**Esperando el Encuentro**
Septiembre había sido cálido, seco y soleado. El sol bajo del otoño encandilaba, especialmente al atardecer. Álvaro bajó la visera del coche. A él, alto, le protegía del resplandor, pero a Lucía…
Cuántas veces le había sugerido dejar el coche en casa. Él podía llevarla al trabajo y recogerla al salir. Eso sí, sus horarios no siempre coincidían.
—Me encanta que te preocupes por mí, pero conduzco con cuidado, ya lo sabes. No puedo vivir sin mi coche —decía Lucía, acurrucándose contra él.
—Vale, pero al menos prométeme que usarás gafas de sol. La semana que viene empezarán las lluvias. Aunque, entre el sol cegador y el asfalto resbaladizo, no sé qué es peor.
—Eres un cielo. Todo irá bien, te lo prometo —respondió ella con solemnidad.
Álvaro aparcó frente al edificio y, como de costumbre, miró hacia las ventanas del tercer piso. El sol rebotaba en los cristales, imposible distinguir si las persianas estaban bajadas. De no ser así, el piso sería un horno después de horas bajo el sol.
Notó al instante que el coche de Lucía no estaba. Extraño, no había avisado. Revisó el móvil por si acaso: ni llamadas perdidas ni mensajes. Lucía solía terminar una hora antes que él, y para cuando llegaba, la cena ya estaba lista.
Metió el teléfono en el bolsillo, cerró el coche y entró en el portal.
***
Se conocieron hace año y medio. Álvaro volvía del trabajo cuando vio un coche con la puerta abierta y a una chica menuda y desconcertada junto a él. Pinchazo, obvio. Se detuvo para ayudar. Así empezó todo.
Lucía vivía de alquiler. Pequeña, orgullosa, independiente. A su lado, él se sentía fuerte, protector. Ella se enfadaba, reclamando su autonomía. Pronto le propuso convivir: ¿para qué pagar dos alquileres si siempre acababa en su casa?
Su piso, antro típico de soltero, fue transformado por Lucía sin que se diera cuenta. Aparecieron mantas, cojines de colores, lámparas acogedoras. Los aromas a bizcocho y vainilla lo llenaban todo. Ya no era un simple estudio, sino un hogar.
Un día, Lucía llegó con un cachorro sucio, temblando bajo un arbusto cerca del portal.
—Lucía, ¿en serio? Está lleno de pulgas, huele fatal y puede estar enfermo —protestó Álvaro, que jamás había sentido afinidad por los animales.
—Míralo, es adorable. Solo tiene frío. Si lo dejamos, morirá. Lo bañaré y mañana lo llevo al veterinario. Yo me encargaré de todo —dijo, abrazando al perrito mojado.
—Sabes que no me gustan los perros. Déjalo en la clínica mañana —concedió él, magnánimo.
La mirada de Lucía le dejó claro que, si insistía, ella se iría con el animal. Y eso no podía permitirlo. Álvaro estaba perdidamente enamorado. No le quedó más que resignarse.
Aquel cachorro indefenso acabó siendo bautizado como Thor, nombre que aceptó al instante, erguido y orgulloso.
—¡Thor! —llamó Álvaro una vez, pero el perro ni se inmutó.
Con buen alimento, Thor creció rápido. A los seis meses era un perro mediano, pelaje dorado y sedoso, mezcla de mil razas, aunque algo de labrador debía llevar.
Aunque Álvaro lo mimaba, Thor solo tenía ojos para Lucía. La seguía a todas partes, ignorando las órdenes de él. Hasta le daban celos.
Así vivían los tres. Álvaro estaba contento, incluso con Thor, a quien sacaba por las mañanas. Los niños podrían esperar.
***
Al acercarse al piso, Álvaro oyó los ladridos y aullidos de Thor. Al abrir la puerta, el perro se coló y bajó las escaleras.
—Tranquilo, amigo —murmuró Álvaro, siguiéndolo.
Thor, normalmente paciente con la correa, hoy estaba inquieto. Al salir a la calle, corrió hacia delante, mirando atrás para asegurarse de que Álvaro lo seguía.
—¿Adónde vas? —refunfuñó, acelerando el paso.
El perro se detenía, lo esperaba y volvía a correr, guiado por un instinto invisible. Álvaro intuía que no era capricho. Thor solo se agitaba así por Lucía. Una mala sensación lo invadió.
Atravesaron el parque donde paseaban y varios bloques de edificios. Álvaro jadeaba, el corazón a mil. Los ladridos de Thor lo guiaron hasta una calle secundaria, donde el perro olisqueaba el suelo. Al acercarse, vio cristales rotos esparcidos. Thor aulló, ronco.
Álvaro lo supo al instante: algo le había pasado a Lucía. ¿Por qué había tomado esta ruta? Un chico jugaba cerca.
—Oye, ¿qué pasó aquí? —gritó, ahogando los ladridos de Thor.
—Un accidente. Solo vi cómo se llevaban la ambulancia y después la grúa —dijo el chico.
—¿El coche era rojo?
—Creo que sí.
Álvaro llamó al hospital.
—Han traído a alguien de un accidente… ¿En cuál? Gracias.
Maldijo no haber puesto la correa a Thor. El perro se negaba a moverse del lugar. Corrió de vuelta al coche.
El sol ya se había puesto. En el hospital, un médico lo miró cansado.
—¿Usted es?
—Su marido.
—No tengo buenas noticias. Falleció en el camino.
El corazón de Álvaro se detuvo.
—¿Puedo verla?
—No hay mucho que ver. El rostro está destrozado.
—¿Y si no es ella?
—Llevaba documentos. Venga.
El médico lo guio hasta el edificio contiguo. Álvaro sintió que las piernas le fallaban al leer “Instituto Anatómico Forense”.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el médico.
Reconoció a Lucía por su cuerpo pequeño, ahora cubierto de heridas. Todo se oscureció. Un aullido escapó de su garganta.
Salió, se desplomó contra el muro del edificio y lloró.
—¿Por qué ella?
—No tuvo oportunidad. El sol cegó al otro conductor justo cuando ella doblaba… —dijo el médico antes de retirarse.
No recordó el viaje a casa. Solo entonces pensó en Thor. Volvió al lugar del accidente. El perro seguía allí, inmóvil.
—Thor, vamos.
No se movió.
—Lucía nos espera —mintió, casi convenciéndose.
El nombre surtió efecto. Thor lo siguió, rezagado. En casa, el perro olisqueó cada rincón, gimió. Por la noche, aulló hasta que el vecino protestó.
—¿No puedes sufrir en silencio, como yo? —le reprochó, pero Thor lo miró con esos ojos que parecían entenderlo todo.
Pasaron días. Álvaro firmó papeles, planeó el funeral. Bebió y cayó en un sueño pesado. Un ladrido lo despertó, pero al abrir los ojos, solo había silencio.
Thor reapareció después del entierro, flaco y sucio. Álvaro lo alimentó. El perro comió un poco y se durmió junto a las zapatillas de Lucía. Por la mañana, ladró para salir.
—¿Otra vez me dejas? ¿Y yo? Bueno, vete, si es más fácil.
Todo en el piso hablaba de ella. Álvaro tiró almohadas, libros, recuerdos, pero el dolor seguía ahí.
Una noche, caminó sin rumboEn el mercado de pulgas, bajo la lluvia, un nuevo cachorro dorado lo miró con esos mismos ojos que parecían decir: “Ella siempre estará aquí”.






