Corazón roto y esperanza: el camino hacia la felicidad renovada

**Corazón roto por la esperanza: el camino hacia una nueva felicidad**

«Lucía, entre nosotros se acabó todo —dijo Andrés con frialdad—. Quiero una familia de verdad, hijos. Tú no puedes dármelos. He solicitado el divorcio. Tienes tres días para recoger tus cosas. Cuando te vayas, llámame. Me quedaré en casa de mi madre hasta que arregle el piso para el niño y su madre. Sí, no te sorprendas, mi nueva mujer está embarazada. ¡Tres días, Lucía!»

Lucía guardó silencio, sintiendo que el suelo se hundía bajo sus pies. ¿Qué podía responder? Cinco años intentando tener un hijo, pero tres embarazos terminaron en tragedia. Los médicos aseguraban que estaba sana, pero siempre algo salía mal. Llevaba una vida saludable, y durante los embarazos se cuidaba aún más. La última vez, se sintió mal en el trabajo, la ambulancia no llegó a tiempo…

La puerta se cerró tras Andrés, y Lucía, agotada, se desplomó en el sofá. No tenía fuerzas para recoger sus cosas. ¿A dónde iría? Antes de casarse vivía con su tía, pero esta ya no estaba, y su primo había vendido el piso. ¿Volver al pueblo de Arroyo del Pino, a la casa de su abuela? ¿Buscar un alquiler? ¿Y el trabajo? Las preguntas se amontonaban, pero no había tiempo para pensar.

A la mañana siguiente, la puerta se abrió y entró su suegra, Carmen.

«¿No duermes? Mejor —dijo secamente—. He venido para asegurarme de que no te lleves nada que no sea tuyo.»

«No pienso llevarme los calcetines viejos de tu hijo —replicó Lucía—. ¿Vamos a revisar mis cosas una por una?»

«¡Qué descarada! Antes eras tan dulce y callada. Yo ya le dije a Andrés después del primer fallo que tú no podrías darle un hijo.»

«¿Para eso ha venido? Pues cállese y vigile, entonces.»

«¿Adónde llevas la vajilla? —se alarmó la suegra—. ¡Eso es de la familia!»

«Es mía, un regalo de mi tía. Un recuerdo de ella.»

«¡Sin eso la casa quedará vacía!»

«Eso ya no es mi problema. Al menos usted tendrá un nieto.»

«Llévate solo lo tuyo.»

«El portátil es mío, la cafetera y el microondas son regalos de mis compañeros. El coche lo compré antes de casarnos. Tu hijo tiene el suyo.»

«Lo tienes todo, ¡pero hijos no puedes tener!»

«Eso no es asunto suyo. Quizás era la voluntad de Dios.»

«¿No te arrepientes? ¿O lo hiciste a propósito?»

«No diga tonterías. Me duele hasta pensarlo.»

Lucía miró alrededor: sus cosas ya no estaban allí. El cepillo, los cosméticos, las zapatillas… Algo importante faltaba. La suegra no la dejaba concentrarse. ¡La figurilla del gato! Un recuerdo de su abuela. Dentro había un escondite con unos pendientes y un anillo—no valiosos, pero llenos de cariño. Andrés siempre la consideró un trasto. ¿La habría tirado? Lucía abrió la ventana del balcón.

«¿Qué buscas ahí? —gritó la suegra—. ¡Acaba de una vez y lárgate!»

El gato estaba allí, intacto. Ahora sí podía marcharse.

«Tome las llaves. Adiós. Espero no volver a verla.»

Pasó por la oficina. Estaba de baja, pero pidió unas vacaciones.

**Continuaría…**

(Nota: Por razones de extensión, te enviaré el resto en otro mensaje. ¿Quieres que continúe?)

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