Baile para dos: una historia que comenzó con una crisis hipertensiva

Un baile para dos: una historia que empezó con una crisis hipertensiva

Nuria Álvarez llegó a un pequeño balneario en la Costa Brava con la esperanza de descansar de verdad por primera vez en años. Sin trabajo, sin llamadas, sin preocupaciones. Pero su descanso empezó con un giro inesperado: en el pasillo, una mujer joven con bata blanca, asustada y desesperada, casi chocó con ella.

—¡Por favor, necesito ayuda! ¡Al hombre de la habitación de al lado le pasa algo malo! ¡Llame a un médico!

—Yo soy médico —reaccionó Nuria al instante—. Enséñeme dónde está.

En la habitación, un hombre pálido yacía en el sofá. Nuria tomó el control de la situación: le midió la presión, identificó que era una crisis hipertensiva y le administró la medicación necesaria.

—Todo está bajo control —dijo cuando llegó el médico de guardia con una enfermera—. La presión estaba alta, pero nada grave. Ya le he dado lo que necesitaba.

—Disculpe, ¿usted trabaja aquí? —preguntó el hombre, todavía aturdido.

—No, estoy de vacaciones. O al menos, eso esperaba —respondió Nuria con una sonrisa.

Así conoció a Arturo Méndez, su vecino de planta, un hombre elegante, con las sienes plateadas, mirada inteligente y una sonrisa melancólica.

**Un romance fallido y una noche en la glorieta**

Más tarde, en la cena, Nuria vio a Arturo acompañado por una rubia llamativa, con un vestido ajustado y una expresión de aburrimiento en la cara. Una de las ancianas del comedor murmuró:

—Esa muchacha seguro que va detrás de su dinero, pero ahora que su salud no es la misma… Además, dicen que anda liada con el encargado del balneario. Por eso al pobre le subió la tensión.

Nuria lo escuchó de refilón. Sabía demasiado bien cómo eran esas historias. Su propio marido la había dejado por una mujer más joven hacía años. Veinte de matrimonio tirados por la borda por su “segunda juventud”, sin mirar atrás ni una vez.

Aquella traición no la amargó, pero la hizo más cauta. El trabajo, sus hijos, su fuerza silenciosa y la cabeza fría eran lo que la habían mantenido en pie. Y ahora, años después, sus hijos le habían regalado esta escapada para que, por fin, viviera un poco para ella.

Su rincón favorito era una glorieta escondida en el jardín, fresca y tranquila, donde las hojas susurraban al viento. Estaba allí, leyendo, cuando Arturo apareció.

—¿Puedo acompañarte? Este rincón es un paraíso.

—Claro. Aunque tu acompañante debe de estarte buscando.

—Que busque —dijo él, haciéndose el desentendido—. Mejor que gaste energías en otro.

**El baile que lo cambió todo**

La conversación se alargó hasta el almuerzo. Arturo resultó ser una persona sensible, interesante, con un humor fino y mirada profunda. Esa noche, quedaron para pasear junto al mar.

—Dime, Nuria, ¿te gusta bailar? —preguntó de repente.

—Antes lo hacía mucho…

—Pues vamos. Comparados con mis vecinas de mesa, pareceremos dos adolescentes.

Ella rió. Rió y bailó. Y se sorprendió de lo ligera que se sentía.

A partir de entonces, se veían cada día. A veces, se unía la rubia, Lucía, pero se aburría soberanamente. Los temas de conversación le resultaban ajenos, los chistes, “demasiado intelectuales”.

**Celos, la señal del final**

Una noche, Nuria escuchó una discusión en la habitación de Arturo. Una voz femenina gritaba histérica:

—¡Siempre estás con esa médico vieja! ¡Aquí ya no tengo nada que hacer!

Nuria sonrió. “Vieja”… Qué gracioso, viniendo de alguien a quien le sobra juventud y le falta elegancia.

A la mañana siguiente, Lucía se marchó. Arturo, al fin, respiró aliviado.

Pero Nuria no acababa de entender: ¿qué buscaba él? ¿Amistad? ¿Gratitud? ¿O tener un médico a mano por si las cosas se ponían feas?

Sin embargo, en todos esos días, Arturo nunca le habló de su salud. Nunca le pidió consejo.

**Un día familiar, un día de confesiones**

El domingo, los hijos de Nuria fueron a visitarla. Su hijo con su mujer, su hija con los nietos. Hicieron un picnic fuera del balneario. Arturo los observaba desde lejos.

Nuria lo invitó a unirse. Lo presentó como su vecino. Arturo encajó enseguida: ayudó con la barbacoa, bromeó, escuchó.

Al anochecer, cuando todos se fueron, se encontraron a la entrada.

—Pareces triste. ¿Todo bien?

—Es que se han ido los niños. Siempre duele un poco.

—Tienes una familia preciosa, Nuria. Te envidio en el buen sentido. Mi hijo y yo… no tenemos esa relación. Su madre murió en un accidente cuando él tenía diez años. Yo sobreviví, ella no. Él se crió con mis padres, y yo… intenté olvidar. Primero la juerga, luego el trabajo. No quise volver a casarme. No tenía sentido. Y luego aparecieron mujeres como Lucía…

—Lo entiendo.

—El día que te conocí, pensé: si mi esposa hubiera vivido, habría sido como tú.

—No sé… Ya no soy de creer en los hombres. He visto demasiado.

—Y aún así… ¿No crees que podemos evitarnos morir solos?

HabHabían encontrado, sin buscarlo, el consuelo de saberse acompañados al fin del camino.

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