Sueños rotos y un milagro navideño
Catalina llevaba más de un año saliendo con Adrián. Sus encuentros eran tan escasos que podían marcarse en el calendario con un rotulador rojo, como si fueran días festivos. Él vivía en Sevilla, y solo visitaba el pequeño pueblo cerca de Córdoba por asuntos de su empresa. Tenían grandes planes para el futuro, y en esta Navidad iban a decidir quién se mudaría con quién. Pero de repente, sonó el teléfono. Catalina se sobresaltó al ver que era Adrián quien llamaba.
—Hola, cariño —dijo ella, intentando sonar dulce pese al día caótico.
Sin embargo, al otro lado se escuchó una voz femenina cortante:
—¡Hola, zorra!
Catalina se quedó paralizada, incapaz de articular palabra.
Esa tarde previa a Nochevieja todo salía mal. Por la mañana, la habían llamado de la oficina exigiendo que firmara un contrato urgente con socios extranjeros. A nadie le importaban los planes de Catalina, que tenía cita en la peluquería. El director general estaba disfrutando de las playas mientras ella, con el ceño fruncido, murmuró algún improperio, llamó a un taxi y se dirigió a la oficina.
Al salir del centro de negocios, recordó que tenía que recoger un vestido prestado por su amiga Lucía, que trabajaba como modista. El vestido, comprado para la Nochevieja, le quedaba ahora como un saco. Catalina prefería pensar que había adelgazado y no que la tela era de mala calidad. Marcó el número de su amiga:
—Lucía, lo siento, ¡se me olvidó lo del vestido!
—Catalina, ¿dónde estabas? ¡Llevo una hora intentando llamarte! —gritó Lucía entre el bullicio de la estación de tren.
—Es por el director —suspiró Catalina—. ¿Cómo está el vestido? ¿Puedo pasar a recogerlo?
—Lo siento, Catalina —la voz de Lucía tembló—. Ya estamos en la estación, el tren sale en media hora.
Catalina bajó el teléfono, sintiendo cómo se desvanecían sus esperanzas. “Bueno”, pensó, “sin vestido, sin peinado, pero es Nochevieja. Adrián llegará pronto y pasaremos la noche juntos. No todo está tan mal”.
Catalina, a sus veintiséis años, seguía siendo romántica y creyente en milagros. Incluso después de un día horrible, esperaba que la magia de la Navidad le trajera algo especial.
Cuando el teléfono volvió a sonar, se sobresaltó, inmersa en sus sueños. Al ver el nombre de Adrián, respiró hondo para contestar con alegría.
—Hola, cariño —comenzó.
—¡Hola, zorra! —la interrumpió la misma voz femenina—. ¿Creías que dejaría a su familia por ti? ¡Olvídate de su número, o te arrepentirás!
El silencio en la línea fue ensordecedor, mientras su mente reconstruía las señales: encuentros esporádicos, fines de semana en silencio, las excusas de Adrián. Todo cobró sentido. Caminó lentamente hacia la parada del autobús, apoyándose en una farola mientras miraba al vacío. “Zorra”. La palabra le golpeó como un martillo. Su mundo se desmoronó en un instante. El año viejo se iba, llevándose consigo todo en lo que había creído.
—Señorita, ¿está bien? —una voz grave la sacó de su trance. Delante de ella había un hombre de barba espesa, con una chaqueta roja y cuello blanco.
—No —susurró ella, conteniendo las lágrimas—. ¿Quién es usted?
—¿El Olentzero, quién más? —sonrió él—. Venga, suba al coche, ¡que se va a congelar!
La tomó del brazo y la guio hacia un vehículo. Catalina, aturdida, no tuvo tiempo de protestar. Cuando el auto arrancó, reaccionó gritando:
—¡Pare! ¿Adónde me lleva? ¡Déjeme aquí!
El conductor frenó en el arcén y se volvió hacia ella:
—Solo quería ayudar. Iba a un café, pensé en invitarte a un chocolate caliente. Estabas ahí, helándote, con la mirada perdida. Es Nochevieja, y yo… bueno, me disfrazo del Olentzero.
La última frase sonó torpe, pero Catalina, para su sorpresa, soltó una carcajada. La risa brotó sola, aliviando el dolor del día: el vestido arruinado, el peinado cancelado, la traición de Adrián y este “Olentzero” tan peculiar.
—Perdone —dijo entre risas y lágrimas.
—No pasa nada —sonrió el hombre—. El año viejo se lleva lo malo. Todo mejorará. Mira, mi mejor amigo hoy rompió nuestra tradición de quince años por culpa de su nueva esposa.
De pronto, Catalina sintió un alivio extraño. Quizá por el frío, quizá por ese encuentro, pero el peso en su corazón se aligeró.
—Seguro que alguien la espera —dijo él, arrancando el coche—. ¿Adónde la llevo?
—No tengo dónde ir —respondió con una sonrisa triste—. Nadie me espera, no tengo vestido, ni peinado. Libre como el viento. Ni siquiera sé qué hacer.
—¿Entonces celebramos juntos la Nochevieja? Conozco un sitio acogedor, prometen una velada mágica.
—No me importa, solo deja que me cambie —contestó ella. No quería pasar la noche sola.
En casa, se vistió rápido y volvió al coche con una sonrisa y algo de esperanza. En el café, iluminado por luces cálidas, pudo ver mejor a su acompañante.
—¿Por qué va disfrazado del Olentzero? —preguntó, curiosa.
—Ah, es una historia larga y divertida —rió él, quitándose la barba postiza—. Por cierto, me llamo Javier.
—Catalina —le tendió la mano—. Cuénteme, Javier. Hoy no he tenido muchas razones para reír.
Javier pidió chocolate caliente y comenzó a hablar. La conversación fluyó con naturalidad, y las penas se disiparon como la niebla al amanecer. Fuera, los copos de nieve caían suavemente mientras el año nuevo llamaba a la puerta.
Así terminaba el año viejo, llevándose el dolor y la decepción. Y el año nuevo le regaló a Catalina y Javier el comienzo de algo luminoso y verdadero: una historia de amor nacida bajo las luces navideñas. Catalina supo entonces que, después de todo, el milagro había llegado.







