30 de octubre, Madrid
—¿Otra vez llegas tarde? —La voz de Javier en el teléfono sonaba apagada, como si viniera de lejos, de la orilla sombría del río Manzanares, donde ya caía la noche.
—Sí. Hasta las once, quizás más. Estamos hasta arriba con los pedidos —respondió Carmen, activando el manos libres mientras terminaba un correo con una mano y removía el té frío con la otra. La taza estaba al borde de la mesa, junto a borradores de informes que ni siquiera había abierto.
—Parece que no vives aquí —dijo él después de un silencio. No era un reproche, solo un hecho. Pero en esas palabras latía la nostalgia: por sus jornadas interminables, por las cenas en soledad, por las mañanas donde sus conversaciones se perdían en el vacío.
—Tú sabes cómo es esto —susurró ella, sintiendo cómo la voz le temblaba de cansancio.
—Lo sé. —El silencio se hizo pesado, como el aire en diciembre. En él flotaban palabras no dichas, que ambos sentían pero no se atrevían a pronunciar.
Carmen odiaba ese silencio. Era demasiado elocuente, demasiado lleno. Ahí se ahogaban sus medias verdades, su agotamiento, sus intentos de fingir que todo seguía en pie.
Llegó a casa pasada la medianoche. El piso en Carabanchel la recibió a oscuras, solo una bombilla tenue en el recibidor —Javier siempre la dejaba encendida— «para que no tropieces». La luz dibujaba una línea en el suelo, iluminando un calcetín suelto, claramente suyo. En la cocina, una nota: «Comida en el micro. Dormido». La letra era torpe, como escrita a toda prisa, huyendo de algo.
Se sentó, calentó la cena, comió a media luz sin saborearla. Todo estaba en su sitio: la comida caliente, la luz cálida, el cuidado en dos líneas. Pero algo dentro de ella se encogía de frío. Abrió el portátil, revisó un informe, lo cerró. La pantalla la miraba vacía, como un espejo sin respuestas. Después se lavó la cara, evitando su reflejo —ojos marchitos, noches en vela. Se acostó junto a Javier. Él dormía de espaldas, respirando tranquilo. Entre ellos había un poco más de distancia que ayer. O quizás era solo imaginación.
La mañana empezó con atascos y la correa rota de sus zapatos. En el autobús, una mujer de unos cincuenta años se quejaba por teléfono: «Vino al amanecer, oliendo a cerveza, y yo, tonta, aquí esperándole». Las palabras resonaron como un eco invertido. Aquella mujer aguantaba por amor. Carmen vivía con Javier, pero en universos paralelos que apenas se rozaban.
En la oficina, el jefe ni notó que llegó temprano. Tampoco habría visto su informe de no dejárselo encima. Gruñó un «bien» sin levantar la vista. Todo seguía el guion: tarea, informe, silencio. Hasta los elogios sonaban a órdenes.
Fue a la cocina del trabajo, preparó un té. Observó cómo la bolsita se hundía lentamente, dejando un rastro oscuro, como si disolviera algo invisible. Era lo único real en ese instante.
Entonces lo entendió: todo lo que hacía era correcto. Impecable. Pero no llevaba a ninguna parte. Como un coche a toda velocidad sin destino. Daba todo a informes, plazos, tareas… sin preguntarse si valía la pena.
Esa noche cenaron juntos. En silencio. Los cubiertos chocaban contra los platos, el viento golpeaba la ventana, la nevera zumbaba como recordando que la vida seguía. Javier miraba su plato, evitando sus ojos. De pronto preguntó:
—¿Hoy no trabajarás hasta tarde?
—No debería. —Su voz tembló de esperanza.
—¿Vamos al cine?
Asintió, dudando. Luego se acercó, le abrazó por detrás. Él estaba cálido, vivo. Como un faro en la tormenta.
—Perdona —susurró—. Solo quiero que todo siga en pie. El trabajo, nosotros, la casa…
—Lo sé —respondió él—. Pero no estamos construyendo una fortaleza. Estamos viviendo. ¿Verdad?
Ella calló, apoyando la frente en su espalda. Él apretó su mano, como si fuera el último hilo que los unía.
Vieron una comedia absurda, con persecuciones y explosiones. La trama era lo de menos. En la oscuridad, sus manos se entrelazaron, y respirar le costó menos.
Caminaron de vuelta bajo farolas que pintaban las fachadas de ámbar. El aire olía a lluvia reciente y a flor de azahar. Javier hablaba de un compañero que compró un coche viejo, de un lío en el metro. Nada importante, pero era esa cotidianidad que Carmen anhelaba sin saberlo.
Antes de entrar, se detuvo. Algo dentro cedió —no miedo, sino un respiro donde nació una verdad.
—¿Sabes? —dijo—. Casi todo está bien. Casi.
Javier la miró. No parecía sorprendido, solo sereno, como si hubiera esperado esas palabras toda la vida.
—Pues vamos a ponerlo del todo bien. Poco a poco.
Ella asintió. Y por primera vez en mucho tiempo, no quiso sobrevivir. Quiso vivir.
*Lección: A veces, lo que nos ahoga no es el caos, sino el silencio entre las palabras que no nos atrevemos a decir.*







