**Diario Personal**
Hoy ha sido uno de esos días en los que todo parece derrumbarse. Antonio estaba hundido en el sillón, con la mirada clavada en el suelo. La cabeza le dolía después de la discusión, y el enfado aún le quemaba las entrañas. Se sentía perdido y herido. Había llegado a casa tarde, agotado después de una jornada interminable en la oficina. Los informes, los plazos y el estrés no le dejaban respirar. Cuando vio el desorden en el piso, algo en él estalló.
—Lucía, ¿es que no puedes recoger nada? —gritó sin poder contenerse—. ¿Tan difícil es tener un poco de orden?
Su voz resonó en la habitación, y al instante notó cómo el aire se volvió pesado. Lucía le contestó con frialdad, casi indiferente, pero Antonio vio cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Quiso decir algo para calmarla, pero las palabras se le atragantaron. En lugar de eso, siguió gritando, soltando toda la frustración acumulada.
Lucía estaba sentada al borde de la cama, los ojos enrojecidos, el corazón acelerado como si quisiera escapar. Apretó los puños, sintiendo cómo la rabia la invadía hasta la última fibra de su ser. Ayer todo parecía normal, pero hoy todo había cambiado. Otra pelea más, otro clavo en el ataúd de sus esperanzas.
—¿Por qué? —susurró para sí, mareada por la tormenta de emociones—. ¿Por qué los hombres creen que estamos aquí para servirles?
Cada día era lo mismo. Su novio esperaba que ella hiciera todo por él: la casa, la ropa, la comida. Y cuando intentaba explicar que también estaba cansada, que necesitaba atención, la respuesta siempre era previsible: gritos, reproches, palabras que dolían más de lo que debían.
Su mirada se posó en la pila de ropa sucia que pensaba lavar por la mañana. Pero ahora ya nada de eso importaba. Las palabras de Antonio seguían retumbando en su cabeza: *«¿No tienes nada mejor que hacer?»*, *«Claro, otra vez te olvidas de mí»*. Eran frases tan habituales como el café de la mañana, pero hoy sabían más amargas que nunca.
—No tengo por qué justificarme —murmuró, mirando su reflejo en el espejo. Su rostro estaba cansado, pero sus ojos brillaban con determinación—. Yo trabajo tanto como él. ¡Mi dinero es mío!
Recordó cuando se compró aquel vestido que llevaba meses queriendo. Un momento de felicidad efímera. En cuanto él supo lo que había gastado, todo se convirtió en un drama. *«¡Egoísta! ¡Solo piensas en ti!»*. Esas palabras aún le escocían como una herida abierta.
Pero lo que más le dolía era su falta de comprensión. Él solo veía sus propias necesidades. Sus cosas estaban por todas partes, pero era ella quien debía recogerlas. Pequeñas cosas que, juntas, se habían convertido en un muro entre ellos.
—Basta —dijo en voz alta, sacudiendo la cabeza—. Me merezco algo mejor. No soy la criada de nadie. Quiero vivir mi vida, no cumplir las expectativas de otro.
Se levantó y se acercó a la ventana. Sabía que era el momento de decidir. No podía seguir aguantando. Necesitaba recuperar su libertad, su derecho a elegir.
—Mañana —decidió con firmeza—. Mañana le diré todo. Que aprenda a arreglárselas solo. Que sienta lo que es estar sin mí.
Por la noche, el sueño no llegaba. Las ideas daban vueltas en su cabeza, pero ahora mirando hacia adelante. Imaginaba su nueva vida: salir donde quisiera, comprar lo que le gustara, sin culpa, sin explicaciones. Por primera vez en mucho tiempo, sintió un peso menos, a pesar del difícil día que le esperaba.
A la mañana siguiente, se despertó antes que el despertador. Vio las camisas que había planchado el día anterior. *«Serán las últimas»*, pensó, guardándolas en el armario. Hoy comenzaba un nuevo capítulo. Un camino difícil, quizás, pero uno que la llevaría donde merecía estar: donde la quisieran por ser ella misma.







