Doña María Fernández se meció suavemente en su sillón de mimbre, las agujas de tejer moviéndose con ritmo en sus manos expertas. A su lado, en el sofá desgastado por los años, su nieto dormía plácidamente. Lo observó con una mezcla de ternura y orgullo. “Ahí está, creciendo sano y fuerte, y todo gracias a mí”, pensó, sintiendo que cada sacrificio había valido la pena.
María siempre se enorgulleció de su habilidad para ahorrar. En su juventud, cuando ella y su marido comenzaron su vida juntos, cada céntimo contaba. Fue en esos años difíciles donde aprendió a encontrar felicidad en lo sencillo y a valorar lo que tenía. Sabía preparar un cocido reconfortante con casi nada, remendar la ropa hasta sacarle décadas de uso y criar hijos fuertes sin derrochar.
Ahora, con su hija Ana casada con Valentín, notaba que él no compartía ese sentido del ahorro. Ganaba bien, pero para María, malgastaba el dinero. Juguetes nuevos, pañales caros, ropa de marca… todo le parecía superfluo. “Antes se paría en el campo y no pasaba nada”, solía decir, recordando épocas donde lo esencial era suficiente.
Miró al pequeño, envuelto en un jersey de lana que una vecina les había regalado. “¿Para qué gastar en cosas nuevas si lo de antes sirve igual?”, reflexionó. Ana intentaba seguir su ejemplo, pero Valentín se impacientaba. Para él, la comodidad y la seguridad de su hijo no tenían precio.
María suspiró y siguió tejiendo. “Los jóvenes de ahora no entienden”, murmuró. “Quieren todo nuevo, lo mejor, lo más caro. Pero antes éramos felices con menos”. Recordó cómo crió a Ana, enseñándole el valor del esfuerzo y la prudencia.
Mientras tanto, Valentín estaba en su despacho, la mirada perdida en el crepúsculo que teñía el cielo de Granada. El trabajo solía distraerlo, pero hoy su mente no dejaba de dar vueltas al conflicto en casa. Ana y su suegra habían convertido su vida en una batalla constante contra el gasto.
Hubo un tiempo en que vivieron con lo justo, donde cada euro se contaba. Pero las cosas habían cambiado. Su nuevo puesto le permitía darles una vida cómoda, sin preocupaciones. Sin embargo, Ana y María seguían actuando como si aún estuvieran en la posguerra.
Si compraba un vestido para Ana, ella buscaba uno más barato. Si renovaba su móvil, insistía en que el viejo aún servía. Todo, aderezado con los sermones de doña María sobre “los tiempos de antes”.
Pero el verdadero choque llegó con el niño. En lugar de comprar pañales de calidad, Ana insistía en usar telas reutilizables, “igual que se hacía siempre”. Ahorraba en todo, desde la comida hasta la ropa del pequeño.
Valentín intentó razonar: tenían dinero suficiente para darle lo mejor a su hijo. Pero sus palabras chocaban contra un muro. Ana y María seguían firmes, repitiendo que “antes se vivía sin tantos lujos”.
Una noche, tras otra discusión, Valentín decidió actuar. Reunió a la familia y habló con calma. Explicó que el dinero estaba para vivir mejor, no para guardarlo eternamente. Habló de seguridad, de bienestar… pero ellas no cedieron.
El resentimiento crecía dentro de él. “No puedo divorciarme”, pensó, apretando los puños. Pero mientras el silencio de la noche lo envolvía, una idea se aferró a su mente: no permitiría que criaran a su hijo en la escasez.
“Que no cuenten con eso”, murmuró hacia la oscuridad. “No les entregaré a mi hijo. ¡No me rendiré! Todo será como yo diga”.







