragoza, pero su corazón se quedó en el pueblo. Decidió no perder más tiempo. Lo llamó:
—¿Por qué esperar? Ven.
Él llegó en junio. Ella estaba embarazada. Se casaron, vendieron su piso y compraron uno mayor.
Antes de mudarse, Nina encontró una foto de su madre. Por primera vez, la vio sonreír. O tal vez siempre estuvo ahí, y ella nunca lo notó.
**Moraleja:** El amor verdadero espera, pero la vida es corta. No dejes que el miedo o los demás decidan por ti. A veces, el destino merece una segunda oportunidad.






